María Bonita

JULIANARED

María es amiga de los cambistas de la avenida Larco. No hay un solo cajero en el supermercado que no sepa el nombre de la bebé que llega siempre en su clásico coche verde, con la cabeza cubierta de sombreritos de colores.

María se emociona cada vez que desde el sexto piso mamá llama al ascensor. Sabe que apenas se abra esa caja de metal cubierta de espejos, su tío Freddy (el portero del edificio) y Mary (la simpática señora que se encarga de la limpieza) la recibirán con una sonrisa y le preguntarán a dónde se va tan guapa.

María busca pajaritos en el cielo. Yo le he prometido que un día tendrá un árbol para ella sola; más grande que el de madera que adorna su cuarto e igual de verde que el que nos regala un poco de sombra cuando nos vamos de paseo a nuestro parque favorito.

María baila El bombón asesino, El Niágara en bicicleta, Baby… en la versión de Tongo, por supuesto. Las pulseras de plumas con las que solemos jugar las guardamos para cuando suene Fiesta, de Rafaella Carrá (Mozart y Vivaldi son para los momentos de relajo). Cuando se acuesta conmigo, prendemos la lamparita y nos echamos un rato a mirar el techo cogidas de la mano.

María dice ‘mamá’, ‘Peppa’, ‘agua’, ‘abú’, pero la palabra que más repite últimamente es ‘no’. Sospecho que mi niña será rebelde y admito que, más allá de los dolores de cabeza que tendré que soportar en un par de años, adoro la idea de pensar que será una mujer con carácter. De esas que saben lo que quieren, que no agachan la frente, que luchan por sus ideales. Mientras tanto, sin temor a equivocarme, puedo asegurar que en un par de semanas mi hija ya hablará más que yo.

María manda besos volados y lo observa todo. No dejo de sorprenderme por su enorme capacidad para reconocer, señalar y expresar todo; se mueve de un lado a otro y alza la voz cuando algo no le gusta. «Es brava, María», me dice el pediatra mientras se ríe.
María tiene una regadera de plástico y dos plantitas. Dos o tres veces por semana le enseño a echarles agua para que un día entienda que en un ejercicio tan simple se esconde la esencia de la vida.

María sabe que su mamá es periodista. Hasta hace poco tenía la sensación de que en algún momento me diría que habría preferido que tuviera otra profesión. Quizás la cara de extrañeza que ponía cuando era más pequeña y veía algunos de mis reportajes o entrevistas en YouTube me llevaron a esa conclusión. Ahora que he regresado a la tele, que entiende mucho más y me puede ver en vivo y en directo, mi mamá me cuenta que ni bien aparezco señala la pantalla y grita: «¡aitá mamá!», y espera los comerciales para buscarme detrás del televisor. Siempre aguarda a que regrese, así como yo cuento los minutos para terminar el programa y estar con ella.

María tiene los ojos más lindos que he visto en mi vida. Sí, lo digo sacando pecho y orgullosa hasta el tuétano. Son lindos por su forma, pero, sobre todo, por su fondo. Porque transmiten luz, y son el reflejo de ese corazón intacto, puro, que espero sea también fuerte y bondadoso.

María es mi hija y pronto cumplirá un año y medio: diecisiete meses desde que llegó a este mundo y veintiséis desde que estamos juntas; desde que empezó a crecer dentro de mí para luego independizarse de mi cuerpo. Ahora, aunque sin cordón umbilical, siento que incluso estamos más unidas.

María y yo nos miramos, conversamos, nos abrazamos, caminamos de la mano, lloramos y nos reímos a carcajadas.

María me ha convertido en una mejor persona. No podía ser de otra manera: solo el amor es capaz de transformarlo todo. A cambio solo puedo prometerle reinventarme cada día para ser la mamá que ella merece.

María, mi niña de ojos bonitos. Mi amor, mi vida, mi María bonita.