Un día para llorar

Por Juliana Oxenford

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No recuerdo la última vez que me regalé el tiempo y el espacio para llorar, para esconderme sola en algún lugar y depurar; para purgar el corazón, para envolverme en esa extraña y única sensación de exprimir el alma a través de una ráfaga de lágrimas.

En los últimos tiempos he llorado, y mucho, pero siempre con cautela, con miedo a que alguien más me escuche, con vergüenza a que me vean. Sigo llorando, pero por intervalos de tiempo muy limitados. Apenas siento que mis ojos empiezan a envolverse en una burbuja acuosa que me nubla la vista, se inicia la cuenta regresiva: «Tres, dos, uno… se acabó. A lavarse la cara, a pararse bonito y a seguir haciendo frente a la vida. Vamos, Juliana, eres fuerte, tú siempre puedes».

Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, estoy llorando. No tengo un solo motivo y ni siquiera sé cuáles son todas esas razones que me han llevado esta noche a llorar. Solo sé que lo necesito, que el cuerpo me lo pide y que a esta hora mi hija duerme.

Hoy hablé con alguien de mi deseo de escribir sobre esto y, como siempre, me dijo que estaba loca, que no era conveniente que me exponga frente a ustedes, que mi imagen esto y aquello, que las chicas rudas no lloran… «Lo siento», le respondí. Quiero llorar, quiero sentirme orgullosa de no haber perdido la capacidad de hacerlo y quiero seguir haciéndolo cada vez que me provoque. Es más, prometo concederme el enorme honor de dedicarme un día entero a empapar decenas de pañuelos hasta quedarme sin lágrimas y deshidratada.

Me urge llorar con absoluta libertad, sin parámetros, a solas.

Quiero volver a llorar al recordar la inmensa emoción que sentí cuando un examen casero de orina me dio la noticia de que estaba embarazada, o cuando entraba nerviosa a cada uno de mis chequeos y veía cómo mi cuerpo se convertía poco a poco en el hogar perfecto para albergar a mi hija.

No quiero, pero posiblemente llore cuando repase esas cicatrices que quedarán siempre tatuadas en algún lugar de mi corazón. Cuando me resulte inevitable revivir el dolor amargo, sombrío y hostil de la traición. Lloraré al pensar en cada una de las personas que ya no están, y siempre amaré y seguiré llorando por las que se empeñan en detener el proceso natural de cicatrización de cada una de estas huellas.

Llorar por amor y desamor, por dolor y felicidad. Llorar porque estoy viva. Llorar por miedo a que alguien venga y destroce lo que tanto me cuesta construir para esta bebé de ojos enormes que me eligió para que fuera su mamá.

Mientras tanto tendré que seguir dosificando estos momentos en los que me permito ir ablandando la enorme coraza en que me envuelvo todos los días para salir y seguir. Este escudo protector que, al menos, me permite cuidarme de ciertos golpes bajos.

Cuando llegue el día, mi día para dedicarme solo y sola a llorar, me desnudaré por completo frente a mí misma, y me reconoceré como lo que finalmente soy y seré: la chica valiente que no debería llorar.