Los terrícolas y los lunáticos

Las dos mejores obras dramáticas escritas por autores peruanos el año pasado fueron las que realizaron en solitario Mariana de Althaus y, de manera colectiva, un grupo de creativos comandados por Jorge Castro. Criadero, dirigida por De Althaus en el Centro Cultural de la PUCP, y Astronautas, montada por Castro en el nuevo auditorio del Museo de Arte de Lima constituyeron dos aproximaciones originales y diferenciadas (masculina y femenina) ­al asunto difícil del crecimiento y la pugna entre los deseos personales y las obligaciones de la madurez. El hecho de que sus directores hayan ganado recientemente el concurso del Británico Ponemos tu Obra en Escena, y de que ambas historias sean protagonizadas por dos grupos claramente diferenciados y hasta opuestos –tres mujeres exorcizando la maternidad, en un caso, y tres hombres yéndose al espacio exterior, en el otro–, ya debería ser suficiente motivo para acudir al flamante reestreno de ambas en las salas en que se mostraron en 2011 (Astronautas lo hizo en enero y está entrando a su semana final; Criadero se reestrena ahora, en febrero). Verlas juntas resulta muy estimulante. Para empezar porque, desde sus tramas, parecen revelar una realidad de veras espeluznante: que mientras las mujeres habitan conscientemente en la tierra, los hombres vivimos literalmente en la luna.

Las dicotomías están a la orden del día. Las tres mujeres que protagonizan Criadero parecen ser las mismas actrices que exponen sus biografías reales ante el público y repasan delante de él sus experiencias más íntimas, como hijas y madres, en el ámbito doméstico y en el orden de la filiación, usando sus nombres propios (Ale, Lita y Sandra). Por el otro lado, los tres personajes de Astronautas no podrán usar sus supuestos nombres personales, ni siquiera en la ficción, solo los ridículos apelativos de Ayar Cachi, Ayar Uchu y Ayar Manco que les ha endilgado el alto mando del gobierno militar del general Velasco Alvarado para completar la misión, casi suicida, de llegar a la luna antes que nadie. El asunto onomástico es central. A diferencia de las chicas de De Althaus, traspasadas por los asuntos serios de la maternidad y de la dificultad de las relaciones con sus padres y que luchan por resolver sus asuntos personales de un modo frontal y a ratos desgarrador, los astronautas de Castro deciden eludir o escapar de cualquier introspección y sacrificar a sus propias familias y a sus posibles roles de padres e hijos en aras de un objetivo social y supuestamente histórico: la conquista del espacio exterior por el hombre peruano.

Uno ve ambas obras y se pregunta si entre nuestros géneros hay diferencias así de radicales. ¿Por qué una parte de las mujeres parece definir su adultez en los retos del universo afectivo, de los lazos humanos, de la complejidad de los vínculos y la formación del hogar, y una tendencia de los hombres parece jugársela en los retos desesperados de la exterioridad, el logro épico, la consecución obsesiva del estatus? ¿Hay algo en la capacidad reproductiva que emplaza a las mujeres a mirarse dentro de las entrañas y a los hombres a intentar el logro fuera de sí mismos? ¿Tiene eso una correlación con el hecho probado de que con el paso del tiempo los hombres se inclinan a leer biografías heroicas de personajes históricos y las mujeres se entregan al universo más relativo e impreciso de las ficciones?

Hace un tiempo, una amiga me decía que en miles de años los hombres no habíamos aprendido nada. Seguimos buscando mamuts grandes para asegurarnos el respeto de nuestros pares y de nuestras parejas, cuando ellas solo quieren que en lugar de cazar permanezcamos en la cueva, juntos. Sin duda, tiene razón, aunque con los años las mujeres también cazan mamuts y los hombres empezamos a vernos las entrañas en búsqueda de ese útero que no tenemos. Lo impresionante de Criadero y Astronautas es que, con sus diferencias, hombres y mujeres parecemos sucumbir por igual a esas tareas desesperadas que nos impone la especie y que debemos cumplir cabalmente para enfrentarnos de la mejor manera al paso del tiempo y escapar al sinsentido de nuestras vidas. Si, como dice Lita, el síndrome de la mujer maravilla –el reto demandante de ser buena esposa, madre y a la vez una profesional ejemplar y una mujer bella– parece sobrepasar a las mujeres, la misión utópica y estelar parece lanzar a los varones al destino de su propia extinción y la de sus hogares. Al final, hombres y mujeres somos presas de una misma incertidumbre y de un mismo miedo ante la falta de respuestas. Quizá esa sea la lección central de estas dos obras que evidencian un giro espléndido en el nuevo teatro nacional.