Tantos lazos rotos

¿Vale la pena odiar a uno de tus padres por haberse separado?

Pamela Rodríguez
Dedico mis días a escribir canciones y a cantar por el mundo. Soy hiperactiva: pinto, cocino, observo, escucho, pienso mucho, siento más, leo, cosumo arte, bailo por donde pueda y ahora escribo esta columna

Desde hace varios meses habita en mí una gran interrogante que hoy, por motivos personales y humanos, me siento en la urgencia visceral de escribir. No solo para desahogarme, sino para hacer un llamado de emergencia a la conciencia. Porque es algo que no comparto y que soy incapaz de comprender como madre, como ser humano y como hija: ¿Por qué hay parejas que al separarse le niegan el derecho de paternidad a la madre o al padre? ¿Por qué hay gente egoísta capaz de convertir a su ex pareja en el enemigo de una criatura que recién comienza a entender el mundo?

Tal vez esas personas equivocadas no se han dado cuenta de que algún día ese bebé, que ahora escudan de la realidad, será un adulto con juicio propio que querrá satisfacer desesperadamente su necesidad y derecho de saber de dónde viene. Lo he visto pasar muchas veces. Tengo decenas de amigos que por el criterio de sus madres o padres crecieron alejados de ellos. Los excluidos progenitores eran personajes terribles y dañinos: desde borrachos nocivos hasta desaparecidos [por no decir fantasmas], desde depravados sexuales hasta locas de manicomio. Pero, curiosamente, todos estos amigos en algún momento de sus vidas han sentido la urgencia de conocerlos y, en la mayoría de casos, de vivir con ellos para experimentarlos y recuperar el tiempo que sentían perdido.

Esto sucede porque hay algo más allá del juicio de valor, algo que está por encima de pensar si tu padre es bueno o malo. Se trata de una necesidad primitiva de poder identificar nuestra descendencia y ver –como me dijo alguna vez un amigo que conoció a su padre a los 33 años– si su nariz se parecía a la mía, si le salen hoyos en los cachetes igual que a mí al reír, identificar si algunas de mis particularidades no fueron aprendidas sino que fueron producto de su herencia genética.

Hace unos días conversaba con una amiga que me contaba un caso muy admirable y peculiar. Ella y sus hermanas no crecieron en la casa con su padre, porque, a decir de ella, era un «hombre desastre»: drogadicto, vago, alcohólico y bastante violento. Pero su madre nunca les dijo que lo odien, nunca les dijo que era malo, jamás se refirió a él con insultos. Mas bien procuró ir siempre a visitarlo con sus hijas mientras, paralelamente, les hablaba a las pequeñas de la compasión y el amor incondicional. Desde que mi amiga es capaz de recordar, su madre les hizo entender que su padre era así por motivos que tal vez escaparon de su voluntad, y les contaba de sus abuelos paternos, de las cosas que su padre había experimentado al crecer y que explicaban el porqué de su condición.

Mi amiga y sus hermanas jamás odiaron ni cuestionaron a su padre. Aprendieron, gracias al espíritu elevado y comprensivo de la madre, a aceptarlo como es y a amarlo de manera incondicional. Con el pasar del tiempo, las tres se hicieron mujeres sanas y bien estructuradas, capaces de «trabajar y amar», lo que Freud consideraba la receta para la cordura. Quiero contarles también que hoy el respeto que las tres le tienen a su madre es inconmensurable.

Y me limito a exponer este caso porque no quiero profundizar en las personas que eligen separar a los hijos de los padres por un capricho, por inmadurez, por utilizar a los niños como un arma de manipulación del otro. Porque lamentablemente también he sido testigo de casos así.

Esto es lamentable no solo por el dolor que puede causar a las personas, sino porque el niño crecerá con una figura paterna ausente, porque aunque traten de remplazar al padre con una nueva pareja, eventualmente el puesto del padre será remplazado con un insoportable signo de interrogación, aunque las intenciones del «padre de remplazo» sean de lo más nobles. Lamentable, también porque un día el niño dejará de ser niño y lo cuestionará todo, interpretará la situación de manera autónoma, dictará su veredicto y en su balance final, tal vez, la historia se revertirá.

Y lo más probable es que así sea, porque, como dice la canción: «La vida es así, no la he inventado yo».