Eres lo que comes

Algunas verdades sobre lo que nos llevamos a la boca cada día

Hace poco más de un mes, por salud física y agotamiento mental, decidí darle un cambio radical a mi vida. El momento decisivo fue luego de una larga conversación con mi prima Carla, una chica de veintisiete años, graduada en medicina y que tiene una visión de la sanación bastante particular y holística. En diciembre, cuando nos vimos como de costumbre por Navidad, quise saber su opinión sobre cómo curar esos malestares que, a lo largo de un año, varios médicos me habían diagnosticado. Ella –luego de escuchar durante dos horas mis inagotables quejas y dolencias– me interrumpió:

—Prima, prima. Espera —me dijo—. Te voy a preguntar algo: ¿Sabes que uno es lo que come? ¿Alguna vez te has preguntado eso?
—No —le contesté.
—¿Quién eres entonces? ¿Qué comes?
—Bueno, trato de comer frutas y verduras cuando puedo, tomo jugo de papaya en la mañana y crema de verduras en las noches, casi todas…

Le decía todo eso, por supuesto, para intentar sonar como una persona saludable, luego me fui sincerando:

—Pero también como quesos todos los días y tomo vino y cerveza pero cuando estoy de fiesta o en reuniones sociales, o sea, solo unas cinco veces a la semana, como pollo que no se de dónde viene, ni cómo creció, como carne de vaca que no se ni cómo murió, preparo comida con frutas que parecen de plástico, tomo leche de un animal que no me amamantó… No pienso en lo que como, prima, es la verdad. Como lo que me provoca, lo que veo a veces en un cartel en la panamericana sur regresando a la casa de la playa. Prima, debo admitirlo…¡Creo que soy una inconsciente!
— Bueno, Pame —me dijo con mucha calma— yo te puedo introducir a este mundo de la sanación que cada día compartimos más personas. Tú sabes que yo soy médico pero que, aunque admiro muchas áreas de la medicina, no encontré allí lo que sí en la nutrición consciente. Sabes que soy vegana y que la familia habla de mis radicalismos, pero quiero que sepas que bajo ningún concepto quisiera que tú lo seas porque yo lo soy. No quiero hablarte de extremismos, solo tengo información que te puede ser valiosa de quererla recibir. Si tienes un año fatigada y enferma, creo que es un buen momento para comenzar a entender esto.

No sabría por dónde empezar a contar todo lo que aprendí en ese par de horas mientras escuchaba sus palabras. Me habló de la pureza e integridad de los nutrientes en la comida cruda, de cómo el cuerpo era capaz de asimilarlos mejor en su estado natural por correspondencia orgánica, me alertó de las hormonas en los pollos, los transgénicos en los alimentos de todos los ganados. Me alertó también sobre la inteligencia de ciertas hierbas y plantas para curar y aliviar algunos de mis males. Y todo me lo expuso sin ningún tipo de radicalismo, sino de manera bien fundamentada y lógica, como buena científica que es. Ya había oído estas cosas antes y conocía de manera superficial los conceptos, pero nunca me habían llegado tan al fondo, y creo que fue por la claridad y calma que tuvo Carla mientras me explicaba.

Mi primera tarea después de la cena navideña, fue ver el documental Food Matters, en internet. Allí, personas de diferentes disciplinas hablan sobre el rumbo equivocado que ha tomado la alimentación en nuestra cultura y como eso está teniendo repercusiones en la salud colectiva. También expone cómo la industria farmacéutica aprovecha esta problemática para aliviar síntomas mientras se hace mucho dinero, pero sin el propósito puro de sanar. Recomiendo mirar el documental hoy mismo, si es que no lo han hecho ya.

Recuerdo pocas ocasiones tan reveladoras como esta en mi vida. Me di cuenta, entre muchas cosas, que el brócoli tiene más calcio que la leche de vaca que tanto nos publicitan. ¡Y me decepcioné del queso! Tal vez solo sea comparable con la decepción que sentí cuando me dijeron que Papa Noel era solo un cuento.

Ese día, en mi cabeza sonaba fuerte el admirado Manu Chao cantando: «Todo es mentira en este mundo, todo es mentira la verdad», mientras en casa nos animamos a tomar la decisión de cambiar el bar por una extractora de jugos; la carne de pollo y vaca del refrigerador por la espirulina; los súper mercados locales por las bioferias de la ciudad; y el Alka Seltzer por la arcilla de Chaco, aunque esta última [arcilla alcalinizadora] me resultó peligrosa, y asusté a mi esposo cuando no fui capaz de separar por un rato los dientes, como si me hubiera caído de boca en la huaca Pucllana. «¡Vamos de a pocos, déjame que te guíe y no te inventes!», me dijo Carla riendo, cuando le conté la anécdota.

Eso sí: nunca en mi vida me he sentido mejor. Y seguiré contándoles sobre esta aventura fascinante. Por ahora solo les dejo dos preguntas: ¿Qué comes? ¿Quién eres? .