Feliz treintañero

Reflexiones sobre el estigma –el tatuaje– de la edad

Escribe: Pamela Rodriguez

Siempre he pensado que estar expuesto y abierto a diferentes culturas del mundo tiene muchas ventajas. Una de ellas es darse cuenta de que lo que pensamos y hacemos, en gran parte, son códigos y conductas adoptadas de otros, como si lleváramos tatuados los mismos diseños arrastrados, de generación en generación. Disciplinas como la Antropología o teorías fascinantes como la de los arquetipos de Jung que, por ponerlo en lenguaje sencillo, analiza los «tatuajes» más trascendentes y populares de la humanidad, ayudan a despejar muchas interrogantes alrededor del porqué somos como somos. En realidad, podríamos concluir que nos ha tocado ser lo que nos tocó por azar, por fortuna [o infortuna], ya que son innumerables las culturas que configuran nuestra especie y, a menos que abramos nuestras mentes, nos tocará eso: llevar grabado el tatuaje ancestral en nuestras vidas.

Eso es lo que, precisamente, sentimos mis amigas del colegio y yo este 2013, ahora que cumpliremos treinta años. Es curioso, todas ya podemos olfatear en el ambiente el temor de ser víctimas de un nuevo tatuador que nos grabará a todas, sin excepción, de manera despiadada y sobre nuestras incipientes líneas de expresión, la palabra Vieja. Cuando nos reunimos y hablamos del tema [aunque casi siempre lo intentamos evadir], se escuchan cosas como «¡Ya estamos viejas!», «¡A partir de ahora todo es downhill», «¡Ya se nos pasó la combi, el metropolitano, el maleño! ¡y también el arroz!», y otras frases terroríficas.

Hace unos días estuve de cháchara en una peluquería de Madrid con un peluquero tan efervescente como flamboyant, que me contaba entusiasmado sobre una amiga suya que a los cuarenta años, cuando por fin se sentía preparada para comprometerse y tener familia, conoció a un chico genial con quien se iba a casar este año. Yo celebré que su amiga estuviera feliz, pero no dudé en contarle cómo en Lima, si no te has casado al llegar a cuarentona, la sociedad te pone –volviendo a la imagen– el tatuaje de solterona, en el mejor de los casos. «Pues, Pamelita, –me dijo– aquí han cambiado los tiempos. Aquí no se es solterona; se es soltera y fabulosa. Y tampoco se es cuarentona, sino cuarentañera. Y tú, loca que pariste a tu niña a los veinticinco, aquí eres considerada una madre adolescente».
Regresé caminando al hotel, riéndome al recordar la cara del peluquero al introducirme a sus nuevos conceptos y contemplaba la idea de escribir una canción que diga, en sustitución al quinceañero, Feliz treintañera, para mis mortificadas compañeras del colegio.

Pensaba también que me parecía interesante lo que él decía, en términos no solo de género, también humanos. Y pensaba: ¿Por qué no? Si todos somos tan diferentes, nos criamos tan distinto y tenemos una configuración interna tan particular, ¿por qué no pueden haber viejos de 28, adolescentes de 61, madres primerizas de 43, sabios de 16 y novias de 55? ¿Por qué dejamos que se nos tatúe lo que nos dictan la sociedad y la norma, y no tenemos el valor de tatuarnos lo que nos late desde el fondo de la entraña? ¿O por qué no tatuarnos nada si no estamos a gusto con las etiquetas?

Hace poco, Milagros Leiva citó en su Twitter a un entrevistado en la televisión que decía que la edad límite para tener un auto deportivo y no pasar por ridículo eran los cincuenta años. ¿Y qué si quieres llevar globos de colores en un triciclo neón a los setenta y te sientes genial? ¿Estaría mal? ¿Y qué si te da la gana de sacar tu minifalda a los ochenta y bailar el baile de la botella con tu novio de sesenta? ¿Cuál es el problema si es lo que te hace feliz y no le haces daño a nadie?

Así llegué a mi cuarto y comencé a escribir: «Voy a cumplir treinta años, pero no tengo edad porque tengo la edad de mi espíritu y mi espíritu es de la eternidad. No hay por qué tener miedo porque hoy siempre es un buen día para ser como te sientes de verdad».