Luces, duendes y más

Por Juliana Oxenford


Sospecho que cuando lean esto, el escenario desde donde escribo estará invadido de luces de colores, un par de duendes con caras de pocos amigos y el inevitable arbolito verde. Así es, señores, por segundo año consecutivo me he visto obligada a ceder ante el espíritu navideño. Atrás quedaron mis épocas rebeldes, mis ganas de agarrar a golpes a cualquier espécimen que cometiera el imperdonable delito de meterse en un disfraz de Papá Noel.

Ya nada [o casi nada] queda de los otrora deseos reprimidos de prender una ‘rata blanca’ dentro del pavo horneado para que todos abandonaran la cena y huyeran despavoridos de mi casa; para que la Nochebuena, que ‒insisto‒ para mí siempre era mala, terminara rápido y empezara un nuevo día lejos de la que durante muchos años solo me parecía una puesta en escena. Una vil pantomima.

No es que de pronto haya empezado a ver poco ridículo ese impenetrable sello gringo que nos lleva a atiborrar nuestras casas de osos de nieve cuando en diciembre, al menos en esta parte del mundo, literalmente nos cagamos de calor. Tampoco es que de un momento a otro la insoportable melodía del Jingle bells me resulte exquisita. No, no se trata de eso; se trata de la familia. Esa que recién empecé a ver con otros ojos cuando me convertí en mamá; que va más allá de una empachada anual y un par de regalos en bolsas de retail, y ahora se manifiesta en cada espacio de mi hogar, el lugar donde vivimos María y yo.

Hoy la Navidad me sabe diferente. Ni a pavo ni a lechón [además soy vegetariana], pero sí a un condimento dulce y feliz.

Fue mi madre la que el año pasado, haciéndose la que no quería la cosa, comenzó a teñir de rojo y verde algunos rincones de mi casa. Primero trajo una corona andina que seguramente alguien me regaló en algún año y en algún lugar que no recuerdo, y que solo mi viejita pudo resucitar; después un par de angelitos; luego un retablo ayacuchano que, sin duda, fue lo mejor de su intromisión, pero, cuando se disponía a obligarme a convivir un mes con un pino artificial de catálogo navideño, inmediatamente me opuse. Era demasiado. O la Navidad o su hija. Está bien culantro pero no tanto. Stop.

Claro, el año pasado María, mi bebé, tenía ocho meses y yo todavía podía darme el lujo de ser una Grinch. Ahora me basta ser testigo de su enorme sonrisa cuando está frente a cualquier cosa envuelta en papel de regalo ‒o cuando caminamos por el supermercado y se queda boca abierta frente a un inmenso árbol con bolitas doradas y luces que parpadean‒ para decidirme a transformar este pequeño espacio nuestro en un mundo de colores, duendes, pinos, estrellas… todo menos un Papá Noel de juguete. Me va a costar algunos años más aprender a lidiar con la sonrisa sarcástica del viejito recién bajado de esa mototaxi voladora conducida por renos explotados que –apostaría– son más irresponsables que choferes de combi.

Mientras tanto así están las cosas: tenemos un arbolito con lazos rojos que María cree es la esposa del árbol de madera de su cuarto; una corona en la puerta principal repleta de minúsculas quenas y zampoñas de cerámica; luces blancas que dan vida a nuestro balcón, y seguimos en busca de algún pesebre con llamas, alpacas y sin reyes magos. Tenemos todo eso, y también la ilusión de llegar a casa de mi hermana este 24 para cenar en familia, reírnos un rato y, de pronto, también llorar.

Que pase lo que tenga que pasar: es Navidad y tengo una familia. No puedo pedir más.