Permiso para partir [y para llegar]

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Partí de casa hace diecinueve horas. El verano empezó, y con ello la temporada europea de festivales de calle. Estoy sentado en el tren camino a Heringsdorf, un pueblo en la isla de Insel Usedom, al noreste de Alemania. Diecinueve horas viajando entre aviones, taxis, metros y trenes. Me faltan cuatro trenes más y unas cinco horas hasta llegar a mi primer destino: un fin de semana actuando en la isla alemán-polaca de Usedom marcará el inicio de mi gira europea versión 2014.

Europa tiene una gran cultura de festivales que se desarrollan en la calles. Las grandes ciudades y los pequeños pueblos tienen algún momento del verano en que las calles del centro se cierran para los autos y se vuelven peatonales. Las esquinas y plazas se convierten en escenarios y las artes escénicas brillan: teatro, danza, música, y mi muy querido circo. Para mí esta es temporada de festivales. Viajaré por Europa haciendo espectáculos en los festivales de calle. Durante trece semanas haré espectáculos en catorce festivales y siete países.

La agitación comienza varios meses antes de partir. Yo, como artista independiente, me encargo de todo el proceso de negociar con los festivales a los que asistiré y de la logística para llegar a cada lugar: la planeación del tour, el financiamiento, analizar las mejores alternativas para llegar de un punto A a un punto B, reservar y comprar pasajes –los más baratos posibles–, reservar trenes, alquilar autos, asegurarme de que el material llegue a cada destino y, por último, en mi condición de peruano, sacar visas.

Tengo tantas historias con las visas; tantas cosas me han sucedido que, el año pasado, cuando empecé a crear un nuevo espectáculo para sala con tres amigos, decidimos hacer un número en el que hablo de mis historias con esos papeles tan preciados y tan soberbios. Una vez en una gira con muchos artistas llegué a la frontera entre Montenegro y Croacia. Eran las dos de la mañana y el agente de inmigración no me dejó entrar a Croacia. Me dijo que la visa que tenía no era válida –yo tenía una visa tipo C, o sea, visa de turista de corta duración en vez de una visa tipo D, o sea, de turista de larga duración–. El bus con los artistas tuvo que partir sin mí. Me dejaron en la frontera con unos plátanos y unas cervezas esperando a que alguien del festival venga a recogerme. Cuatro horas después llegaron por mí.

Tener que pedir visas se ha convertido en una parte innata de lo que tengo que hacer para viajar. Conozco ya cuáles son los mejores lugares para sacar una visa, sé cómo hablar a la gente para poder quedarme con mi pasaporte en caso de que tenga otro viaje al mismo tiempo. Yo he hecho de sacar visas una ciencia o tal vez un arte. Pero por más entrenado que estés, las visas –para alguien que viaja tanto como yo– puede tener un factor más allá del estrés del papeleo: es que te corta la libertad.

Cuando recién salí de la escuela de circo, el Cirque du Soleil me llamó para que parta la semana siguiente a hacer un contrato durante una semana. Como al país donde debía ir yo necesitaba una visa para entrar y el lapso de tiempo era muy corto para sacarlo, se llevaron a alguien más. Fue la última vez que me llamaron para hacer ese tipo de contratos a corto plazo. Esta gira es por siete países y tuve que sacar solo dos visas. Uno de los procesos más fáciles que he hecho en años, pero para complicarla un poco -porque siempre hay que complicarla un poco-, mi pasaporte se perdió en el DHL del consulado británico en Nueva York a Montreal. El pasaporte apareció el día antes de partir.

Hace cuatro años que empecé a girar haciendo espectáculos en las calles del mundo durante el verano, así que las historias se han acumulado con el tiempo. Son muchos países, muchos idiomas por los que he pasado, y cada inicio de verano trae las mismas intrigas: ¿Cómo será este año? ¿A quién conoceré? ¿Me encontraré a amigos artistas?

Este año todo empieza en Heringsdorf, después me voy a Epinal, una pequeña ciudad francesa, hogar del festival de artes de la calle más antiguo del país. Después de Epinal me voy a Ginebra, una semana allá actuando durante la Fiesta de la Música y parto a Freistadt, un pequeño pueblito en Austria, muy cerca de la frontera con la República Checa. Será la tercera vez que vamos a Freistadt; las últimas dos veces la acogida fue increíble. Luego a Winchester. Allá actuaremos en el Hat Fair Festival, el festival de teatro de calle más antiguo del Reino Unido, que este 2014 celebra cuarenta años de existencia. Somos 45 compañías que actúan en él. Quién sabe cuántos extranjeros, cuántas relaciones amor-odio con las visas.

Nunca es fácil viajar con las visas. Pero una vez que terminas, regresan inmediatamente a tu mente las razones por las que quieres viajar. La parte bonita de la historia: los festivales, los shows, el público, los artistas que conozco en la ruta, los amigos que hago y los amigos que dejo en el camino, el que te paguen por lo que amas hacer. Ningún trámite me hará olvidar de lo afortunado que soy al hacer lo que me gusta. Si las visas me quieren perseguir, bienvenidas sean. Ya hice un espacio en mi vida especialmente para ellas.