Señor Árbol

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El otro día alguien me preguntó: «¿Si volvieras a nacer en qué te reencarnarías?». Mi respuesta fue inmediata: «En un árbol». Nunca entendí, ni tampoco me preocupé, en buscar la razón de mi enorme fascinación por esos arbustos grandes que por alguna razón en nuestra gris ciudad están casi en peligro de extinción.

Nunca hasta hace poco.

Quizás sea por ese ejercicio –que con el tiempo se vuelve algo automático, más aún cuando una lleva años analizándose– de intentar encontrar el hilo del que penden los recuerdos que una mañana descubrí que mi admiración absoluta por los árboles tenía por matriz un recuerdo de infancia.

Fue así como rescaté un episodio que solo el inconsciente sabe por qué mantuvo durante tantos años en una caja fuerte.

Cuando era niña, entre los seis y siete años, mi madre decidió llevar a vivir a casa a un árbol. No teníamos ni siquiera un jardín, pero de pronto el inquilino entró por la puerta del garaje y casi sin darnos cuenta ya formaba parte de la familia.

Llegó en una enorme maceta que parecía pedir clemencia por tener que soportar menuda majestuosidad; sus larguísimas ramas acariciaban las paredes que complicaban el traslado hasta el que sería su nuevo hábitat. Mis hermanos y yo buscábamos en la mirada de mamá la explicación del caso, pero ella solo atinó a decir: «Llévenlo a mi cuarto».

Así él empezó a formar parte de nuestras vidas. Con el tiempo no solo creció al punto de pedir socorro para que le abran las ventanas del dormitorio y poder extender sus tupidos brazos, sino que también se convirtió en el fiel compañero de esa valiente mujer que seguramente por primera vez tenía alguien fuerte durmiendo con ella.

Hoy entiendo que de una u otra manera fue de esta forma como mamá encontró un referente de vida. Un árbol grande, seguro, capaz de echar raíces a pesar de las circunstancias. Un árbol en todo el sentido de la palabra.

Nunca voy a olvidar los escandalosos comentarios de algunas señoras que sin poder ver más allá de sus narices –eternamente pegadas a las paredes de los vecinos– no se cansaban de repetir a mi madre que su flamante conviviente terminaría haciéndole daño, que le quitaría el aire que tanto necesitaba para sacar cuatro hijos adelante. Pobres vecinas, nunca entendieron que gracias a ese árbol la argentina de al lado pudo empezar a respirar más tranquila.

Han pasado más de veinticinco años, y el paradero del árbol sigue siendo para mí un misterio. No sé si murió o si mi madre lo plantó en algún otro lugar cuando tuvimos que mudarnos. No recuerdo haber preguntado ni escuchado alguna explicación. Para ser sincera, a estas alturas tampoco me interesa mucho. Ahora lo único que importa es lo que ese arbusto nos dejó y lo mucho que sus larguísimas ramas lograron trascender en el destino de toda una familia.

En julio del 2012 me enteré de que estaba embarazada. Faltaban todavía nueve meses para la llegada de la bebé, y aunque muchos relacionaban mi repentino entusiasmo por la decoración del cuarto de mi hija con un clarísimo desajuste hormonal, lo primero que quise hacer apenas supe que iba a ser mamá fue buscar un árbol para María.

Dicen que las historias se repiten. A veces para bien y otras para mal. Hoy ya sé que sin buscarlo logré que una historia feliz haya hecho ‘eco’ en el tiempo y que esté plasmada en una de las paredes grises del cuarto de María. Mi memoria logró revelar el que hasta hace poco era un misterioso y hasta incomprensible cariño por esos enormes arbustos capaces de abrazarte, acompañarte y darte sombra.

Hoy cada vez que María llora, la alzo y la coloco frente al Señor Árbol. Es maravilloso ver cómo su sola presencia detiene el estallido de lágrimas de mi hija y la calma. Casi un acto de magia; o mejor, un acto de amor en su mejor manifestación.