Pensando fuera de la caja

Por Gonzalo Coloma
PensandoFueraDeLaCaja

Hace trece años llegué a Canadá. Llegué de vacaciones luego de haberme graduado de ingeniero y esperaba que mis clases de circo en Inglaterra empezaran. Estaba yéndome a estudiar circo no porque quería dedicarme a eso profesionalmente, sino porque sentía dentro de mí que para ser un profesional entero faltaba desarrollar mi lado artístico. Sentía que si lograba hacerlo, podría abstraerme de mejor manera para encontrar soluciones distintas a problemas y, por ende, iba a tener mejores herramientas para «pensar fuera de la caja». Eso sería una muy buena adición a mi currículo, pensaba.

Nunca me terminé yendo de Canadá a Inglaterra a estudiar. Estudié circo acá, en Montreal. Al final el plan no salió como lo había pensado y terminé dedicándome a hacer circo profesionalmente. Lo que sí logré, sin embargo, fue aprender a pensar diferente. Mejor aún, a asumir que pienso diferente. Aunque la palabra ‘diferente’ es muy relativa. Pienso diferente al lugar del que vengo, pienso diferente que mis amigos y padres respecto a muchas cosas, pero sobre todo pienso diferente a la ciudad que me vio crecer.

En Montreal me siento en casa porque justamente no siento que pienso diferente, no en las cosas básicas al menos, y eso hace que me sienta muy a gusto socialmente.

En estos momentos de tanta confrontación sobre temas culturales, raciales y sexuales en Lima, me siento feliz de vivir en un lugar donde no solo se respeta el arte y la cultura, sino que también se fomenta. Me alegra saber que vivo en una ciudad donde el racismo no es más que una excepción a la regla, regla en la que todos vivimos bien unos con otros, regla en la que todas las pieles, sin importar el color, son las mismas. Vivo en un país donde todos los hombres y las mujeres tienen los mismos derechos. Un país donde los hombres y las mujeres homosexuales pueden casarse y formar familia igual que una pareja heterosexual.

Viviendo acá, tranquilo, me pregunto por qué es tan difícil respetar al prójimo. Hace siete años escribí y actué en un espectáculo que trata sobre el respeto. ¿Qué es el respeto y por qué es tan difícil respetar?

Les voy a contar qué es para mí el respeto:

Respetar no es estar de acuerdo o en desacuerdo. Respetar es sencillamente reconocer que otra persona es diferente a mí. Esa diferencia puede ser grande o pequeña, pero va a tener su propia postura, su propia moral, sus propias costumbres, su propia ideología, su propia religión o, incluso, la ausencia de esta.

En sociedad, respetar a esa persona diferente a uno es a la vez permitirle que goce de los mismos derechos que uno tiene.

Creo que lo más difícil en el proceso de respetar a alguien es no entender por qué actúan de una manera determinada y comenzar a juzgarlo: «yo nunca haría eso», «es natural», «es malo». En ese momento decido observar en la historia y en la ciencia para entender si hay algún indicio de que la acción pueda ser natural y, por ende, por más que no me adhiera a ella, debe ser respetada.

Según un libro que leí hace algunos años, genéticamente somos tan primos de los chimpancés como de los bonobos. Estos últimos, primates menos estudiados y por ende menos conocidos. Entre sus características aparecen estas: tienen relaciones sexuales, sobre todo, por placer y para resolver conflictos. Solo un cuarto de sus relaciones sexuales tienen por fin reproducirse. La gran mayoría de bonobos son bisexuales o, como los llaman los científicos, ‘pansexuales’, ya que su sexualidad es completamente abierta a ambos sexos.

Por qué si nuestros primos los bonobos pueden ser naturalmente bisexuales, nosotros los seres humanos no podríamos también ser naturalmente bisexuales. Ahora a pensar todos fuera de la caja. ¿Y si todos los humanos tenemos algo de homosexuales pero solo algunos lo son por completo? ¿Y si otros deciden explorarlo y otros deciden no hacer nada con ello?

Pregunto, amigo lector, ¿en qué cambia tu vida si dos homosexuales se casan? ¿Vale la pena respetarlos?