Love and peace [of crap]

pamela_columna

Estaba en mi auto parcialmente estacionada en la luz roja de un semáforo. A mi lado, un auto en el cual estaba un señor manejando, una señora de copiloto y dos niños atrás. De pronto, y no sé de dónde, apareció un tipo indignado con mi vecino de semáforo. Le gritó a voz en cuello los insultos más ofensivos que pueden salir de una boca, como si le hubiera hecho lo peor que se le puede hacer a un ser humano, mientras vomitaba los insultos. Tiraba puñetes a la ventana del auto con una histeria indescriptible. Luego lo invitó a salir y pelear con él.

Realmente pensé que este histérico señor había estado persiguiendo durante siglos a aquel otro conductor.Pensé que lo habría estafado con el negocio más importante de su vida, o violado a su hija. Pensé de todo. Tal vez lo buscaba desde hace años y casualmente ese día, en ese semáforo y a mi lado, se habían encontrado. Pero, finalmente, cuando el vecino accede a bajar del auto a pelear, comenzaron a discutir sobre el cruce de una cuadra anterior, donde aparentemente uno había cerrado al otro de una manera desconsiderada y torpe. Tanta histeria y tanta agresión por un ridículo cruce de avenidas en el cual uno no había respetado la prioridad del otro.

A los pocos minutos, la luz –nuevamente en verde– obligó a que todos nos retiremos de ese espacio cargado de tensión. Yo no pude avanzar mucho por lo impactada que quedé. Estacioné el auto un rato y me puse a respirar profundamente y meditar. Me impactó cuánto la mala energía de los histéricos conductores me había afectado. Pensé cómo se sentirían los niños que estaban en la parte trasera del auto y en cómo les habría afectado el incidente a ellos.

¿Qué le pasaría a ese histérico señor? ¿Realmente un torpe cruce de automóviles era motivo suficiente para descargar tanta ira? Sin duda el señor estaba descargando a través de ese incidente otras tensiones de su vida. Pero aún más impactante fue la respuesta de un amigo cuando le conté sobre el incidente. «Eso es absolutamente normal en las calles de nuestra ciudad. Aprende a que no te afecte y ya», me dijo, incluso con algo de molestia por mi indignación. En ese momento surgió una pregunta en mi cabeza: ¿debemos conformarnos con los estándares de nuestra ‘normalidad’?

Siempre que pasan cosas feas no dudo un segundo que llegan a nuestra experiencia para enseñarnos algo. Ese señor, ese día, me hizo cuestionar cómo a veces todas las cosas que vivimos se van acumulando en nuestro interior hasta hacer una melcocha desordenada de cargas que de pronto proyectamos en lo primero que se nos cruza por el camino. Cada quien elige a su víctima. A veces son las personas cercanas quienes pagan, esas que más queremos. Otras son las personas que nos cruzamos al azar en el día a día.

Mi reflexión llegaba a términos basados en la comprensión y me hicieron sentir tranquila. Pero aquella reacción de mi amigo en relación con mis reflexiones fue inesperada. Me contestó, entre carcajadas, que le parecía medio ridícula por analizar las cosas desde el ángulo que las estaba observando cuando era «lo más normal del mundo» lo ocurrido en Lima. ¿Deben entonces los estándares de la «normalidad» hacernos conformar con cosas que están mal? ¿Debemos conformarnos con la violencia porque las cosas son así, porque las calles de Lima son un caos, porque las agresiones de ese tipo están socialmente permitidas?

¿Cuántas concesiones hacemos en nuestras vidas porque «eso es lo normal»? Así es que se permiten que nos fumen tabaco encima a quienes cuidamos de nuestra salud. Así entramos en relaciones tóxicas porque «todos los hombres son así» o porque «mujer que no jode es hombre». Así transitamos por la vida como zombis adormecidos de tanto intentar digerir las cosas que nos hacen sentir mal.

Así que concluyo estas líneas reafirmándome que jamás entenderé la violencia como normal, y que creo que nuestra propia basura es algo con lo que tenemos que aprender a lidiar. Es bueno tomar conciencia cuando se la estamos haciendo comer a los demás.