Lo que te conté en el avión

Los secretos de una abuelita rocanrolera

Les quiero contar un secreto: en este momento de mi vida, que me obliga a estar trepada de avión en avión, me he convertido en una espía incógnita de la humanidad. Nadie se imagina –cuando me siento en el avión y le sonrío amablemente a mi vecino del asiento de al lado– que, en realidad, soy una pescadora de secretos, una investigadora de la condición humana, una especie de ingeniera minera que no trabaja en la montañas, sino entre las colinas que se acumulan debajo de la alfombra de la vida.

Me atrevería a decir, con algo de insolencia, que nadie –ni psiquiatras ni videntes ni sacerdotes– puede lograr mayor intimidad que la que logra, de manera inmediata, un vecino de avión, ese amigo fugaz, completamente desconocido y con un pronóstico de amistad terminal [porque en la mayoría de los casos, la amistad culmina con el aterrizaje].

Así he conocido a personas como Mena, una típica abuelita de figura menuda, pelo más blanco que gris y mirada inocente, como la que nos devuelve el tiempo. Si la hubiera juzgado por su apariencia, me hubiera quedado en la superficie, limitándome a imaginarla preparando tartas de manzana en el horno de su casa de campo y tejiendo croché en las tardes mientras mira el show de Oprah. Mena necesitaba hablar y yo la quería escuchar. Así emprendimos un viaje dentro del viaje de avión y me contó sobre su vida, su matrimonio feliz, sus hijos y sus nietos. Pero Mena no había sido feliz de la manera como imaginaban los demás, al verla cada día por su ventana. Resulta que la señora mantuvo durante cuarenta años dos relaciones amorosas a la vez. Una con su marido, con el cual «tenía la estabilidad de la casa y los hijos», y otra con un amante, aunque ella detestaba utilizar la palabra affaire, prefería llamarlo mi novio.

Me sorprendió que, a nivel emocional, la abuelita haya manejado esa situación durante tanto tiempo, pero lo que más me sorprendió fue que en cuarenta años nunca haya sido descubierta. Entonces, le pregunté cómo había logrado manejarlo. «El aspecto emocional fue lo más complicado –me contó Mena–. Una sufre mucho cuando se enamora de dos hombres a la vez, es bastante complicado, pero no por un juicio moral, creo estar bastante por encima de eso. Lo más difícil fue manejar el desgaste interno que eso significó, por momentos estuve agotada. Pero en cuanto a esconderlo, ¡eso fue lo más sencillo! Debes aprender algo, jovencita, antes de comenzar a vivir: no funcionan las relaciones más verdaderas y llenas de amor. ¡Esa es una de las peores mentiras de la vida! Es una absurda ramificación de una mentira mayor que es la religión. ¿Nunca te has puesto a pensar en eso: que la religión solo nos ha querido controlar?»

Me parecía fascinante cómo esta señora, con pinta de abuelita de Piolín, me destrozaba los esquemas. ¡Y yo que pensaba que los transgresores eran las estrellas de rock n’ roll y los artistas excéntricos! «Hazme caso, que sabe más el diablo por viejo: tu matrimonio funcionará en la medida que ambos sepan mantener su vida propia sin que eso afecte su núcleo familiar y el hogar. ¡Sí, Pamela, para que funcione un matrimonio hay que saber mentir! Y eso no es cosa de hoy, ¡siempre ha sido así!».

Me quedé mirando por la ventana, reflexionando sobre las enseñanzas de la abuelita pecadora y le hice una última pregunta, justo cuando el piloto anunciaba que el vuelo iniciaba su descenso: «¿Se puede amar a dos personas a la vez durante cuarenta años?». «¡Por supuesto que sí! –me contestó Mena de inmediato–. Y que te quede claro que les fui absolutamente fiel a ambos, nunca estuve con un tercero, ni siquiera por un día. En esa confluencia amorosa encontré todo el equilibrio para ser feliz. ¡Y sí que lo fui!».

Cuando nos despedimos, con un abrazo fortísimo al salir del avión, me dijo: «Procura entender la felicidad en tus términos. Solo tú sabes cómo eres feliz. Con lo cual no te digo que vivas mi historia, que considero es solo para locas de verdad. Más bien, tú sabes mejor que nadie lo que te hace feliz y lo que no. Pero no le tengas miedo a nada, porque la vida se acaba y no hay otra igual».

Así la vi recogiendo sus maletas, acompañada de su hijo y sus dos nietas. Ese día regresaba, acompañada de su familia, a su casa de campo en las afueras de Nueva York, allí donde seguirá mostrando por la ventana el dibujo que ella quiera mostrar. Pero en su alma, pienso, siempre tendrá una tranquilidad extraña: la de no haberse guardado nada. La tranquilidad de saber que con todo y su locura supo encontrar su propia felicidad.