No soy yo, soy tú

¿Amar a alguien sin medida supone dejar de ser uno mismo?

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Hace unos años, Renata se convirtió en madre. Nueve meses de espera le bastaron para que un amor incontenible la sobrecogiera, poco a poco, hasta entregarse a él sin pensarlo. Un año y medio más tarde, tal vez cuando ya sentía el vértigo de ver caminar fuera de sus brazos al bebé que creció en su vientre, repitió la historia.

Y luego, unos años después, a la luz de un nuevo vértigo, volvió a embarazarse por tercera vez. Nada en la vida de Renata importaba más que sus hijos. Nada era más reconfortante que su amorosa pero unilateral visión maternal. Un día después la escuché decir que todos sus sueños se habían resumido en ser la guía de tres hermosas criaturas a las que amaba con todo el corazón. Entonces, quizá, no imaginaba que siete años más tarde lloraría por una pregunta que no se pudo contestar: ¿quién soy?

Julieta era la hijita de papá. Ella recibió todo lo que su padre nunca pudo tener. Y quiso ser agradecida con él. Se esforzó siempre por ser la primera en el colegio, quería ganar todos los concursos de deportes, llevarle al padre orgulloso todas las medallas. Al salir del colegio, no hubo lugar a cuestionamientos. Ella sacó adelante la carrera que le debía a su padre y no respiró hasta vestir la toga y el Cum laude en el cartón. Luego se encargó de los negocios familiares y durante muchos valiosos años de su vida no hizo más que honrar a su progenitor. Pero el día le llegó, como nos llega a todos, y se preguntó: ¿quien soy?

María se enamoró. «Se enamoró como todas las mujeres inteligentes: como una idiota», dice una frase que leí y me recordó a ella. Se enamoró tanto que la única satisfacción en su vida era complacer a su hombre. Dejó de vestirse con la ropa que le gustaba, dejó de pintar las paredes con sus colores, comenzó a oír la música que jamás había querido oír. Sus propios intereses fueron tomando forma ajena. Todo porque temía perder a su gran amor. María acomodó sus huesos y sus entrañas con la esperanza terca de perpetuar los sentimientos hasta que no quedó rastro de ella. Hace poco, su novio la dejó como sucede siempre que alguien se convierte en el espejo de otro. O algo peor: en un espejismo de quien eras. Hace unos días, María me confesó estar agotada, porque nada agota más que recibir migajas de amor a cambio de un esfuerzo demasiado grande por complacer al otro. Pero no era su cansancio lo que más la abrumaba sino la aterradora pregunta que, por amor, olvidó contestarse: ¿quién soy?

Lo triste es que ninguna hallará respuesta hasta que no reconozcan esto: Renata, tú no eres tus hijos. Julieta, tú no eres tu padre. María, tú no eres tu hombre. El único ser que habita debajo de tu piel eres tú misma. Amar no significa apegarse, y entregarse no equivale a perderse. El inconsciente femenino esta predispuesto a encadenarse por condicionamiento ancestral, porque así nos deformaron. Pero en estos tiempos las cadenas afectivas ya no nos adornan la piel, como lo hacían antes, solo nos impiden volar con libertad. Aunque seguro la vida, que también sabe ser generosa, te dará una nueva oportunidad de vivir y canalizar el afecto con sabiduría.

Por eso espero que esta vez partas con una ventajosa certeza: que la única manera de amar sanamente es teniendo claro el dibujo de quiénes somos. ¿Y dónde está la respuesta a la escalofriante pregunta de quién soy? En lo más puro de tu esencia, a flor de tu intuición, y puede que ande por allí en el fondo del pozo donde te escondiste, detrás de toda la basura y todas las etiquetas que dicen ya con tinta ilegible: no soy yo, soy tú.