Te amo, luego existo

Un regalo de cumpleaños para Luana

Dedico mis días a escribir canciones y a cantar por el mundo. Soy hiperactiva: pinto, cocino, observo, escucho, pienso mucho, siento más, leo, cosumo arte, bailo por donde pueda y ahora escribo esta columna

No recuerdo bien quién era antes de que llegaras a mi vida. Fue un día como hoy, hace ya cuatro años. La verdad, ahora tampoco sabría decirte quién soy sin haberme definido antes como tu mamá, Luana. Antes de conocerte, pensaba que ser madre era ser maestra, una especie de guía estable y fuerte como la Estrella del Norte, y cuyos poderes se activarían instantáneamente en mí al dar a luz. Pero tengo que confesarte, hija, que cuando llegaste a mi vida solo me convertiste en una alumna más frágil, pero también más curiosa: una alumna que jamás había sentido tantas ganas de aprender sobre el misterio de la vida.

Recuerdo muy bien esos primeros días contigo, cuando eras tan pequeñita que temía hacerte daño con cualquiera de los movimientos torpes que me caracterizan, y pensaba en cuan lejano estaba el día en que pudieras hacerme preguntas que no supiera contestar. Incluso pensé que tu tío Pepe estaba un poco loco al regalarte un par de zapatos para cuando tuvieras dos años. Sin embargo, he aprendido que el tiempo pasa más rápido que la capacidad de nuestros corazones para asimilarlo y hoy –que cumples cuatro y me llegas al ombligo y me duelen las patadas que me llueven como si fueran palos cuando dormimos juntas– ya me haces todas esas preguntas que, me temía, se quedarían sin respuesta.

Pero estoy tranquila. He entendido que yo no soy quien te debe dar las respuestas, sino quien debe darte los cimientos sólidos, de armonía y bienestar, para que, con el pasar del tiempo, puedas entender la vida en tus propios términos y que seas feliz así.

No te he comprado un regalo de cumpleaños porque no sé qué regalarte. En realidad, nada de lo que creo que te hace falta hoy y que te hará falta mañana está en el plano de lo material. Por eso me fascinaría poder regalarte una lámpara mágica como la de Aladino, con todo lo que algún día necesitarás. La dejaría con las mismas instrucciones: «Sobar fuerte en caso de necesitar».

Allí enfrascaría un poco de valor, por si algún día solo te falta un pequeño empujoncito para realizar algún sueño. Compasión, para que siempre puedas aceptar y comprender a los demás, tengas la perspectiva de que nadie puede cambiar a nadie y que no pierdas demasiada energía y tiempo en conflictos interpersonales porque, te cuento: ninguno del cual haya sido testigo ha valido la pena. Y claro, pondría mucha libertad, para que te aceptes como eres y te ames con todo lo bueno y lo malo que consideres tengas en ti.

Aunque eso no sería todo. De yapita –esa palabra que aprendiste a usar cuando quieres seguir jugando y no quieres irte a dormir–, también pondría dos comodines. Uno sería un botón para poner en tu corazón y que, al apretarlo, puedas protegerlo y bloquear a cualquier persona que te quiera hacer daño. Algo así como bloquear a alguien de tu Facebook, pero que lo bloquee de verdad, desde el fondo de tu alma. Lamentablemente, creo que lo necesitarías más de una vez, así que su uso sería ilimitado.

El otro comodín sería algo así como un desenredador de pelo, pero que desenrede el alma. Uno que pueda resolver esos nudos que nos hacemos todos, a veces de manera innecesaria. Pero este comodín solo se activaría en caso de detectar un nudo realmente innecesario, porque hay otros que necesitarás para comprender a tu espíritu en todas sus dimensiones y en toda su complejidad [porque todos los espíritus tienen mucha complejidad y dimensiones que solo descubrirás cuando quieras encontrarlos].

Ahora, hija, mientras no encuentre materializada esta lamparita, te dejo de regalo estas líneas, esperando que al leerlas puedas invocarlo todo cuando esté a tu lado, y también si algún día no lo estoy. Así será el curso natural. Por ahora, mientras celebramos tus cuatro años, tu vida –que es como la arena virgen, como el agua impoluta, como una florcita que recién abre sus pétalos al sol– haremos una fiesta de hadas, cantaremos a voz en cuello y saltaremos hasta quedarnos rendidas. Y que sea la alegría la base de tu armonía.

Te amo, hija. Me atrevo a decir que no hay amor más inmenso en el mundo que el que siente una mamá por un hijo. Ya te darás cuenta algún día, como yo lo hice. Lo harás cuando mires, quizá con un poco de susto, a un bebé en tus brazos y le digas: «Te amo, luego existo».