Páginas blancas

Por Bruno Ascenzo

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No sé en qué me he metido al escribir esta columna. No sé de dónde voy a sacar seiscientas palabras para cubrir esta página cada catorce días. No sé de qué voy a hablar, cómo lo voy a decir ni cuánto me va a tomar hacerlo. Le dije al editor que sí, que claro que sí, que me encantaría hacerlo. Y claro que me encantaría… El problema está en que a veces tardamos en darnos cuenta de que el refrán que te exhorta a tener cuidado con lo que pides porque se te puede cumplir es más efectivo que el del camarón [si no, pregúntale a la tía Su].

Durante años y años rogué al cielo y a los dioses del papa Francisco que alguna publicación, la que fuera, me llamara un buen día y me propusiera escribir una columna. Soñaba con abrir el periódico y leer impreso lo que hasta hace unas horas estaba solo en la pantalla de mi computadora. De hecho, por fortuna, alguna vez he podido leer mis escritos en ciertas publicaciones ya extintas [y que en paz descansen].

La primera para la cual me autoconvoqué se llamaba Eva. Como la de la manzana. Era una revista femenina que editaba mi buena amiga y exprofesora universitaria Milagros Leiva, y digo que me autoconvoqué porque me dediqué a rogarle día y noche para que me diera un espacio dentro de Eva, y ella, generosa, me concedió la petición. Fui Adán por unos cuantos meses. Logré escribir casi una veintena de textos, de más o menos cuatrocientas palabras cada uno, y, entre fallidos y coherentes, estaba contento con ellos… Hasta que nos sacaron del paraíso. La revista no funcionó comercialmente y, sin manzana de por medio, fuimos desterrados.

Volví a rogar por una página en blanco años después a mis amigos editores de Galería. Era una revista que intentaba convertirse en una plataforma de talentos apoyando a los ‘no mediáticos’, exponiendo estilos de vida y hasta marcando tendencia. Fue un año de mucha diversión escrita. Ya no me limitaban los temas de género, y el reto era aún más grande porque cubría página entera, a diferencia de la tocaya de la suegra de Toledo, que se imprimía sobre un cuarto de hoja. Pero tras un año de intensa lucha, Galería cerró sus puertas, y con ellas mis aspiraciones de escritor se refugiaron amablemente en la ficción.

Al descubrirme como el verdugo de las publicaciones nacionales, opté por escribir desde una plataforma virtual [ya si me tumbaba internet por lo menos tendría repercusión mundial]. Junto con mi amigo del colegio Rafael Urbina armamos un blog llamado Sincuentalíneas.com [todavía me gusta el nombre]. Pretendimos dar una dinámica epistolar al asunto: él me mandaba una carta-mail que yo debía responder con un texto similar, y así sucesivamente. Nos duró un par de semanas la gracia. La vida nos hizo entender que estábamos próximos a cumplir treinta añazos y que en lugar de estar mandándonos cartitas virtuales había que preocuparse por pagar la deuda al banco. Nunca más escribimos por ahí, pero estoy seguro de que en algún momento lo retomaremos.

Y ahora me encuentro acá llenando de palabras este pedazo de árbol convertido en papel, rogando para que no pienses que su muerte ha sido en vano, pidiendo a Panchito que no me permita traer la nube negra a esta luminosa y soleada revista. Desde hoy nos unirán estas páginas veraniegas, otrora blancas y ahora rellenas de tinta. Por mi culpa, por mi gran culpa. Nos acercarán por todo este verano-temporada-2015. Y no hay vuelta atrás.

Dicen que los amores de verano son los más intensos. Disfrutemos este entonces. Veamos qué sale. Además ciertos entendidos comentan que la página en blanco suele ser una montaña rusa que no te avisa por cuáles vueltas o caminos te llevará. Y a mí siempre me gustaron las montañas rusas.