Un año nuevo en pijamas

///Cosas que uno pide (y agradece) al comer las doce uvas

Es primero de enero mientras escribo esto y pienso que enfrentar una página en blanco se parece mucho a un nuevo año: este 2013, que ya empezó, es un libro de 365 páginas limpias donde podemos escribir lo que queramos. Anoche recibimos el año con la advertencia de nuestra hija mayor, María, de 16 años. «Cuidado con aburrirse mucho porque el año debe recibirse con la misma energía con la que lo quieres vivir», nos dijo, antes de salir de fiesta con sus amigas. Y me quedé pensando en sus palabras.

Las fiestas de año nuevo que tengo frescas en mi memoria las viví bailando, no como si se acabara el año, como si se acabara el mundo. Las viví corriendo con mis maletas hasta quedar exhausta para asegurarme muchos viajes, tomando baños de florecimiento con chamanes para purificar el cuerpo y baños de esencias cítricas para limpiar el ambiente de malas energías, comprando velas blancas que lo purifican todo o piscos que hacen olvidar –al menos, de manera temporal– todo lo que las otras cosas no son capaces de borrar.

Pero este año fue distinto. Para la Noche Vieja me puse la pijama de algodón más ancha que tengo, me (des)peiné el pelo y me puse mis medias más cómodas –las que, de hecho, están a punto de romperse por lo gastadas que están. Por suerte, mi esposo estaba en una sintonía similar. No quisimos la cena del hotel donde nos hospedábamos. Solo leer el menú nos dio flojera, así que no estuvimos dispuestos a averiguar lo que nos iba a costar digerirlo. En cambio, ordenamos pescado a la plancha con papa sancochada, y rodajas de mango de postre. Bebimos agua. Al llegar las doce comimos nuestras doce uvas. Raúl se las acabó ágilmente a la cuarta campanada mientras yo las iba saboreando de manera pausada. Es más, a la quinta uva me quedé sin deseos, porque deseo muy pocas cosas.

Reconozco que fue inevitable pensar en las palabras de mi hija, como una voz fantasma que asomaba en medio de mi oasis de relajo y comodidad. «¿Será que el año 2013 nos va a dar un paro cerebral?», le pregunté a Raúl. «Tal vez vaya a ser un año muy cómodo», me contestó. Adoré su forma de ver las cosas y la consideré atinada, porque eso es lo que me gustaría, lo que le había pedido a mi tercera o cuarta uva: que el año sea tan sencillo, cómodo y rico como mis medias, tan acogedor como nuestras sábanas puestas con amor en la cama, tan purificador como nuestro menú sencillo. Un año tan fresco como el agua.

Me quedé sin deseos a la quinta uva no por desidia sino porque me quise limitar a lo verdaderamente esencial. Este año no me quiero concentrar en pedir. Por eso, las siete uvas que me restaron las utilicé para agradecer las cosas que siento que el año 2012 me trajo. No solo las lindas, también las dolorosas y difíciles porque sin ellas no habría aprendido lo que hoy me devuelve al cauce de la gratitud y la calma.

Quisiera desearles un año cómodo, pero no de manera literal. No deseo que pasen su año en pijamas y menos como las mías, porque reconozco que la medias rotas no son para todo el mundo. Sí les deseo la sensación inagotable de salir a enfrentar el año en un estado casi mágico de comodidad con uno mismo, con los seres queridos, con el trabajo, con el entorno en general.

Y deseo que les suene una alarma, no como las que nos suelen despertar al alba para ir a trabajar, sino como una melodía suave de arpa cada vez que necesiten recordar que, entre la locura y estrés del día a día, podemos detenernos a disfrutar unos segundos de calma, cerrar los ojos y ver dentro nuestro lo más bonito que podemos soñar. Una alarma que nos recuerde lo sencilla que es la felicidad y que la desvista de todas esas cosas innecesarias que usamos para disfrazarla, que la vuelva fácil de reconocer y conquistar. Una alarma que nos convenza, por fin, que el amor llegará a nosotros cuando estemos listos, como una tierra bien arada que está lista para sembrar. Una alarma que anuncie el momento preciso de quitarnos el corset, la laca del pelo y los zapatos para cambiarlos por nuestra pijama preferida y zambullirnos en un descanso profundo que nos pueda reparar.