La enredadera de vida

Sobre una tarea que le pidieron a tu hija.

Hace unos días, mi hija Luana llegó del nido con una asignatura en su cuaderno de tareas: hacer el árbol genealógico de nuestra familia. Comencé a dibujar en mi mente nuestro arbolito que, desde el primer boceto mental –como muchas familias del siglo XXI–, tenía una que otra rama adicional al árbol convencional. Pensé que esas ramas extra no lo harían un árbol menos hermoso y noble, sino todo lo contrario.

Pasé toda la tarde pensando en el árbol genealógico. Tal vez en la época de mis abuelos todo hubiera sido más sencillo para las familias. Eran otros tiempos y se podía trazar sin dificultad desde la raíz familiar hasta las ramas, que se irían multiplicando de manera sistemática, siguiendo un inexorable patrón: papá, mamá, hijos.

Añoré con nostalgia –que casi rozaba la envidia generacional– la vida de esos tiempos, donde las estructuras sociales dictaban nuestro porvenir, donde nadie se rebelaba ante ese dogma católico apostólico romano. Pero solo fue un momento. De pronto, otras historias aparecieron en mi cabeza. Recordé, por ejemplo, a la abuela de una amiga. Tenía ochenta años cuando en un arranque de honestidad le confesó a su esposo –que estaba a pocos días de morir– que su tercer hijo era de uno de sus amantes. ¿Qué pasaría con el árbol genealógico de aquel señor a puertas de la muerte? Lo imaginé con una podadora gigante retocando las ramitas. Y ni siquiera concibo la sensación de ese hijo al enterarse de la verdad cuando esta salió debajo del tapete. ¿Dónde quedaría en ese esquema genealógico? ¿Sería la manzana de la discordia que se cayó del árbol, expulsado de la estructura familiar del paraíso?

Recordé entonces esas novelas históricas que relatan el episodio de violencia sexual durante los procesos de colonización. ¿Cuántas criaturas habrán nacido de atropellos? ¿Cuántos niños sin árbol, ni siquiera con una sombra?

No eran árboles más sólidos los de aquella época, sino más hipócritas. Se proyectaban a la sociedad como un organismo pulcro y ordenado, como árboles en serie en el escaparate de una tienda navideña. Pero sus raíces eran raquíticas, débiles, que ocultaban sus escombros debajo de la tierra.

También pasa hoy, pero —creo— cada vez menos. Tengo amigos y amigas que se han casado dos, tres y hasta cinco veces. Y tienen parejas que se han casado también varias veces. ¿Cómo serían sus árboles? Tantos núcleos familiares a través del tiempo: hijos, medios hermanos, hijastros, hermanastros, ex maridos, futuros ex maridos. ¿Cómo podrían acomodar a sus familias modernas, sin líneas determinadas, bajo el vertical desplazamiento del árbol genealógico? No se puede. La figura del árbol es anacrónica. Quería entonces una genealogía contemporánea. Y pensé en una bella enredadera, otra digna representante de la flora silvestre.

Esa madrugada, mientras pensaba en la tarea de Luana, hablé por Skype con mi amigo Daniel Beteta, cómplice insomne de las altas horas. Él hizo una interesante reflexión: «Pame, quieres incluir en el árbol genealógico a personas que no pertenecen a la genealogía. Lo que tú propones es más un árbol de vida». Estuve de acuerdo. El concepto de genealogía refiere, de manera exclusiva y excluyente, el seguimiento de la ascendencia y descendencia de una persona o familia. Bueno, ya no es un árbol sino una enredadera. Ya no es genealógico, es de la vida. Hecho.

Cuando llegó el momento de sentarnos a dibujar la tarea, partimos de ese nuevo concepto: «Enredadera de vida». De otra manera, no podríamos haber ubicado a toda nuestra familia. En nuestro caso, incluye a la madre de María, la primera hija de mi esposo. No concibo nuestra enredadera sin ella. Entonces, María quedó en un espacio de la planta, menos hostil y mejor integrada a la flora. Dentro del árbol convencional, tendría que haber aparecido coja de una rama. Me negaba a hacerlo.

A la semana siguiente, entregamos al nido nuestra innovadora propuesta donde todo estaba claro: el pasado con el respeto y el lugar que se merecen en la enredadera y en el día a día. Y aunque esperamos que no sea necesario, dejamos también –a manera de broma– espacio y libertad para el porvenir, tan incierto en estos días. Para nuestra tranquilidad, ya reina la libertad.