Sin prisa al volante

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La primera vez que mi papá me dejó sentarme atrás del timón no llegaba a los pedales, así que me tuve que sentar encima de él. Tendría unos ocho o nueve años. Por esa época nos divertíamos manejando a todos lados: mi papá me hacía sentir que estábamos en las carreras, o que éramos como los personajes de la serie los magníficos cuando perseguían a algún maleante buscando justicia.

A mi familia siempre le gustó viajar en auto. Cuenta la leyenda que, de jóvenes, mis papás salían del trabajo y manejaban hasta Ecuador sin parar: tenían que llegar a tiempo antes de que cerrara la frontera. Cuando sus hijos nacimos, siguió la tradición, tanto que hasta ahora hacemos muchos roadtrips en familia. Pero mi primer viaje al volante lo hice con mis amigos.

Tenía diecinueve años, éramos dos parejas y nos íbamos a Ayacucho por Semana Santa. El estrés de tener que manejar muchas horas, cruzando los Andes, preocupaba a mi mamá. Pero le dije que pararíamos para dormir en Pisco para que la ruta fuera más sencilla. Y así lo hicimos… a la ida. Al regreso manejé las ocho horas del trayecto sin escalas.

En mi época universitaria, el auto se volvió una parte importante de mi vida. Mi casa estaba muy cerca de la universidad, pero manejaba muchísimo: para ir a ver a los amigos, para ir a fiestas, a la playa, a comprar, a la casa de la enamorada… Todo cambió cuando me mudé a Montreal y descubrí una vida sin automóvil; una ciudad en la que el transporte público no tenía nada que ver con las limeñísimas combis asesinas. Aprendí a tomar el metro y los buses para ir a todos lados (de ellos disfruto que mientras viajo puedo hacer algo más. Si necesito avanzar un trabajo, lo puedo hacer en el camino, pero también puedo perder el tiempo leyendo un libro o mirando a la gente).

También aprendí a moverme en bicicleta por toda la ciudad (fue una forma excelente de llegar a conocerla). Lo que más me gustaba de andar en bici era la sensación de libertad. Salía cuando quería de casa y llegaba directo al lugar al que deseaba ir: el tráfico y la necesidad de encontrar estacionamiento dejaban de existir.

De pronto los automóviles no solo habían salido de mi vida, sino además me di cuenta del estrés que causan. Cuando me trasladaba en auto siempre calculaba el tiempo mínimo que me tomaba ir de un lugar a otro. Manejar se convertía en una batalla por llegar a la hora correcta. En cambio, cuando viajo en bus o en metro, siempre calculo que llegaré a mi destino en más tiempo del esperado, por si el bus se malogra o hay alguna interrupción en el metro. Así mi vida se ha vuelto más relajada; llego sin apuros a donde voy y no me estreso en el trayecto.

No tengo auto propio desde hace doce años, pero acabo de terminar un pedazo de mi gira y, esta vez, he manejado muchísimo -siete mil quinientos kilómetros en dos meses-… con una gran diferencia: ahora, cuando manejo, calculo que me tomará más tiempo del debido llegar a mi destino. Salgo más temprano, no toco la bocina, no me amargo, y me doy cuenta de que me sigue encantando manejar. No tengo ningún problema en hacer novecientos kilómetros seguidos. Me basta con poner buena música y pasarla bien, como cuando aprendí a manejar y lo divertido solamente era eso: manejar sin pensar que tenía que llegar a un lugar. 