Todo el mundo es feliz [en Facebook]

¿Puede ser tan perfecta la vida de alguien todo el tiempo?

El otro día conocí a una mujer de unos 46 años. No se cómo sería al natural, pero a pesar de todo el plástico que tenía dentro y fuera, era muy llamativa y guapa. Su ropa dejaba ver absolutamente todas sus curvas, sus brazos eran perfectos como los de Madonna. Su pelo azabache brillaba sin ninguna cana y el color de su piel destellaba un bronceado tan perfecto que a lo mejor no había sido teñido por el sol. Ella me saludó y me buscó conversación, pero al poco rato me di cuenta de que ella no quería conversar. Lo que quería era que le dijera cosas que le dieran pie a una nueva y atropelladora perorata, por lo que me dediqué a escucharla. La primera media hora me habló de sus viajes, que había estado en Europa cinco veces el año pasado, que pasaría la Navidad esquiando en un centro de esquí sueco muy chic, que acababa de llegar de un crucero por sabe Dios dónde. Me contaba de lo maravilloso que lo pasaba con su marido por todos esos lugares y lo poco culpable que se sentía por dejar a sus hijos con las nanas mientras ella se daba viajes de placer. La verdad es que no sabía qué decirle. Solo articulé con paciencia y una pizca de dulzura: «Qué rico que te lleves bien con tu esposo». Y le pregunté cuántos años llevaban de casados.

No sé por qué le pregunté eso, pues me tuvo otra media hora contándome que estaba casada hace veinticinco años, desde que ella era una niña y que la relación estaba mejor que nunca, que habían descubierto, como pareja, el mejor sexo de su historia al cumplir veinte años de casados y que era espectacular. Me dijo que, como si fueran unos adolescentes, ella lo visitaba en la oficina para tener sexo cuando se despertaba kinky y que él la deseaba a ella ahora más que el primer día. Y justo cuando pensaba que iba a lanzar una campaña para clonarlos por el bien de la humanidad, me comenzó a hablar de su hija.

Aparentemente, se trataba de una niña prodigio que comenzó a gatear a los cuatro meses, a caminar a los nueve y que a los dos años ya escribía su nombre. Poco le faltó para decir que, simultáneamente, tocaba fugas de Bach con la izquierda. La niña, que ya tiene dieciocho años, acababa de ingresar a todas las mejores universidades de Europa y Estados Unidos porque es simplemente brillante. También me contó de cómo la niña había conquistado cada una de las materias en su colegio de monjas.

Hizo lo mismo con sus otros dos hijos. Desglosó sus triunfos uno por uno: que si ganaron en el juego de las sillas del recreo, que si ganaron la carrera de cien metros planos y me contó de todas las ideas brillantes que habían tenido sus tres hijos para los ensays que les pidieron escribir en la secundaria.

«Te felicito –le dije–. Que bien que te sientas una madre orgullosa» y me contestó diciendo que no solo era una excelente madre, sino también una buena profesional. Durante un rato largo –porque yo ya estaba mareada de tanto cuento– me contó de su profesión y de lo bien que le iba. Que tenía montada una compañía de peluquerías y que eran la sensación en su ciudad. «Es difícil ser una extraordinaria profesional, esposa y amante de un maravilloso marido y madre de unos maravillosos hijos, pero no me puedo quejar», me dijo orgullosa en medio del tintineo de sus joyas.

Cuando llegó la hora de despedirnos ella me dijo: «Qué rico hablar contigo Pamela. Te voy a agregar al Facebook». Esa misma noche, cuando llegué a mi cuarto y encendí mi Macbook, allí estaba su solicitud de amistad. La acepté, para ver, ahora en digital, todo lo que me había contado. Allí estaba su vida perfecta en todo su esplendor. Recordé una frase que leí en el muro de una amiga: «Ojalá tu vida fuera tan maravillosa como la que pones en el Facebook». Y se me salió una risita cuando pensé enviársela. Pero no lo hice. Esa mujer tenía un gran mérito: le acababa de otorgar el premio de La mujer más aburrida que he conocido en mi vida.