Me he sentado a caminar

O de encontrarse a sí mismo siendo un ciudadano de a pie

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«Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle». Estas son las primeras líneas de EL PASEO, la perturbadora novela del austriaco Robert Walser, en la que sucede algo completamente simple y, acaso por ello, totalmente extraordinario: cansado de estar frente a su máquina de escribir, un poeta decide salir a caminar la calle simplemente «porque sí», y a registrar en su camino a las personas, las situaciones y los paisajes que la realidad ponga delante de él de manera completamente azarosa. No se trata de una narración típica porque no hay ilación clara en su relato; se trata simplemente de un poeta que se emociona ante todas las cosas, pequeñas y grandes, que ve, «ya sea un niño, un perro, un mosquito, una mariposa, un gorrión, un gusano, una flor, un hombre, una casa, un árbol, un arbusto, un caracol, un ratón, una nube, una montaña, una hoja o tan solo un pobre y desechado trozo de papel de escribir en el que quizá un buen escolar haya escrito sus primeras e inconexas letras». Hay un momento en que lo aparentemente absurdo cobra sentido, y de pronto dejamos de esperar trama y desenlace, y simplemente entendemos y disfrutamos su modo de percibir la realidad y su libertad.

Hace un tiempo, en un discurso del que dio en una ceremonia de graduación en la Universidad Pacífico, Felipe Ortiz de Zevallos aconsejó a los alumnos «detenerse a oler las flores». Sí, más allá de las herramientas que la universidad les ha brindado, FOZ sostenía que había «otras cualidades más difíciles de medir: la belleza, la alegría, el significado y la motivación vital. Para mantenerse sensibles a ellas hay que, de vez en cuando, detenerse para oler las flores o para ver, en silencio, una puesta de sol». Me imagino que en una urbe acosada por un ejército de vehículos que atropellan literalmente la ciudad y por una serie de seres obsesionados por logros, la acumulación de la riqueza y la búsqueda desesperada de estatus, un gesto como ese posee un sentido casi revolucionario. A eso debió referirse Bruce Chatwin cuando, al hablar de su relación con Werner Herzog, decía: «ambos compartíamos la idea de que el paseo no es solo terapéutico en sí, sino que es una actividad poética que puede curar al mundo de sus males».

Al pintor peruano Ramiro Llona le ocurrió algo que al principio podría parecer una tragedia, pero se convirtió en una inmensa oportunidad: durante unos meses se quedó sin auto. Entonces volvió a ser un transeúnte en su ciudad, como lo fue cuando era adolescente, y caminaba de su casa al mar mientras se planteaba las primeras grandes preguntas de la condición humana. «Me pasó que estaba viviendo la ciudad con la misma sorpresa y ansiedad, y sentido del descubrimiento y del placer de una persona que llega a un sitio por primera vez», me dijo en su taller, donde nos reunimos para ver las fotos de BARRANCO A PIE, una serie de imágenes de la ciudad que Llona capturó con su iPhone durante sus paseos y que colecciona en un libro y una muestra reveladores. «Me di cuenta de que de alguna manera era posible hacer en Lima lo que mucha gente hace en París, en Nueva York o en Londres: caminar y emocionarse con una ciudad».

Algo muy particular me ocurre al recorrer en conjunto las cerca de seiscientas fotografías que componen la muestra de Llona. Verlas, así como leer el libro de Walser, justifica el aparente sinsentido que han tenido muchas de esas caminatas que uno realiza sin plan previo y que solo sirven para pensar y divagar, para hacer asociaciones que resultan demenciales o para escribir columnas como estas y sobre temas como estos. Todas las imágenes de rincones, paredes, callejones, árboles, malecones, animales, fachadas y mercados articulan algo así como el alegato en favor de una manera diferente de percibirlo todo, un estado de acercamiento a la realidad que el escritor Claudio Magris ha llamado persuasión, y que consiste en el asombro permanente y la exaltación del presente, en una total apertura para recibir y valorar lo que aparezca o lo que la ciudad nos arroje. Todo lo contrario del viaje apremiante y apremiado, «impuesto cada vez más frenéticamente por el trabajo y por su necesaria espectacularización». No se trata de vagabundear; se trata –como le decía un psicoanalista a una amiga mía que vivía obsesionada por los objetivos y los logros– de dejar de correr y ponerse un rato a caminar. Eso es; detenerse. Dejar de pronto de leer esta nota, de hacer lo que pensábamos hacer, ponerse un sombrero y –como decía el poeta Ricardo Reis, salir a disfrutar, con serenidad, «el espectáculo del mundo». Sentarse a caminar.