Tú no eres…

La obsesión de un país con los imitadores en la escena musical

PAMELA160

Hace unos días conversaba con mi amigo Nico Saba, vocalista del grupo Kanaku y El Tigre, sobre por qué las bandas de tributo tenían tanto éxito en el Perú. Ambos somos vocalistas de nuestros proyectos musicales, y el concepto de una ‘banda de tributo’ nos resulta bastante bizarro. Le contaba que no solo me llamaban la atención las bandas de tributo, sino también la presencia tan grande que tenían los imitadores en nuestro país, que tienen los horarios estelares en la televisión con exitosos programas como YO SOY. Le contaba que hace unos días en el centro de Lima había visto colgado en un poste un cartel que anunciaba el concierto de una banda que tendría por invitado al Gustavo Cerati peruano. Estaba sorprendida; no había visto antes algo así.

La conversación con Nico no iba por el lado de la crítica, pues no acostumbramos a criticar gratuitamente a nadie en las tantísimas conversas que solemos tener sobre la escena musical nacional; más bien intentábamos comprender el fenómeno. Nico tenía una hipótesis interesante y con bastante lógica: el Perú recién se está abriendo al mundo desde hace pocos años, y eso se da porque durante décadas hemos estado encerrados en nuestras propias fronteras debido a problemas sociales, económicos y políticos. Pero eso no había quitado las ganas a la gente de querer oír las canciones en vivo. Por eso, ante la demanda, la oferta se había adaptado a proponer bandas de tributo que saciaran la sed del público, aunque fueran en formato de imitación. Eso, según Nico, duró tantos años, que de manera inevitable se volvió parte de la cultura musical.

Ahora la pregunta es: ¿Esta manifestación cultural, que es claramente una respuesta adaptativa a la escasez de oferta musical de las décadas pasadas, tiene futuro en la Lima del 2014? Tengo muchos años sin vivir en Lima, pero en los pocos meses que llevo de regreso he notado un cambio abismal en la ciudad. Por dar algunos ejemplos: hace poco tuve el placer de recibir a una amiga hermosa y talentosa, Catalina García, cantante de mi banda colombiana favorita, Monsieur Periné, que tocó en un club abarrotado de gente que coreaba a voz en cuello sus canciones. Al día siguiente recibí a otra buena amiga mexicana: la genio musical Natalia Lafourcade. Ella también tocó en un teatro que se desbordaba, y una semana después un festival local trajo un cartel de grupos espectacular como Pixies, Placebo, Julian Casablancas y Capital Cities, nada menos.

Me queda claro que hoy, a diferencia de las décadas pasadas, todos los grupos incluyen a nuestra ciudad en sus tours por América Latina, por lo que seguramente, y retomando el argumento inicial, el público de esos artistas preferirá asistir a los conciertos de las bandas originales y ya no conformarse con oír sus canciones favoritas de una banda de tributo. Con esto no quiero decir que vayan a desaparecer este tipo de bandas, seguro existirán siempre, pero sí creo que la coyuntura hará que pierdan piso. La buena noticia es que, tal vez, dentro de pocos años veamos cómo la respuesta natural será una escena musical más abierta a su propia creatividad, más afincada en la búsqueda de una expresión individual.

Cuando me mandan por redes sociales videos de los imitadores famosos para que los escuche, siempre reconozco que detrás de una buena imitación hay un talento inmenso, pero siempre deseo que ese talento encuentre el rumbo de su propia sonoridad. Lo mismo pienso cuando escucho bandas de covers que son hábiles en su ejecución. Deseo que escriban sus canciones, que exploren sus sonidos, que se avienten al abismo, que es la exploración de lo creativo.

Tal vez, en su momento, las bandas de tributo tuvieron su lugar. Estoy convencida de que siempre existirá un mercado para ellas, pero las cosas están cambiando en esta ciudad, y creo que esos cambios vendrán acompañados de una ola de creatividad y autenticidad en la escena local. Personalmente esa perspectiva me ilusiona, y aquí me quedo: ansiosa y a la expectativa de lo que vendrá.