Un montrealés de verdad

Por Gonzalo Coloma

coloma_171_acoplado
Siempre fui hincha de Alianza Lima [toda mi familia lo es]. Desde chiquito iba al estadio, y de adolescente incluso empecé a ir a la barra sur con diferentes amigos. Iba a todos los partidos, a saltar y a apoyar al equipo. Por eso cuando me mudé a Canadá seguí conectado a la actualidad de Alianza a través de internet, que es una maravilla.

En Montreal el fútbol no era un deporte muy conocido. Algunos inmigrantes jugaban en los parques, pero en los periódicos nunca aparecían noticias sobre este deporte. Me era muy difícil ver los partidos de las eliminatorias mundialistas o incluso la Champions League. Tenía que ir a bares deportivos, pagar por la entrada y, encima, consumir adentro. Mucho rollo. Los deportes que aparecían en los periódicos eran el baseball, el football [americano], y uno del que todos hablaban: el hockey.

Montreal tenía un equipo de baseball que jugaba en la MLB, los Expos de Montreal, y en football –en realidad, football canadiense, ya que no tienen las mismas reglas que el americano– tenían otro, el Montreal Alouettes, pero solo hablaban del Montreal Canadiens, equipo de hockey sobre hielo fundado en 1904.
Un día fui a un bar con un amigo a ver un partido de los Canadiens… y no entendí nada. ¡Qué deporte tan rápido! No podía saber dónde estaba la puck [nombre del disco que usan como pelota]. El bar estaba lleno, y la gente gritaba como si estuviera viendo un clásico U-Alianza.

Me quedé impresionado, tanto que en mi lectura cotidiana del periódico –que, aparte de ser un vicio para mí [leo por lo menos tres al día], me permitía, en su versión francesa, ampliar mi vocabulario– siempre leía en la sección de deportes sobre lo que pasaba con este equipo. Nunca entendía nada, pero igual leía.

Sin embargo, a pesar de que los amigos peruanos que pasaban por Montreal se volvían fans de los Habs [de habitants, que es el nombre de los primeros agricultores de Quebec, y el diminutivo para los Canadiens], yo solo seguía fiel a mi Alianza querido.

Hasta que en 2010 las cosas comenzaron a cambiar. Mi novia de esa época tocaba en un pequeño bar de Montreal, pero atrasaron el concierto porque los Habs estaban jugando los playoffs contra Washington Capitals, el mejor equipo de la liga de hockey. Los Habs tenían un arquero increíble, y solo les faltaba un partido para eliminar a su adversario en primera ronda. Nadie en Montreal quería perderse el encuentro. Así que el concierto esperó su turno y todos en el bar nos pusimos a ver un partido que los Habs acabaron ganando.

Luego de eliminar al mejor equipo de la liga, tocaba enfrentar a Pittsburg, que tenía en sus filas a Sydney Crosby, el mejor jugador de hockey del mundo. Parecía imposible conseguir la victoria, pero de nuevo el arquero de los Habs hizo todo el trabajo, ganaron la serie y comenzó a sentirse el fervor de toda la ciudad. Ese día salí a la calle a ver las celebraciones. Era como si el Perú hubiera clasificado al mundial o Alianza hubiese ganado la Copa Libertadores: algo increíble.

A partir de allí me empecé a interesar por el hockey y a seguir los partidos de los Habs. Pero tuvieron que pasar tres años para que fuera por primera vez al Bell Centre, el coliseo de los Canadiens, y me invadiera el sentimiento de entrar a un estadio tan histórico como emotivo para la ciudad. Con aforo para 21.273 personas, ha estado lleno en cada uno de los partidos desde hace más de una década. Todo un récord que se rompió hace unas semanas, cuando falleció Jean Béliveau, emblemático exjugador del equipo, y en adelante decidieron dejar vacío el asiento que él ocupaba en el estadio como muestra de respeto por uno de sus más grandes ídolos.

Sin temor a equivocarme, puedo decir que volverme hincha de los Montreal Canadiens era lo único que me faltaba para que mi proceso de adaptación a este lindo país y esta increíble ciudad terminara. ¡No se puede ser un montrealés de verdad sin ser fan de los Habs!