Retrato de familia

O cómo ser limeño en una ciudad cada vez más diversa

Hace unos días, mi hermana Susana presenció un hecho espectacular. Viajaba en un bus que iba por Gamarra, en La Victoria, al que en cierto momento se subieron cerca de seis niños de la sierra que no hablaban castellano, salvo uno. De pronto, un hombre de edad empezó a exigirles a gritos que se bajaran del carro debido a su idioma y a su origen. El resto del vehículo, lejos de mantenerse indiferente a la agresión, se lanzó verbalmente sobre el hombre hasta obligarlo a bajarse de la línea de transporte público. Todos estallaron en aplausos y felicitaron al ingeniero huancaíno que inició la defensa de los niños. En casa, al terminar de escuchar la historia, hicimos lo mismo. Tenemos muy presente una historia que mi papá se animó a contarnos cuando ya éramos adultos. Él entonces no llegaba a los veinte años y estaba sentado en un bus que recorría la avenida Arequipa cuando un hombre de edad lo insultó y le dijo que se largara a su tierra, que Lima no era un lugar para serranos como él. Mi papá le respondió en español que la ciudad era de todos y que simplemente se fuera al carajo. De situaciones así se componía su relación con esta ciudad hacía cincuenta años. Por esos mismos días, de inicios de los sesenta, mi mamá se paraba en los malecones cercanos a las casas en las que trabajaba y rogaba la oportunidad de volver a su casa en los Andes mientras miraba el océano. Aún no conocía a mi papá.

El tiempo hace su papel contra la precariedad de los desplazados. En esa misma ciudad que al principio apenas entendían, ambos, tanto él como ella, se hicieron padres y también propietarios, construyeron una casa, adquirieron un nuevo gusto y una nueva forma de vida, empezaron a apreciar la especificidad de vivir en una gran ciudad al lado del mar. Por todo eso, cuando Morgana Vargas Llosa, Jaime Travezán y David Tortora les propusieron encabezar un retrato de ellos y de sus hijos para una muestra fotográfica que reuniría a decenas de familias limeñas provenientes de las más diversas procedencias, no dudaron un segundo en responder que sí. Una mañana, luego de una charla previa en que escucharon a mis padres y reconstruyeron algunos asuntos de nuestra historia doméstica –el tema de la educación trunca de ellos, la importancia de la biblioteca de mi papá en la casa, los sueños de superación que delegaron en sus hijos–, el trío creativo realizó un retrato de nuestra familia con un pequeño toque fantástico. Entre los retratos de boda, fotos de graduación y elementos ayacuchanos, varias pilas de libros se erguían en la sala de la casa como si se trata de columnas que la sostenían. Tenía pleno sentido. Si algo nos ha sostenido y nos ha hecho quienes somos, son la lectura y la educación.

Desde hace unas semanas, ese retrato de familia y 49 más, se pueden admirar en la espléndida exposición Mírame, Lima, que se exhibe en el Museo de Arte Contemporáneo de Barranco [MAC]. La experiencia de visitar la muestra es fascinante. Más allá de la riqueza barroca y muchas veces surreal de las imágenes, de sus niveles de detalle y de la destreza de sus composiciones, lo que ellas proyectan sobre las paredes de las salas del MAC es algo así como la materialización de los sueños, frustraciones, logros y sentimientos de pertenencia de una constelación variada y sorprendente de experiencias que conforman maneras diferentes y reales de vivir Lima o de ser limeño. Migrantes andinos o italianos, japoneses o selváticos, surfers o lustrabotas, cantantes folclóricas o gente de teatro, todos, en su soledad o en su gregarismo, aparecen retratados bajo un mismo punto de vista, risueño y radiante. Las fotos de Vargas Llosa, Travezán y Tortora enfatizan el espacio real que cada grupo humano ha hecho suyo –la casa, la plaza, la iglesia– solo para resemantizarlo como campo de ocupación de objetos –fotos, instrumentos, documentos– que aterrizan la sustancia de los deseos, las querencias y las fantasías.

En un artículo relativamente reciente, a raíz de los crímenes que se cometen a diario en Lima, el psicoanalista Jorge Bruce acuñó el termino de la ‘Otra Inseguridad’ para hablar del miedo que el limeño de estos días siente al rechazo y a la discriminación, a la posibilidad constante de no ser aceptado en el trabajo, en la familia de la pareja o en el colegio al que desea mandar a sus hijos a causa de su origen étnico o de su color de piel. En Lima muchas veces no avanzamos porque quienes son discriminados avalan el pensamiento del discriminador o simplemente no denuncian la exclusión por temor o por vergüenza. Ha sido una experiencia formidable recorrer los salones de esta muestra en compañía de mis padres y comprobar junto a ellos que muchos de los retratados en Mírame, Lima, gente que como nosotros ha sentido alguna vez que esta ciudad les volteaba el rostro por ser distintos, de pronto encontraban validada su participación en la construcción de una ciudad que no termina de cristalizarse. Por suerte.