Moscas con el desamor

¿En serio vale la pena sufrir por un corazón roto?

pamela153

No importa si estás escuchando cumbia, indie rock, canciones tribales o la estación radial con los pop hits del momento: probablemente un porcentaje inmenso de las canciones hablen de desamor. Ya sea en las sofisticadas letras de Nick Cave o en las comerciales y simples de Juanes, el corazón roto ha inspirado alguna vez a todos los creativos de la música. Siempre me ha parecido curioso entender a través de la música que el desamor es tan de todos, tan universal y, sin embargo, que sea vivido individualmente de maneras tan desgarradoras e intensas.

Hace poco una página inspiracional que sigo en internet explicaba que autoobservarnos mientras sufrimos, como si fuéramos una mosca en la pared, es una gran ayuda para ganar perspectiva al sufrimiento. Ahora: desde la distancia objetiva de aquella mosca, ¿qué le diría a una persona que sufre por desamor? Probablemente ese ser distanciado –que ha visto claramente que uno se enamora para luego desenamorarse y volverse a enamorar sepa que el enamoramiento tiene ciclos tan marcados como los del agua. «Tranquila –diría la mosca, de inmediato–, es un ciclo natural».

Hablando de moscas hace unos meses estuve en Madrid con un amigo de la adolescencia que ahora se dedica a la investigación biológica en Austin, Texas. Me contaba sobre su investigación de la adicción en moscas de laboratorio. Resulta que las moscas más propensas a caer en adicciones son aquellas que han sufrido recientemente el rechazo de sus amantes. Sí: las moscas también padecen de desamor, y, seguramente, después de sumergirse en sus adicciones para matar el dolor y de llorar despechadas, compongan sus canciones a manera de zumbido. ¿Suena familiar? Según esta lógica tan cíclica, profundamente grabada en las necesidades de nuestra biología animal, el desamor no debería dolernos tanto, ¿verdad? ¿O sí?

Hace unos días intentaba razonar sobre ello con una amiga, quien, perdida en un llanto desesperado, me comentaba los motivos que creía estaban detrás de la repentina ruptura con su esposo. Ella pensaba en las estrategias que podía emprender para recuperar su amor. Le pregunté si realmente ella creía que el amor era algo que podía recuperarse. Tal vez el amor se parezca a las plantas –le dije–, y hay plantas semimuertas, mal regadas, con algún tipo de plaga mortal. Él le dijo que su amor había muerto. ¿Puede resucitarse a una planta muerta? Yo creo que no.

Mi amiga me dijo que necesitaba un trago. Fuimos al bar más cercano y, mientras hablábamos de las moscas, comenzamos a pensar en formas para combatir el desamor. Llegamos a la conclusión de que el tiempo era clave: superar el desamor es parte de un ciclo biológico, como el mar solo necesita de tiempo para convertirse en nube. A pesar de que la situación puede ser insoportable y la paciencia algo escaso en momentos de desesperación, mi amiga sintió algo de calma al entender que el desamor es parte de un ciclo y, por lo tanto, tiene un fin. Le comenté que hace poco había leído que el ser humano tarda casi veintiún días en adoptar un nuevo hábito, así que le propuse que se dedicara conscientemente durante ese tiempo a actividades que liberen sus endorfinas, sobre todo para evitar que el dolor se convirtiera en hábito. Las drogas de las moscas, por supuesto, eran una pésima idea, así que pensamos en que lea mucha poesía, oiga buena música, vaya a hacerse masajes, que planifique estratégicamente un encuentro con su vecino guapo o planee un viaje.

De pronto pensamos en irnos a Tokio. Está claro que no vamos a ir a esa ciudad, pero no importa. La fantasía, en ese momento, era placentera, estaba haciendo que mi amiga pasara un momento feliz en medio de su tristeza. Navegamos en la red desde su teléfono y buscamos todos los lugares que hipotéticamente visitaríamos en la ciudad nipona, y ella viajó por unos minutos lejos de su desamor. Había logrado distraer su mente. De regreso a casa, mientras ella corría un poco borrachita por un parque de Barranco, yo susurraba en voz bajita, como si fuera la mosca objetiva de la pared: «Distráete, amiga. Intenta tomar distancia de tu dolor con los recursos que tengas. Y pronto, tal vez a los veintiún días, comiences a sentir que tu dolor se está transformando». Porque nada de lo que uno sufre es tan extraño. A veces solo somos presa del momento de un ciclo natural del ser humano. Solo eso.