¿Tolstoi en la playa?

¿Por qué ANA KARENINA puede ser el libro del verano?

«Todas las familias felices se parecen entre sí; cada familia desdichada es desdichada a su manera». Así empieza Ana Karenina, la novela de León Tolstoi considerada como una de las narraciones más notables jamás escritas. Había leído la frase varios años atrás. Pero solo me animé a leerla hace un par de veranos, después de haber sido abrumado por la cantidad de alusiones que muchos de mis escritores favoritos –Roth, Naipaul, Coetzee, Vargas Llosa– hacían del texto. La experiencia me ha llevado a recomendar el libro a todo el mundo. Si hace un tiempo sé que existen muchas novelas capaces de capturar la atención de uno, y una cantidad menor de aquellas que además de capturarnos nos conmueven, Ana Karenina es de las que además de lograr ambas cosas consigue perturbar, o modificar –aunque de una manera imprecisa– nuestra manera de ver ciertas cosas de la realidad. La novela se lee de un modo compulsivo porque nos atrapa, sus pasajes están cargados de un alto contenido emocional y finalmente ofrece una visión moral del mundo tan compleja que desdice largamente la apología cristiana que Tolstoi trata de restablecer en sus últimas páginas. Ana, esa mujer que dice conocer de sí misma «solo sus apetitos», hace rato que se le ha escapado de las manos.

No escribiría sobre una novela que me fascinó hace ya tres años si no fuera porque hace solo un par de meses leí un libro espléndido que ha editado hace poco Mondadori y que, además de ser un elogio general de las grandes novelas, actualiza con un fervor contagioso los hallazgos de esta narración rusa en especial. Se trata de El novelista ingenuo y el sentimental del escritor turco Orhan Pamuk, un conjunto de ensayos delicados y precisos que de pronto organizaron todo aquello que yo había sentido desde que, con esfuerzo y tenacidad, empecé en la universidad a leer novelas y a extraer de ellas algo nuevo y deslumbrante, aunque impreciso, que no encontraba en ningún otro tipo de libro y que me costaba verbalizar. Recuerdo haber llamado a aquello «conocimiento» y luego haberlo asociado a una frase del músico y poeta Leonard Cohen: «aquella información de la que el corazón está hambriento».

¿Cómo operan las grandes novelas sobre nosotros y qué nos dan? Para Pamuk es evidente que solo ellas nos ofrecen la experiencia tridimensional de ubicarnos en un espacio diferenciado que se parece mucho al mundo y que nos invita a relacionarnos con él de una manera sensitiva y específica. Allí donde la novela nos captura y nos «sitúa» en un ambiente regido por determinada atmósfera y sensorialidad, nos está ofreciendo la impresión de recorrer la superficie de una pintura o de atravesar un bosque –eso señala Pamuk– en el que todos los detalles (las personas, los diálogos, los gestos) parecen remitir a un sentido final, que él denomina «el centro». En sentido estricto no se encuentra en ninguna parte física del bosque sino en un espacio detrás de este: una visión o una idea que nunca es fija y que siempre se desplaza problemáticamente entre los deseos del autor y del lector. Esto, para Pamuk, es acercarse a una experiencia de «estarse en el mundo» diferente de la nuestra pero, en el fondo, equiparable. Buscamos el sentido de una novela a través de su superficie o del bosque que propone, del mismo modo en que todos los días tratamos de encontrar, algunas veces inútilmente, el sentido de nuestros días en el bosque de nuestra realidad. Solo que al leer lo hacemos desde otra perspectiva y otra piel, y bajo una experiencia diferenciada que nos ayudará a estarnos mejor en el bosque a veces absurdo y desenfocado de nuestras vidas reales.

Hay que leer a Tolstoi. En uno de los momentos más luminosos de su ensayo, Pamuk se detiene cuando Ana regresa en tren a San Petersburgo luego de haber conocido a Vronski en Moscú y de haber intuido el amor fatídico que desordenará su vida sedentaria dentro del matrimonio. Para salir de su bosque trata de leer una novela inglesa mientras la nieve cae a metralla sobre las ventanas y pierde la concentración. Ana se distrae por la conversa de la gente, los pasos de un guardia, el ruido de la nieve… Algo en su bosque se sobrepone al de la novela que tiene delante pero nosotros, al estar concentrados en su turbación sentimental y en su zozobra, hemos dejado el nuestro para estar en el mundo desde la piel de ella. En verdad estamos en el mundo más que nunca, pero desde sus ojos. Y de pronto ese mundo es más intenso que el olor a sal, las aguas frías del Pacífico y el calor estival de febrero.