La hijastra de la novia [Carta a una cumpleañera]

Por Pamela Rodríguez
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Recuerdo como si fuera ayer cuando, al comenzar nuestro noviazgo, tu papá me contó que tenía una hija. «Es una niña hermosa de diez años. Seguro van a divertirse mucho juntas», me dijo. Yo lo escuchaba atenta, intentando familiarizarme con la idea, pero nada de lo que él pudiera decirme era capaz de calmar los nervios que sentía por comprometerme en una relación con alguien que ya tenía una hija.

Raúl tuvo el impulso de traerte a Lima para irnos juntos de viaje al Cusco y conocernos. El plan me pareció arriesgado para un primer encuentro, pero decidí seguir la ilusionada iniciativa de tu padre y entregarme a la vivencia. No quise prejuzgar la situación: estaba lista para conocerte y dispuesta a hacer todo lo que estuviera en mis manos para llevarnos bien.

Llegaste a las pocas semanas desde Madrid, de la mano de tu abuelo. Saludaste a tu papá con un abrazo que le diste de un brinco y a mí me diste un beso con mucha timidez, y camino a casa no paraste de hablar ni un segundo [intuí que estabas nerviosa con la situación; yo también lo estaba].

Al llegar a casa, como ya era tarde, fuimos todos directo a dormir. Tú en tu cuarto y nosotros en el nuestro. Pero al poco rato me dio pena que estuvieras solita en la habitación de al lado, así que después de unas horas de dar vueltas a la idea me animé a acercarme a tu puerta. Caminé de puntitas hacia tu cuarto, que aún tenía la luz encendida, y casi no te pude ver porque estabas escondida detrás de un libro de cuentos gigante. Desde la puerta te pregunté: «¿quieres venir a dormir con nosotros?».

Tardaste unos segundos en reaccionar, pero de pronto vi una cabecita rubia que asomaba por encima del librote y oí tu vocecita tímida, que preguntó: «¿estás hablando en serio?». «Sí, vamos», te dije. Así fuimos las dos a acostarnos con tu papá, y minutos después los tres nos quedamos dormidos.

Nunca voy a olvidar el susto que me pegué a la mañana siguiente, cuando desperté y encontré tu cara frente a la mía. Dormías abrazada de un brazo de tu padre, y yo del otro. Recuerdo haber saltado del susto y tú, al verme asustada, abriste los ojos grandotes, como si hubieras visto un fantasma. Entonces, sin saber qué hacer, te propuse una guerra de almohadas y accediste sin chistar. Creo que ese mágico momento de risas dio pie a nuestra amistad, María.

No siempre tuve claro que el vínculo entre una madrastra y su hijastra pudiera definirse como una amistad. A veces los celos naturales de los niños o los celos inmaduros de los adultos interfieren a la hora de consolidar una relación como la de madrastra-hijastra. Pero entre tú y yo jamás hubo conflictos porque comprendí que eras la prioridad y que no tenía que pretender ser tu madre cuando estuvieras con nosotros: tú tienes una madre única y excepcional.

Pero no puedo atribuirme el éxito de nuestra relación. Tú desde niña lograste que todo fuera fácil y fluido, me hiciste sentir cómoda y querida por ti; jamás, ni siquiera cuando entrabas a la adolescencia, generaste un solo problema. ¡Ni uno solo! Porque eso es lo que está en tu naturaleza, esa misma que hoy, que cumples dieciocho años, nos deslumbra a todos los que te queremos. Desde que te conocí solo he visto madurar en ti a una mujer hermosa, inteligente, humana, sencilla, divertida, ligera… ¡qué difícil ponerme a adjetivar! No hay palabras que hagan justicia a todo lo que creo que eres.

Los dieciocho tienen la sensación deliciosa de que la vida adulta comienza, pero sé que eso también asusta. Puede que tengas incertidumbres ahora que comienzas a construir tu futuro. Por eso, desde mi perspectiva, quiero decirte que si has podido conquistar de esta manera a una ‘madrastra’ [que históricamente hemos sido tan complicadas de cautivar], tienes todo para conquistar al planeta Tierra. Y más. Te quiero, Meri.