Plumas azules

Por Pamela Rodríguez

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Hace unos días me encontré con un amigo recién llegado de Europa. Lo fui a buscar a su cuarto de hotel, y cuando llegué, me senté en un sofá, y a los pocos minutos apareció detrás de una puerta y vino a saludarme. Tenía puesto un sombrero hermoso. De paño con apariencia artesanal y con mucho estilo, con unas plumas de ave gigantes que salían de un lado y que a simple vista parecían un rayo de luz azul.

Debe haber notado la impresión que me causó, porque al instante me preguntó si me gustaba su sombrero y le dije que sí, que me fascinaba, así que me lo prestó por unos minutos durante los que me paré frente al espejo para apreciarlo.

De pronto escuché su voz: «Pame, si quieres quédate con mi sombrero mientras estoy en Lima, que aquí ni cagando me lo puedo poner. Lima no es Berlín. Aquí mejor me mimetizo con la estética sobria de la ciudad para que nadie me joda. Pero pasado año nuevo me lo devuelves, que lo uso a diario».

No pude dejar de enfadarme con su postura, porque me tocó una fibra sensible: la paso muy mal con las personas que sienten que nuestra ciudad reprime su propia autenticidad. Inmediatamente comencé a buscar argumentos en contra de lo que había dicho. Con un tono rebelde, le pregunté: «¿Por qué tendría que haber un atuendo apropiado para pasear por las calles de Lima?… ¿Acaso existe un uniforme para habitar esta ciudad? ¿Dónde está escrito el manual de la estandarización de las vestimentas limeñas? Déjate de tonterías, amigo».

Lamentablemente a veces me doy con la cruda realidad [porque vivo muy al margen de las represiones], y me doy cuenta de que Lima sigue arrastrando la energía de la Lima inquisidora, que prefería degollar a todos los que caminaban fuera del establishment. «Creo que deberías ir feliz de la vida por las calles con tu sombrero de plumas azules y dejar de estar pendiente de los demás; total, es fácil: si les jode, que miren a otro lado», le dije. «Pero, Pame –me contestó–, si me llaman ‘cabro’ o me gritan huevadas, me voy a molestar; si la gente me alucina raro, puede que eso me impida salir adelante. Recuerda que solo tengo 59 lucas en el bolsillo y he regresado a mi ciudad con la intención de querer hacerla».

Salí de su hotel con sensación de tristeza. No es la primera vez que escucho algo así de amigos cercanos que fuera de las fronteras se sintieron más cómodos para explorar su libertad. Más allá de la vestimenta, la libertad de espíritu. Ojo que bajo ningún concepto propondría un escenario de ciudad donde solo se vieran excentricidades [aunque confieso me haría feliz], pero sí desearía una sociedad más desprejuiciada, donde el conservador pudiera estar cómodo con su camisa metida dentro del pantalón, el pelo peinado y los zapatos lustrados; la mujer orgullosa de su cuerpo pudiera mostrarlo como mejor le plazca, y todas las personas pudieran salir a la calle con la ropa que les hiciera sentirse cómodas y felices. Donde no se escuche el tonito burlón detrás de cualquier iniciativa que destaque fuera de la media.

Ya en el auto, camino a una cena, seguí argumentando: ¿Realmente es tan importante lo que la gente piense? Espero que sientas alivio al aclararte que no. Uno debe sentirse cómodo en su piel y poder corresponder con libertad a todas las inclinaciones. Por eso usa tu pluma, comparte tu magia. Si alguien te dice algo, ríete y nunca, bajo ningún concepto, te lo tomes personal. Mañana, cuando alguien vaya a cuestionarte o a burlarse de ti, solo pregúntale si sabría quién es si se encontrara al margen de lo que la ciudad quiere de él. Luego agradece haber comprendido quién eres tú, y deja que todas las plumas del mundo adornen tu piel.