Otra vuelta de tuerca

O cómo el mundo de las ideas cambia sin que nos demos cuenta

Hay un momento en Lincoln –la estupenda película de Steven Spielberg– que de puro desfasado con nuestra realidad puede resultar revelador. En medio de los ardientes debates por ver si se aprueba o no la decimotercera enmienda constitucional que liberaría a la población negra norteamericana de la esclavitud, un parlamentario demócrata avizora alerta, aterrado, sobre las devastadoras consecuencias que la medida podría traer para el mundo conocido. «¿Qué ocurrirá después?», le grita a los otros, hombres blancos como él. «¿Que los negros voten?», «¿Que lo hagan las mujeres?». De un lado del écran todos claman al cielo como si no hubiera nada peor dentro de la proyección catastrófica del futuro. Del otro lado, el público se sonríe bajo el efecto cómico que genera esa reacción en tiempos de primeros mandatarios mujeres y de poetas hispanos y homosexuales recitando en las reelecciones de presidentes norteamericanos negros. Lo valioso del filme de Spielberg, precisamente, es que trata los hechos que cuenta bajo la lógica mental del año en que ocurren [1865], cuando todo lo que aguarda a esa nación es un completo albur y nadie se salva de la incertidumbre. En una conversación que sostiene con su sirvienta negra, el propio Lincoln le confiesa que no tiene la menor idea de lo que sucederá con los Estados Unidos tras los cambios por los que lucha. Se trata solamente de un hombre que lidia con su miedo, algo que muy pocos de sus coetáneos se permiten realizar.

Con menos autocontrol y ganado por la rabia y la indignación, el protagonista de Corazón normal –la obra teatral de Larry Kramer que Juan Carlos Fisher ha montado por estos días en La Plaza Isil– siente la misma necesidad de luchar contra el miedo que paraliza a la comunidad homosexual de Nueva York en 1982, cuando el virus del VIH, que aún nadie ha podido determinar como tal, diezma a amigos, colegas y ex parejas como si se tratara de una plaga medieval. Él, Ned Weeks, trata de convencer a sus pares de defender abiertamente los derechos de la comunidad homosexual en un mundo en el que la figura del gay aún no es compatible con la seriedad o el profesionalismo. Algo un poco más problemático ocurre del otro lado del escenario: el público limeño tiene tendencia a reírse durante los primeros momentos, en que los actores Paul Vega y Rómulo Aseretto se besan, se acarician o manifiestan una manera natural de amarse bajo la piel de la pareja protagónica. La obra se llena de otra carga. De modo que cuando Weeks arenga a sus socios a cambiar la imagen pública que se tiene del homosexual por esos años, parece dirigirse también a la incómoda platea limeña en el verano de 2013. Han pasado casi 32 años y aún nos cuesta salir de los modelos acartonados que las series y programas cómicos locales han instalado en nuestras cabezas.

Sin embargo, creo que avanzamos. Aunque muchas personas me dicen que no, que el Perú está todavía en la Colonia y que estamos completamente detenidos, yo creo que avanzamos. Nos hemos indignado ante el caso del campesino discriminado en Larcomar porque alguien señaló esa discriminación y acudió a los medios; discutimos el uso restringido de los servicios higiénicos para las nanas o niñeras en ciertos clubes privados porque un cliente de esos clubes señaló el caso y nos alertó del problema. Cobramos consciencia del tema del acoso a la mujer en la calle porque hay gente que valientemente nos empieza a mostrar que ese es un tema que hay que atacar. Con tiempo, muchas cosas que nos parecían normales nos resultan ahora insoportables, y algunas cosas que nos parecían raras o extrañas se empiezan a naturalizar. Durante estos últimos años, por ejemplo, me he visto en la obligación de retirar de mis clases material periodístico que juzgaba excelente en su aspecto formal, pero cuyo contenido complicaba a mis alumnos, mucho más críticos que yo. También he observado con entusiasmo a algunos de ellos manifestar su opción sexual sin miedos y ante la simpatía de sus compañeros. Una vez vi a dos alumnas mías tomadas de la mano.

Nadie, por cierto, dijo que las cosas ocurrieran de un momento a otro. Entre el logro legal de la Enmienda de Lincoln y la verdadera inclusión de la cultura negra a los Estados Unidos sigue mediando una lucha sin fin. Y, sin embargo, el mundo de las ideas se mueve, aunque lo haga a una velocidad que no todos estamos en condiciones de percibir. Así, cuando la pareja de Corazón normal experimenta el último tramo de su amor en la obra, a nadie dentro de la platea se le ocurriría reír, pero pocos reparan en ello. Las cosas cambian en 2013 como lo hacían en 1982 e incluso en 1865. Con dolor, pero en la misma dirección. Quizá en 2020, entonces, nos parezca demencial que hayan existido personajes cómicos como la Paisana Jacinta o el Negro Mama; o delirante que un hombre silbe a una mujer en la calle; o realmente fuera de este mundo que a alguien se le haya ocurrido colocar un cordón humano en una playa para no compartir la arena con otras personas. Quizá pensemos en lo increíble que era la gente de 2013. Después, nos tocará apretar los dientes y estar listos para seguir combatiendo.