Tahitianas fuera de cuadro

Esos momentos en que ves el mundo desde la mirada de un genio

Me las encontré por primera vez en Nueva York, en diciembre de 2006. Las había visto antes, en ilustraciones y libros, pero ignoraba el lugar que podrían ocupar en mi vida. Tenía 31 años, una enorme desesperación y la intención estricta de cumplir el plan delirante de ver hasta el desmayo todo el arte posible. Eso fue, literalmente, lo que hice. Durante las tres semanas que permanecí en el barrio judío de Manhattan pasé días enteros metido en los museos de la ciudad completamente solo y afiebrado, sin contacto con la calle ni con el mundo real, hasta que un mareo prolongado me dobló las rodillas en el Guggenheim. El encuentro que recuerdo aquí ocurrió mucho antes, una mañana del tercer o cuarto día de visita al Metropolitan tras acercarme a ver un cuadro que me había atraído desde una habitación anterior, probablemente un Van Gogh. Luego de mirarlo un rato y darme la vuelta me di de bruces con ellas, que habían estado mirando mi espalda todo ese tiempo. Dos tahitianas [pechos con flores rojas]. Paul Gauguin. 1899. Recuerdo que era un sitio muy discreto y vacío, y que ellas estaban ahí, entre obras de Cezanne y Seurat, y ofrecían esas flores de mango que se confundían con sus pechos adolescentes bajo el mismo hieratismo y la misma luz plácida en la mirada que había visto en los libros. Como estaba agotado y había una banca me senté un rato a observarlas. Hacía unos años, un amigo mío, el pintor Ramiro Llona, me había contado que cuando vivía en Nueva York y la pasaba mal o se sentía lleno de dudas existenciales o de angustia, iba al MoMA a sentarse un buen rato frente a La danza, de Matisse, y entonces todo en el mundo volvía a cobrar sentido. Creo que lo entendí. Había algo en esa tela que me tranquilizaba; algo que era perfecto y me alejaba del chico completamente y que se caía de tristeza en una ciudad que lo abrumaba.

Volví algunas veces más a ver esa pintura durante los días siguientes sin saber bien porqué, y al tratar de explicármelo empecé a pensar –al principio como un juego y luego seriamente– en la cadena de eventos que había tenido que tejerse para que ambos estuviéramos frente a frente. Todo era infinito. Y paradójico. No existía otro cuadro así en el mundo y solo yo lo miraba. Existía solo para mí. O en mi mirada. Gauguin había tenido que internarse en el corazón del mundo salvaje para pintarlo a fines del XIX y yo había tenido que llegar al corazón de Occidente, a la ciudad de las torres caídas, para verlo. Parado a unos centímetros del lienzo, respirando frente a él, cobré consciencia de que el propio pintor había estado parado a la misma distancia que mantenía yo en ese momento y que también se había pasado días enteros mirando su superficie como lo hacía yo ahora, incansablemente. Tuve la sensación, durante un instante, de que veía el mundo tal y como él lo había visto, cuando todo lo que le importaba o todo el sentido de su existencia estaba contenido en esa tela. No era él. Pero era como mirarme en el espejo que él mismo había usado para sí.

Escribo esta columna ahora porque hace unos meses, caminando por el paseo del Prado, en Madrid, me dio un vuelco el corazón al ver a esas dos mismas tahitianas en el afiche de una muestra que el museo Thyssen Bornemiza había abierto en octubre de 2012: «Gauguin y el viaje a lo exótico». Sobre una pared blanca, esta vez liderando una magnífica exposición que ilustraba los cambios en la pintura de Occidente a partir de la decisión de Gauguin de abandonarlo todo para irse a buscar una nueva noción de belleza a la Polinesia, las dos mujeres seguían allí. Me costaba creérmelo. Casi como un adolescente a la espera de la oportunidad para sacar a bailar a una chica, aguardé a que el área se despejara para volver a pararme frente a ellas y a solas una vez más. Tantas cosas habían pasado en estos últimos siete años. Yo había vuelto al Perú a escribir y lo que había escrito me había llevado a España, donde estaban ellas. Ellas habían sobrevivido el ataque de un fanático que intentó destruirlas en la National Gallery of Art de Washington, en abril de 2011, gritando, «esto es maligno», y habían cruzado el Atlántico. Ahí estábamos los tres reunidos al abrigo del mismo techo y a salvo de la lluvia impenitente que caía esa mañana de noviembre sobre Madrid, luego de una serie incontable de sucesos que nos habían reunido sorpresivamente en ese único lugar del mundo. Entonces el cuadro volvió a ser para mí y ellas volvieron a ser el mundo entero. Yo volvía a mirarlo todo desde los mismos ojos de otra persona y al mismo tiempo a respirar delante de la tela bajo la misma distancia.