Te doy mis ojos

O cómo aprender a mirarse con la ayuda de los demás

Cuando era niño, él tenía deseos de operarse los ojos porque le parecían feos. Durante años no supo de dónde provenía el rechazo a ese rasgo específico de su rostro. Solo sabía que desde que tuvo uso de razón deseaba secretamente tener algún día el dinero para operárselos y generarse otro tipo de párpados. Su hermana odiaba su nariz; le parecía desmedida en medio de su cara de rasgos esquinados. La amiga de su hermana una vez se metió a una tina con lejía porque odiaba su color de piel y se lo quería aclarar. Durante años escuchó que le decían que era un chico algo listo, sensible y también competitivo, pero jamás le dijeron nada sobre su físico. O sí. A veces, en broma, su madre le decía que su padre era el panadero de la esquina, y cuando él iba a comprar el pan –dos veces al día– se quedaba mirando sus ojos, rasgados como los suyos, tan diferentes de los de su papá. Entonces se decía que los operaría.

Cuando pasaron los años conoció a algunas chicas que estuvieron con él y también odiaban aspectos de ellas, o que no se sentían guapas a pesar de que todas las evidencias mostraban lo contrario. Una le contó que cuando era niña le decían que la habían encontrado en un parque; otra odiaba la delgadez de sus piernas, otra sus tobillos y otra más le confesó que siempre había temido que le vieran esa cicatriz entre los pechos. También le contaron el caso de una chica con problemas de adicción a quien su madre paraba delante de un espejo para recordarle lo obesa y horrible que estaba. Durante años había buscado algunos chicos que la trataban muy mal, y un par de ellos la golpearon. Él escuchó algunos testimonios de mujeres que habían estado con hombres obsesionados con el peso de ellas, con ciertos rasgos de su físico que no les terminaban de cuadrar, o con la manera en que se vestían o lucían. Algunas de ellas les hicieron caso; otras terminaron rebelándose.

Una vez, hace muchos años, una chica le dijo que esas marcas de acné que a él lo habían paralizado durante tanto tiempo ante las personas del otro sexo podrían ser interesantes, también. ¿No había visto a Elías Koteas o a Joaquin Phoenix? Otra vez, una pareja se animó a decirle que tenía una sonrisa linda y le insinuó que, en la luz que despedía al sonreír, la forma de sus ojos jugaba un papel fundamental. Con el tiempo, él fue mirándose con menos rabia y mayor sentido de la libertad, al punto de que un día una chica lo alentó a salir a la calle con esos anteojos de lentes gruesos, como poto de botella, que solo usaba en casa, y otra más le dijo que no estaba del todo mal que pasara días sin afeitarse si eso le provocaba y lo hacía sentirse cómodo. Para ella, le quedaba bien. Solo tuvo una novia a la que le complicaba cómo se vestía, si salía con lentes o no, si usaba crocs o ropa no muy aparente. Terminó con ella a los cuatro meses de haber empezado. No se arrepiente en lo más mínimo.

La belleza es una idea mental, un estado de ánimo, una construcción en la que nunca estamos del todo solos. Una manera de percibirnos y de estar en nuestra piel, en la que se conjugan las expectativas de quienes nos vieron por primera vez cuando nacimos, las experiencias por las que atravesamos y la capacidad de otras personas llenas de generosidad por devolvernos esa mirada que acaso no pudimos construir desde la soledad. Con el tiempo, él terminó asumiendo como suyas sus cicatrices, sus brazos flacos, sus rasgos simples y mestizos. Una vez, cuando un diario publicó un retrato suyo y un familiar hizo un comentario ambiguo sobre «sus ojos», él ya no sintió malestar. Para entonces empezaba a entender de dónde provenía esa inconformidad y lo alivió sobremanera saber que se había forjado en algún lugar de su árbol genealógico, mucho antes de su nacimiento. A él le parecía, sinceramente, que salía bien. Es decir, que era él. Y se reconoció en la imagen. Entonces agradeció secretamente, y aún lo hace, a las personas que se juntaron a él en su camino y que lo ayudaron a modificar o a reconstruir su visión de sí mismo, y también deseó haber contribuido a darle sus ojos a otras personas para que reconstruyeran la visión que tenían de ellas. Total. La belleza, gracias al cielo, es el producto de una forma de mirar.