No te juntes con esa gente

Una breve historia sobre lo absurdo de este titular

pamela150

Hace un mes, una mañana de diciembre, interrumpí una reunión de trabajo para correr a casa, buscar a mi hija y llevarla a un playdate en un conocido club de Lima. Ni bien llegamos, Luana salió corriendo a la piscina con una amiguita, y yo, que debía esperar a que llegara la amiga con quien dejaría a mi niña jugando, me senté en una sombrilla, me quité un ratito las Converse y pedí un jugo para esperar tranquila.

A mi lado había un grupo de mujeres de unos 35 años con biquinis pequeñitos y cuerpos esculturales embadurnados en bronceador. Eran las diez de la mañana. Ellas tomaban el sol y chismeaban mientras ‘cuidaban a sus hijos’, quienes jugaban por algún lado del club. Al verlas busqué inmediatamente mis audífonos para evitar enterarme de lo que hablaban, pues, a pesar de estar a varios metros de distancia, escuchaba con claridad todo lo que decían. Pero no los encontré. Saqué mi iPhone y me puse a escribir un par de correos intentando pensar en otra cosa, pero fue inevitable.

—Mari, ¿ya matriculaste por fin a Camilita en el colegio?

—No, ando medio relajada con el tema. Espero hacerlo pronto.

—Mari, te he dicho muchas veces que ahora hay que matricular a los niños casi desde cuando te da positiva la prueba de embarazo.

—Ay, gorda, tú sí que eres exagerada. En cuanto llegue mi esposo de México lo hacemos.

—Yo que tú no lo espero —interrumpió una tercera—. Esta ciudad ha cambiado demasiado. Ahora que la clase baja de antes es la clase media y la clase media es una concentración de new riches, los colegios andan colapsados. Ahora esa gente se cree con el derecho de dar a sus hijos una nueva educación y va a los mejores colegios solo porque los puede pagar.

—Y lo peor de todo —agregó la gorda—, es que eso hace que ahora haya perro, pericote y gato en los colegios. Antes ese colegio estaba lleno de buenos apellidos, y ahora hay cada cosa que ni se sabe de dónde ha salido. Por eso, Mari, vuela y entérate bien sobre la lista de matriculados, mira quién está allí antes de que tu hija se mezcle con esa gente.

—La gorda tiene razón, Mari. Acá no importa que tu hijo no sea el mejor, lo importante son las conexiones, las relaciones. Tus hijos van a conseguir mejores trabajos si sus compañeros son de buenas familias, con buenos apellidos y empresas.

No tuve tiempo de interrumpir la conversa para decirles lo que pensaba. Tampoco me pareció muy buena onda hacerlo de manera impulsiva. Por eso esperé a escribir esta columna, y no lo voy a negar: tengo muchas ganas de que ellas y todos quienes se identifiquen con la manera de pensar de estas mujeres se reconozcan al leer esto y reflexionen un poco. ¿Realmente los peruanos que destacan hoy son solo los de las familias que ellas describen como ‘importantes’? ¿Creen que el Perú es el mismo que el de los años cincuenta o el del Virreinato? Y por último quisiera preguntarles lo que en ese momento me tragué, pero ahora me resulta inevitable decir: ¿Qué rayos les pasa?

Esa gente –como la llamaban esas mujeres– es lo mejor que le ha pasado a nuestro país. No es una peste, como querían hacer notar ellas. Y me disculparán esas chicas regias de la high society limeña: no hay peor peste que aquello que escuché salir de sus bocas. Está demás explicar por qué. Tal vez el día que evolucionen –o simplemente se callen– las cosas puedan cambiar un poco más, y para mejor.