Living Las Vegas

¿Es el Disney de los grandes?

Escribe: Pamela Rodriguez
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Estaba en el aeropuerto de New York esperando el vuelo hacia Las Vegas. Sabía muy poco de esa ciudad. Solo había escuchado a una que otra persona repetir lo que parece la filosofía de su marca: «Lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas». Durante las cinco horas de viaje, el slogan me llenó de expectativa. Un lugar que tiene fama de permitirlo todo no puede ser tan malo, pensaba.

Aterricé una hora después del mediodía. Habían casinos en la sala para recoger las maletas, así como carteles publicitarios invasivos, con colores llamativos a cada metro cuadrado. Un amable taxista me llevó al hotel –me habían dicho que era más grande que el aeropuerto internacional de Lima–. El camino fue corto, pero suficiente para confundirme un poco. Todo parecía artificial. Todo. Los anuncios publicitarios jalaban la vista por la atractiva inercia del neón. Tenía mucha hambre. Y buscaba algo para comer cuando vi un cartel de letras rosadas, fosforescentes, que promocionaba un restaurante de sushi: «there´s always a happy ending». Me pareció una frase curiosa para promocionar un restaurante de sushi.

La señorita del lobby que me atendió, también amable, me dijo con una inmensa sonrisa: «Tiene suerte, Miss Rodríguez. Le hemos dado una habitación con vista a la laguna». Desde mi habitación, imaginé una vista hermosa, donde vería nadando a los peces naranjas desde arriba y podría llevar a Luana a darle de comer a los patos. «Siga el pasillo de frente y al final de todo, muy al fondo, están los ascensores. Disfrute de su estadía Miss Rodríguez».

Comencé a caminar –ilusionada– por el pasillo interminable, con el sonido ensordecedor de los tragamonedas, de los dados al caer sobre la mesa de black jack, los hielos golpeando los vasos de whisky durante el brindis, los gritos de ganadores y perdedores. Venía algo cansada del viaje y no quería caminar tanto. Justo cuando estaba a punto de tirar la toalla y regresar hacia la amable señorita para que me indicara dónde estaba mi habitación, encontré el ascensor: gigante, lustrado y brillante.

Llegué a mi cuarto en el piso 32 –sin un mapa para no perderse en el complejo hotelero–. Las instalaciones eran bonitas. Demasiado. Entré al baño y me encontré, después de los jabones y toallas de un típico hotel, un sacacorchos, una tele plasma inmensa que colgaba del techo y un cenicero. No entendía nada, así que mire por la ventana. A lo lejos, se veían desérticas y silenciosas las montañas que reconocía de las postales del Gran Cañón. Las contemple fijamente por unos minutos.
Cuando bajé la mirada, apareció, colosal, la Torre Eiffel en versión kitsch.Ycuando intentaba calcular las dimensiones de la réplica respecto a la original me pegué un susto: de la laguna apareció un chorro gigante de agua, casi a propulsión, como salido de una ballena azul. Claro, la laguna era artificial, sin peces. Ilusa al pensar que algo sería real en Las Vegas.

Me fui del hotel –desilusionada– hacia mi ensayo. Llegué con mi hermano del alma, Ulises Hadjis, para cantar esa noche en el Hard Rock Cafe. Al verme la cara, Ulises preguntó: «¿Qué te pasa, Pame?». Y le conté, sin siquiera respirar, lo que escribí arriba. «¿Dónde crees que has aterrizado? ¿En Praga?», me dijo, entre carcajadas. Ulises tenía razón. Tal vez debía encontrarle el gusto a lo kitsch, a lo sórdido, a la oscuridad que sentía entre tanta luz, así que hice mi mejor esfuerzo al regresar del ensayo al hotel. Pero me duró muy poco.

En el cuarto me esperaban mi esposo Raúl y mi hija Luana, que habían llegado desde Caracas. Los tres bajamos a comer. Luli, que tiene solo tres años, me dijo al atravesar el pasillo del terror, repleto de juegos:

–¡Mamita, esto es una locura! ¿Puedo jugar con esas maquinitas?

–No, amor. Aquí la gente está jugando con su dinero y con el dinero no se juega porque cuesta mucho hacerlo y hay que respetarlo.

¡Qué carita de confusión me puso la pobre! Está de más contar cómo estaba la comida en aquel restaurante. Más barato hubiera salido comprar borradores de goma y comerlos. Seguro estaban más ricos que el pollo que pedimos, tan artificial como la laguna. Regresamos a la habitación, acosté a mi niña y Raúl se durmió mientras yo me quedé pensando que Las Vegas es mi antítesis en todos los sentidos. Conclusión que me acompañó a lo largo de todo lo que experimenté en la ciudad hasta el último minuto antes de partir de regreso a casa.

Un buen amigo me dijo, mientras mirábamos la ciudad a través la ventana de nuestro cuarto por última vez: «Lo que no has entendido es que Las Vegas es para los adultos, lo mismo que Disney es para los niños». Pensé en la Torre Eiffel de lucecitas, en la laguna y su chorro poderoso, en los hiperactivos neones. Así evitaba ponerme triste al imaginar que Las Vegas es el ícono del proceso degenerativo de la ilusión de los adultos. ¿Cuántas niñas habrían querido ser princesas y hoy venden su cuerpo en «la ciudad del pecado»? ¿Cuántos habrían soñado con ser príncipes y hoy sostienen en las manos, en vez de una espada, un billete para otro lap dance? No cabeza, no vayas por allí. Distráete con las luces o mejor regresa al baño por el sacacorchos.