Mentiras verdaderas

O cómo abrir paso a la nueva ola de la ficción literaria peruana

jeremias152

«Algo está ocurriendo en Colombia y en el Perú en materia de ficción», dice el escritor canario Juan José Armas Marcelo en una mesa redonda que se lleva a cabo en Puebla, México. Como en ella participamos el ensayista colombiano Carlos Granés, y también Mario Bellatín y yo [Bellatín nació en México pero tiene una relación intensa con el Perú], a mí me parece un comentario básicamente diplomático, pero me equivocaré de cabo a rabo el resto de mi visita al país del norte. Con el paso de los días me quedará claro que la percepción más o menos generalizada entre editores, público atento y periodistas especializados es que en el Perú se está gestando algo intenso, se está consolidando un grupo de narradores nacidos en la década de los setenta y el inicio de los ochenta, que, en tiempos de eminencia periodística, ha decidido apostar por la escritura de ficción; sea a través de cuentos y de novelas, y que lo hace estupendamente bien. Hace muy poco la editorial española Demipage anunció sus cuatro nuevos títulos latinoamericanos, y dos de ellos eran peruanos. El crítico literario Abelardo Oquendo señaló en una columna que por primera vez la narrativa peruana «no estaba en franca desventaja» frente a la poesía, y en el recuento del 2013 que hizo Ricardo González Vigil, y en que se refirió a mi novela, añadió que esta se inscribía en lo que llamó la «generación más brillante de la narrativa actual».

Algo particular, en efecto, ha ocurrido con los chicos nacidos durante la dictadura militar de los generales Juan Velasco y Francisco Morales Bermúdez. Todos nosotros abrimos los ojos en un entorno precario e inseguro de los ochenta, lastrado por padres asustados y con deseos de largarse del país, una economía inestable, un clima oscuro de guerra inminente y una serie de situaciones extremas –atentados con bombas, apagones, carencia de servicios básicos– perfecta para decorar las peores pesadillas infantiles. En contraparte nos ha tocado escribir y publicar –es decir, enunciar– en un escenario emergente y relativamente estable, en el que hay una mejor industria editorial y un grupo de lectores ávidos de buenas historias escritas por peruanos. Frente a la generación que empezó a publicar en los ochenta, cuando todo era un páramo, a nosotros nos tocó salir a la luz durante el llamado nuevo Perú, pero con los demonios de aquel país casi inviable de nuestros primeros años.

Los resultados empezaron a darse en la primera década del nuevo siglo. En el 2006, Santiago Roncagliolo ganó el premio Alfaguara con el thriller ABRIL ROJO. Por esas fechas, los primeros cuentos escritos en inglés por un autor nacido en el Perú –Daniel Alarcón– empezaron a aparecer en la revista The New Yorker y el libro GUERRA A LA LUZ DE LAS VELAS fue finalista del premio de la Fundación PEN/Hemingway. Cuando ambos parecían cerrar la cuota peruana en el concierto internacional, el limeño Carlos Yushimito –autor de LAS ISLAS– fue escogido por la revista Granta como uno de los veintiún mejores narradores menores de 35 años que escribían en español. Los tres han planteado modelos diferenciados de autor: el primero centrado en el storytelling puro y en la revalorización de la aventura; el segundo en la indagación de la memoria personal y de las raíces a través de una ficción política que se aproxima al periodismo, y el último en una literatura de la imaginación que intenta expandir el registro realista hacia lo onírico y simbólico. No están solos, claro. En el 2012, la novela BIOY, del peruano Diego Trelles, ganó el premio Francisco Casavella, y al año siguiente fue finalista del prestigioso premio Rómulo Gallegos. Otros escritores, como José Luis Torres Vitolas, Martín Mucha y Sergio Galarza, han conseguido otra serie de reconocimientos en España.

«¿Hay un boom de la literatura peruana?», me pregunta un periodista colombiano en México, y le digo –ya convencido– que no lo llamaría boom pero que sí siento que algo está sucediendo en mi país. Hace muy poco una redactora de El País que pasó por el Perú para hacer un informe sobre la escena cultural limeña me comentaba que en una cena de la Embajada del Perú en Madrid a ningún periodista cultural ibérico le sorprendía estar allí y hablando de nuestro país. «La cultura del Perú está en boca de todos», me dijo. Y yo no paré de escuchar frases similares en México. Pensaba en ello cuando ya de salida del aeropuerto de Guadalajara le tomé una foto a un CONTARLO TODO que aparecía en la base de una pila de publicaciones, entre un libro de Dicker y otro de Murakami. Fue grande mi sorpresa cuando, al darme la vuelta, comprobé que la cima de la torre la presidía la edición mexicana de TSUNAMI, la novela del peruano Ezio Neyra, que, al igual que Luis Hernán Castañeda, ya nació en la endeble democracia. Por supuesto que la ola no se detendrá.