Un gigante asustado

Para poner en agenda la fecha del nuevo fin del mundo

Escribe: Pamela Rodriguez / Ilustración: Felipe Esparza

Daniela, una amiga psicóloga, y yo estábamos conversando una tarde en una clínica psiquiátrica en Pachacamac. No me estaba haciendo una terapia, más bien, me estaba dando una clase sobre las diferentes patologías de la psique mientras caminábamos, de manera pausada, por los jardines de las instalaciones. Repasábamos uno por uno los pacientes que tenía internados y comentábamos los caminos que se habían enrumbado para sus respectivas sanaciones. Todas las historias eran bastante conmovedoras, aunque habían más tristes que esperanzadoras.

Daniela fue de menos a más. Contándome de los casos más sencillos a los más complejos, hasta que llegó al último: «Mira Pamela, ese es Nico, el caso más complejo en esta clínica y con quien cierro esta primera lección».
Y ahí estaba, despeinado y agitado, corriendo por los jardines mientras dos enfermeros gigantes lo perseguían para auxiliarlo durante sus ataques. Nico es alto y sumamente ancho. Era un gigante asustado. No recuerdo la terminología exacta de su patología, pero supe que llegó a la clínica por problemas de drogadicción, alcoholismo y un severo síndrome de autodestrucción. Como si quisiera matarse de a poquitos. Había estudiado de manera meticulosa diversas formas de tortura y autoflagelación y esperaba al primer despiste para someterse a daños espantosos.

Un cuadro demencial que no acababa allí. Nico, al no ser capaz de reconocer que los daños venían de sí mismo, una vez herido inventaba historias: conspiraciones de marcianos salvajes de la base 9, ser sensible a vibraciones negativas del ocultismo, estar poseído por el espíritu de los volcanes de la tierra ―buscaba sacarse la sangre para convertirse en lava―.
La explicación era muy sencilla. Al no asumir su propia destrucción, Nico encontraba a su antagonista en proyecciones extravagantes. De allí, el cuadro psiquiátrico que con el tiempo se hizo tan profundo como incurable.

Debo reconocer que no tengo la estructura ni profesional ni personal para ver ese tipo de casos humanos sin quedarme profundamente perturbada. No pude seguir observándolo ni seguir escuchando sobre él. Le dije a Daniela que le agradecía la lección que me había dado y que tenía la necesidad de retirarme cuanto antes. Me di media vuelta y fui camino de regreso a mi auto. De pronto, sentí una energía que venía por mí, que hacía retumbar la tierra. Era el gigante. Cuando volteé, vi a Nico corriendo hacia mí con intención de atacarme. Reaccioné al susto poniéndome a correr con todas mis fuerzas.
Logré escapar. La escena de persecución, que parecía sacada de One flew over the cuckcoo’s nest, se desvaneció. La nitidez se fue perdiendo hasta que desperté en mi cama en Barranco.

La realidad, como sucede después de las pesadillas más intensas, fue difícil de recordar. Minutos después, la alarma de mi celular ―una ópera de Wagner― empezó a sonar: «Feliz día del Fin del Mundo». Todo había sido un sueño y despertaba ese viernes 21 de diciembre, día que los mayas habían signado como el fin de una era.

Surgió entonces un paralelo entre la realidad y mi sueño: Nico podía representar a la humanidad en el planeta autodestruyéndose y destruyendo todo lo que tiene por delante, esa humanidad en busca desesperada del antagonista, que proyecta en los mayas o en la conspiración del fin del mundo lo que no somos capaces de asumir para lograr un verdadero cambio. De allí, nuestro cuadro demencial que con el tiempo se ha hecho tan profundo como incurable.

Esa misma mañana mi tía Verónica, una mujer muy mística, mandó un mail familiar donde decía que los mayas no predijeron el fin del mundo sino un cambio profundo en la conciencia de la humanidad. Justo lo que necesitaba Nico y lo que necesitamos como humanos: conciencia para saber que el fin de nuestros días no vendrá de fuera sino de nuestra propia incapacidad para armonizarnos como humanidad. Mientras llega esa conciencia ―que muchos no quieren ponerse a buscar―, esperemos la nueva fecha del fin del mundo, que seguro pronto se vuelve a aparecer en tu agenda.