Nosotras y el síndrome CEHTM

Sobre la locura de creer que estás haciendo todo absolutamente mal

Las mujeres que decidimos emprender de manera paralela y ambiciosa el camino de la maternidad y el profesional, tenemos algo común que tal vez ya tenga una denominación patológica: el síndrome CEHTM [Creo Estar Haciendo Todo Mal]. Las mujeres con esta patología somos fáciles de reconocer: siempre estamos un poco aceleradas o más irascibles de lo normal, nuestras uñas tienen el esmalte gastado debido al poco tiempo que tenemos para hacernos la manicura. De hecho, si nos miran bien a los ojos podrán notar que la mirada anda como perdida, y si nos preguntan en qué rayos pensamos –salvo en contadas excepciones– daremos dos respuestas posibles: 1) pensamos en el caos que habrá en la casa mientras trabajamos fuera; o 2) pensamos en todo lo que no hemos hecho en el trabajo mientras cuidamos a los niños.

Las mujeres que padecemos el síndrome CEHTM sentimos que no rendimos lo suficientemente bien en nuestra vida profesional, creemos que de no tener familia podríamos estar corriendo hacia el éxito laboral de manera acelerada, sin tener el pie en el freno. Cuando estamos en casa muchas veces sentimos que descuidamos una que otra cosita, eso que quisiéramos controlar con todo nuestro corazón. Con frecuencia nos frustramos cuando nuestra suegra se pasó la tarde entera dándole caramelos a nuestros hijos, y nosotras hacemos lo posible para que respeten la dieta sugar-free. O cuando nuestros padres, ante nuestra ausencia por un urgente viaje de trabajo, decidieron darle antibióticos a la niña para curar un virus, como hicieron con nosotras al crecer.

Las mujeres que padecemos de CEHTM sentimos, valga la redundancia, que hacemos todo mal. Nuestro problema nos lleva a tal extremo que hasta nos deprimimos mal. Es que no tenemos tiempo ni para eso, así que nuestras depresiones son todas a medias tintas. Una no puede echarse a llorar toda la mañana, porque esas horas pérdidas son una ola que se agiganta con el pasar de los segundos. Y no: no podemos darnos el lujo de que un tsunami destruya nuestro atormentado equilibrio.

Siempre son reconfortantes los encuentros entre las mujeres que padecemos del CEHTM. Coincidimos en nuestra histeria, nos damos tips de malabarista, nos nutrimos de experiencias, nos reímos de nuestras torpezas, porque la mitad de nosotras ya caímos en los huecos que la otra mitad aguarda para caer a conciencia. También coincidimos en nuestros temores, que son bastante obvios en su mayoría.

Sin embargo, hay algo que asusta a una mujer con CEHTM más que una invasión zombi de The Walking Dead en la madrugada, mucho más que un terremoto o que el mismísimo Apocalipsis: las madres abnegadas. Aquellas que se entregaron noblemente y sin complejo alguno al cuidado del hogar, las que estudiaron un MMC [Mientras Me Caso] en decoración de interiores o finanzas y encontraron en la comodidad de un buen [o mal] proveedor el terreno más dulce y fértil para ser [o aparentar ser] la madre del comercial de pañales Pampers. Pero no es necesariamente su vida la que nos afecta sino sus despiadadas preguntas como: ¿Y tu hijo llora cuando te vas de viaje de trabajo? ¿Ya hiciste el disfraz de duendecito de Navidad? [aunque estemos en mayo] o ¿Ya encontraste tiempo en tu ocupadísima agenda para tener el segundo? [O tercero o cuarto… porque la mayoría de las madres abnegadas parecen del Opus Dei a primera vista].

A todas esas interrogantes, las mujeres con el síndrome CEHTM no sabemos qué contestar. Porque detrás de cada mujer con CEHTM hay una mujer desesperada por querer hacerlo todo bien. Hay una madre que no quiere a sus hijos ni un poquito menos que la madre abnegada que, paradójicamente, coexiste con una profesional igual de ambiciosa que un stalk broker de Wall Street.

Nadie sabe, por supuesto, en qué acaba este síndrome. Cada caso es muy particular. La mayoría de veces se trata solo de una etapa, una caótica etapa, a la que no hay que temerle. Así que, hermanas con CEHTM, recuerden: mientras nuestras carreras crezcan y a la par veamos los ojos de nuestros hijos brillar, solo hay que respirar hondo y seguir adelante. Siempre. Inundadas de coraje.