Salud con chifa

Por Mariano Olivera

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¡Es un pájaro!… ¡Es un avión!… No, ¡es Supermán!… No, no… más bien es una cabra… o una oveja… o incluso un carnero. Lo cierto es que se armó todo un chifa con el tema —el doodle mutante de Google solo sirvió para incrementar la duda—, tanto que mi amigo Jin, que antes de ser rebautizado simplemente se llamaba, está molesto porque no tolera la confusión. Él la tiene clara: 2015 es el año de la cabra y punto… Bueno, en realidad no está cien por cien seguro. Eso le enseñaron sus abuelos, pero no es que sea una eminencia en el tema. Se encoge de hombros, me pide disculpas por su falta de certeza y aprovecha para precisar que, eso sí, aunque estemos almorzando en un restaurante ‘chino’, a él, cantonés de tercera generación, no le gusta el chifa porque «la comida peruana le cae mal», como al escritor que tenía un programa en la tele [«Iván Thays», le digo. «Creo que sí; uno pelucón», responde con parquedad, como buen chino.].

Sin embargo, el catedrático Ho Che-wah, director del departamento de literatura en la Universidad China de Hong Kong, le da la razón. «En la China milenaria, la gente comía seis tipos de animales: caballo, vaca, cabra, cerdo, perro y pollo. En consecuencia, la cabra también está incluida en el zodiaco», declaró el profesor para el South China Morning Post. La cabra, además, era la que gozaba del estatus más alto entre estos seis animales en la sociedad china, al punto que solo los ricos y los aristócratas podían costear su consumo —más o menos como ocurre hoy en el Perú con ese asado de tira angus beef que importan de Estados Unidos—. Entonces puede que Jin tenga razón.

«En casa sigo siendo », me dice antes de recordarme que sus padres, ambos cantoneses, apenas si hablan español. «Nunca les interesó aprender el idioma, solo lo básico; total, se enamoraron en chino, trabajan entre chinos, y todos sus amigos y parientes son chinos». Jin recuerda que Emiko, una chica japonesa, y él en el colegio eran etiquetados como ‘chinos de eme’ a la primera de bastos, sobre todo durante la primaria. A él no le molestaba mucho el insulto en sí —«¿a quién no lo joden en el colegio?»—, sino la manía de llamar ‘chinos’ a todos los que tuvieran los ojos rasgados. «Los japoneses siempre serán japoneses; no hay que confundir», dice mientras un mozo peruano nos toma la orden, y explica que la rivalidad entre ambas naciones es parecida a la que existe entre peruanos y chilenos. «Y eso que en los noventa los japoneses estaban insoportables como segunda potencia mundial», añade. «Ahora míranos a nosotros», sonríe con orgullo.

En medio del arroz chaufa y del kam-lu wantán [Jin solo ha ordenado arroz blanco con pescado al vapor], la coyuntura hace que la conversa tome sazón de entrevista.

—¿Crees que el despunte chino tenga algo que ver con la extrema resonancia mediática que ha ganado su año nuevo? —le pregunto, obvio que con palabras menos altisonantes—. La verdad es que nunca había visto tanta expectativa por el asunto.

—Es probable —dice antes de enfriar su plato con un soplido. Luego me mira con suspicacia—… Pero si estás pensando escribir sobre esto vas a tener que pagar la cuenta.