Soy un alienígena

O una manera de mirarse la cara cada semana en esta columna

Hace un par de años me sucedió algo curioso con la imagen que acompañaba mi primera columna en una revista de sociedad a la que todavía le estoy muy agradecido. Bajo el supuesto de que en ella todos estaban vestidos ‘de fiesta’ –al menos durante esa segunda temporada– y dada mi nula experiencia como figura semi pública, me presté a hacer una sesión de fotos que no olvidaré jamás. En el retrato que acompañaría mis textos todos los meses y que ocupaba la parte central de mi página, aparecía yo vestido con una tenida que en verdad era espléndida –camisa rosada, saco marrón claro– pero con el pelo engominado y una expresión en el rostro que jamás me había visto antes. Cuando abrí la revista no podía creer que aquel fuera yo, y aún no lo creo. Después de meses de soportar los más variados comentarios y también las burlas de muchas de las personas que me conocían, un día decidí que había sido suficiente. Durante una reunión de trabajo en su restaurante, a Nguyen Chávez, el otro columnista de la revista, le costó reconocerme. «Eres tú el de la otra columna, ¿no?», me dijo. Cuando le dije que sí me miró algo incrédulo. «No pareces, eh». Tuve que dedicar mi siguiente columna a contar mi caso para que los editores se apiadaran de mí y me hicieran otro retrato, esta vez con el pelo seco y sonriendo sentado sobre una pila de libros. Cuando vi la foto me reconocí de inmediato y sentí un gran alivio. Aunque debo decir que a veces era extraño escribir con un tono algo triste o sombrío y verme siempre sonriendo, con el ánimo inquebrantable.

Cuando me ofrecieron mi segunda columna en una revista de distribución nacional, sabía que mi foto saldría pequeñita a un lado de la página y que el componente visual sería una de aquellas ilustración sugerentes, muchas veces surreales, que semana a semana realizaba Mónica González, una artista a la que siempre he admirado. Lo mismo ocurrió cuando empecé a escribir esta columna para Asia Sur, hace ya dos años. Mis primeros textos aparecían acompañados de dibujos o collages compuestos desde ciertos elementos o motivos que acompañaban de una manera bastante libre algunas de las intuiciones o ideas que intentaba expresar con palabras cuando el primer ‘hombrecito’ apareció. Recuerdo que ya poseía las características de todos los que se generarían después y que terminarían por identificar casi todo lo que escribo: ahí estaban esos ojos enormes y esa mirada implorante, aquellas ojeras que hablaban de problemas para dormir o de enormes niveles de preocupación, pero sobre todo de una dificultad para estarse en el mundo y atravesar la experiencia de estar vivos. Al principio creí que se trataba de una visita ocasional, y el hecho de que la columna apareciera después acompañada de una ilustración de las anteriores parecía darme la razón, pero luego aterrizó otro sobre la página, y otro, y entonces supe que habían llegado para quedarse. Con el tiempo algunos se ven más neuróticos y otros más entrañables, pero todos comparten la soledad, y como los personajes que ilustraban los relatos de Saint-Exupery, parecen vivir en un no espacio o en un espacio sin muebles ni entorno, sin siquiera piso. Muchas veces, en mis columnas, aparecen abrazando fantasmas, mirando al cielo en pos de algo que les aguarda o hurgándose en el cerebro y también en el corazón.

Ha sido revelador saber que los primeros trazos de estos personajes empezaron en la libreta escolar de un chico que estudiaba en el colegio Abelardo Quiñones, en Talara [Piura], y que dibujaba mujeres desnudas y alienígenas para escapar del aburrimiento que le generaban las clases y el resto del mundo. Se llama Felipe Esparza, un tipo particular que no encajaba del todo en este mundo y que estudió Publicidad con la mira puesta en el trabajo de experimentación visual, sea mediante el video, la pintura o el dibujo. A la par de sus labores como director de arte y diagramación de esta revista había empezado a desarrollar dibujos de estos hombres y mujeres que quizás materializaría en pinturas, en una serie de grabados o acaso en una publicación. Un día se le ocurrió que podría usarlos para ilustrar los textos de los columnistas de la publicación en la que trabajaba –que casi siempre tocaban temas personales o existenciales– y desde entonces no ha parado. Diría que a partir de ahí nos ha modificado. Al menos a mí. Hace un tiempo trabajo imaginando cómo lucirá el hombrecito de la siguiente columna, casi como si algo del sentido de lo que escribo se completase en el estado de ánimo que él muestre o en el gesto que componga; incluso he llegado a pensar que escribo solo para permitir que uno nuevo aparezca y mi texto le sirva de telón de fondo. En todo caso nada de eso me preocupa. He terminado de sentirme plenamente representado por los dibujos de mi columna como nunca antes, y he descubierto, gracias a ellos, que yo también soy un alienígena, un tipo con ojeras y un poco desesperado que se pregunta cosas mirando a un punto incierto y termina de escribir su columna preguntándose cómo lucirá su rostro bajo los trazos de estilógrafo y la tinta china del artista que completará como nadie el sentido de sus palabras.