Los seres imaginarios

O el último mecanismo para sobrevivir el naufragio de la soledad

Jeremías Gamboa

1. Hay algo completamente perturbador en el tramo final de Life of Pi, la espléndida película de Ang Lee que ha sido traducida en nuestra cartelera como Una aventura extraordinaria y que cuenta las peripecias de un muchacho indio y vegetariano que sobrevive a un naufragio demencial al lado de varios animales salvajes, en una suerte de arca de Noé mínima y sobrenatural. Varado muchos días en una situación extrema que desdibuja el contorno entre la lucidez y la locura, Pi debe convivir con un grupo impensable de criaturas de un zoológico –una chimpancé, una cebra, una hiena y un tigre–, a la vez que emprende esfuerzos desesperados por sobrevivir. En medio de esa situación, que parte como una parábola, asistimos a la irrupción violenta de las pulsiones de las bestias, la lucha entre ellas por la prevalencia y la soberanía de depredación desde los ojos de Pi, que observa todo desde fuera de la barca, apertrechado en un dispositivo que le permite estar apartado del escenario en que se impone lo animal –o al menos creer que lo está– y en el que permanecerá solo cuando en la embarcación quede un [a ratos] inverosímil tigre de bengala, llamado Richard Parker. En la manera en que el ser humano logra permanecer con vida bajo la amenaza de la bestia hambrienta es que radica parte del atractivo narrativo de la película.

2. Sin el nivel de ambigüedad de Una aventura extraordinaria, a mí el final de la película me hizo pensar en El náufrago, la cinta que rodó Steven Spielberg en 2000. En ella, recordarán ustedes, Tom Hanks naufraga en el océano y por un milagro recala en una isla desierta en la que quedará condenado a vivir el resto de sus días en la más absoluta soledad. En cierto momento, al descubrir que las condiciones de su reclusión en la isla ponen en riesgo su propia condición humana, el náufrago convierte a una pelota de vóleibol de marca Wilson en Wilson, un personaje de características humanas tan excéntrico como Richard Parker y que es proyección de su imaginación; gracias a ella el hombre puede ejercer el lenguaje en voz alta y compartir los referentes de su civilización, ahora lejana. Cuando en una de las escenas centrales del filme, y sin duda la más intensa, el náufrago se separa en el mar de su gran compañero mental de aventuras, uno siente una conmoción emocional más fuerte y sincera que la que experimenta al presenciar cómo pierde a su familia en tierra firme.

3. El riesgo máximo y la soledad extrema parecen generar siempre la misma respuesta. En el maravilloso reportaje de Gabriel García Márquez, Historia de un náufrago, una especie de novela de no ficción basada en la historia de Luis Alejandro Velasco, que estuvo varado en el mar cerca de diez días hasta que fue encontrado en las costas de Colombia, uno de los pasajes más perturbadores es la aparición de un personaje que acompaña al marinero en sus horas más inciertas y desesperadas. En el capítulo Yo tuve un compañero a bordo de la balsa, Velasco cuenta cómo entre sueños, del otro lado de su embarcación, vio nítidamente a su amigo Jaime Manjarrés, quien le señalaba las costas y le hacía preguntas clave: ¿Por qué no se aprovisionó de agua? ¿Por qué no comió lo suficiente en el bote antes de la catástrofe?. «Sé que estaba completamente despierto», cuenta Velasco, a través de García Márquez, «completamente lúcido, y que oía el silbido del viento y el ruido del mar sobre mi cabeza. Sentía hambre y sed. Y no me cabía la menor duda de que Jaime Manjarrés viajaba conmigo en la balsa». Era todo un espejismo. Cuando aclaró, el amigo había desaparecido.

4. Los seres imaginarios acuden a nuestro rescate cuando más los necesitamos –no necesariamente en medio de una isla perdida o extraviados en la inmensidad del océano–. Las reclusas del penal de Chorrillos, confinadas a días de reclusión y falta de actividad sexual, señalan haber sido visitadas y poseídas por un personaje llamado Mandingo en Día de visita, el revelador libro de Marco Avilés. Hay en ellas un deseo de restitución de la condición femenina, tanto como de sentido de humanidad en la fila de náufragos que de pronto necesitan esas creaciones de la imaginación para reponer algo que les ha sido mutilado. Si hay algo inédito en Una aventura extraordinaria [y aquí quienes no han visto la película deberían parar de leer esta columna] es que esta vez el amigo imaginario encarna la animalidad de la persona en aprietos, su lado más violento y salvaje, indispensable para sobrevivir solo en una balsa la prueba bíblica de pasar más de doscientos días en el mar. El tigre es la creación psíquica que más bien lo ayuda a sentir que no es él quien asesina o se vuelve caníbal, sino el otro, el tigre de su imaginación. Se trata, aunque no parezca, del mismo principio común. Incluso aquí el ser imaginario viene en rescate de un sentido de humanidad que se mantiene intacto tras la impresionante odisea de sangre y bestialidad. Por ello, Piscine, ahora esposo y padre, es capaz de contarnos de manera maravillosa una historia tan bestial, con el corazón y la mente limpios.