Piratas y lectores

O lo que pasa cuando escribes un libro y de pronto eres culpable de casi todo

jeremias149

La escena es de novela absurda. Camino por la avenida Larco, en Miraflores, y en un quiosco ubicado en el cruce con la calle Bolívar me encuentro con un ejemplar pirata de mi novela, publicada hace solo unas semanas. Lo veo un rato ahí, suspendido al lado de revistas y periódicos, y luego de no saber si sentirme estafado o agradecido [en el Perú que a uno lo pirateen es como ser robado la misma noche en que se recibe el Disco de Oro] decido irme. Una cuadra más adelante, después de haber volteado algunas veces para mirarlo, no puedo más y me detengo, regreso sobre mis pasos y vuelvo al sitio para revisar el ejemplar porque tengo unas ganas inmensas de entender cómo una novela de más de quinientas páginas puede lucir tan delgada en un puesto de periódicos. ¿Se habrán volado una parte? ¿Qué capítulos habrán considerado prescindibles? Una vez llegado al sitio pido al vendedor que le retire la bolsa para verla, y entonces un señor de unos setenta años asoma entre los diarios y me dice que no puede, que así ha venido de la «empresa que distribuye la novela». Para ver si lo convenzo le digo que soy el autor del libro, pero no hay forma: lo compro y lo hojeo, alucinado de cómo han encajado todas las letras de ese modo para que las casi 190 mil palabras de la novela se puedan recorrer en solo 300 páginas. Estoy revisándolo cuando el hombre del quiosco me vuelve a hablar.

—Así que usted es el autor —me dice.
—Así es —le respondo.
—¿Y cuánto cuesta su libro en las librerías?
Le digo el precio.
—¿Y no le parece injusto que pidan eso por un libro? ¿Cree que todos los peruanos podemos pagar un precio así? ¿No debería hacer algo para que cobren algo más justo?

La pregunta me deja atónito y luego me hace recordar otra, bastante particular, que me hizo una periodista en los días más acalorados de la polémica que se dio poco después del lanzamiento del libro. Antes de que la discusión se centrara en algunos argumentos, un texto bastante especial se propuso analizar un reportaje de televisión sobre la presentación del libro en México para desentrañar el supuesto discurso Marca Perú que animaba a la prensa peruana a usar la imagen de mi libro –así como la del éxito de nuestro premio Nobel Mario Vargas Llosa– para ocultar, entre otras cosas, el catastrófico resultado de la prueba Pisa, que dejó en claro el descalabro del sistema educativo peruano. La periodista me preguntaba entonces si yo me sentía responsable por la indiferencia de los demás ante los bajos índices de comprensión lectora en el país y la lamentable educación de miles de peruanos. Recuerdo que me quedé callado porque no entendía bien de qué hablaba. ¿Bromeaba? Hasta donde sé soy solo un tipo que cuenta historias, y que todo lo que ha intentado hacer en los últimos años –no sin esfuerzo– es escribir los mejores libros que podía escribir y dedicarme –en la medida de lo posible– a vivir dedicado al oficio que más quiero. Pero de pronto resultaba que era responsable de cosas que ni remotamente había sospechado.

—¿Y entonces? —me dice el hombre del quiosco, a quien le estoy comprando mi propio libro, en versión pirata—. ¿Le parece justo que se venda un libro a ese precio?

No le respondo nada. Cojo un billete, se lo dejo encima de las revistas y me llevo conmigo el ejemplar. Mientras vuelvo a caminar siento algo desagradable, una especie de nuevo dedo acusador. Después de algún tiempo soy capaz de decirme que ya bastante hacemos muchos escritores con trabajar sin sueldo fijo y sabiendo que la industria del libro es endeble, y bastante también cuando incluso aceptamos que mientras no haya una política adecuada que revierta la distancia entre los productos culturales y los potenciales lectores, ‘salidas’ tan controversiales como la piratería sigan siendo las únicas formas de atenuar la brecha que separa a mucha gente de la lectura. Camino por Larco y repaso el ejemplar de letras pequeñitas que se aprietan en las páginas de la copia pirata y me digo que quizás un ejemplar así sea el que llegue a manos de un lector que, de otra forma, no podría cubrir jamás el costo formal de una novela de ese volumen. Hasta que alguien haga algo. Por lo pronto –me digo–, la única responsabilidad insoslayable que tengo es intentar hacer mi trabajo lo mejor posible a pesar de la incomprensión y de la abulia de políticos y autoridades. Y me lo seguí diciendo mientras miraba, con ojos de otra persona, la copia pirata de mi libro en mis propias manos.