Los nuevos sinceros

O una forma de decir que los cínicos no sirven para ningún oficio

La sinceridad, y no la ironía, es el ethos de nuestra era». Con este título, el periodista norteamericano Jonathan Fitzgerald encabezó un texto publicado en The Atlantic que discute enérgicamente la idea extendida de que, tras el arribo de la posmodernidad, la actitud que reina en el mundo contemporáneo es la ironía. Para él, el movimiento cultural que emergió en los años ochenta como respuesta a la auto referencialidad y al cinismo del nuevo mundo sin ideologías –y que muchos han dado en llamar Nueva Sinceridad [New Sincerity]– no solo está bastante lejos de declinar, sino que parece recobrar una fuerza que jamás tuvo antes. Por una columna bastante ilustrativa de la periodista Patricia Velásquez me entero de los alcances cada vez más amplios de esa segunda implosión: músicos extraordinarios como The Arcade Fire, Elliot Smith o Sufjan Stevens, y cineastas de la talla de Sofía Coppola, Gus Van Sant y Lars von Trier parecen alinearse en el acercamiento al mundo desde la fe y la ingenuidad, desde una sensibilidad a flor de piel que enfrenta la experiencia de la vida de un modo frontal y sin subterfugios, y que casi siempre obtiene resultados entrañables. Fitzgerald señala que en el ámbito de la literatura resulta imposible no considerar dentro de ese aire común a novelistas como Jonathan Franzen o Michael Chabon, o incluso al genial David Foster Wallace, cuyo enorme espíritu experimental no desdice un oficio cargado de inmensos dilemas morales y de una inquebrantable esperanza en la verdad y en el poder de conmover a los demás.

Leer la columna de Velásquez solo me hizo refrendar algo que intuí desde un tiempo atrás, pero que no podía articular del todo. Cuando era muy joven y empezaba a leer, andaba fascinado por la gente que de primera parecía más loca, profunda y dotada que yo, y como mi experiencia no me permitía reconocer las diferentes formas de la inteligencia, andaba obnubilado por la frase irónica y la boutade, el juicio cachoso o condescendiente de algunas personas de enorme talento y espíritu vacío que siempre se burlaban de los intentos ingenuos de los otros. Creer era de tontos o de lornas, y más bien ser escéptico, vivir desengañado de la raza humana, mostrarse ácido y pesimista era una forma prestigiada de la inteligencia o un modo de agudeza. Desde la máscara de la ironía o del cinismo –que es, ahora lo sé, una coraza contra el dolor– muchos de ellos se refugiaron en la trinchera de la mezquindad y no corrieron riesgos. Frecuentarlos me desalentaba, y también –lo sé tiempo después– me oscureció. No sé en qué momento aquella manera de valorar el talento se modificó, o se llenó de luz. De pronto empecé a tener la capacidad para reconocer a la gente que se exponía al juicio de los demás con sus zonas vulnerables y su miedo y también con toda su inocencia. Aquel era otro tipo de inteligencia, y otra manera de canalizar la energía hacia el mundo. «Lo verdadero es ser gente linda y cantar», escribe Caetano Veloso en su tema Two Naira Fifty Cobo, uno de sus más bellos manifiestos por la sinceridad y la transparencia. «Lo verdadero es hacer música».

Hace poco tiempo leí algo que me llamó muchísimo la atención. En un precioso ensayo de su libro Escribir desde la oscuridad, el novelista israelí David Grossman aboga por la necesidad de obtener lo que él llama la «ingenuidad adquirida». Se trata, dice él, «de tomar la decisión firme y consciente de ser un poco ingenuo precisamente en una situación casi descompuesta debido a la sobriedad y el cinismo que desde hace años nos están conduciendo a la ruina». Saber que aquel pasaje había sido escrito en un escenario de guerra permanente y de miedo me pareció sobrecogedor. Lo apunté como una manera de recordarme siempre que –pese a quienes se esfuerzan por hacernos creer lo contrario– ser ingenuo, o hipersensible, no es un estado que se recibe pasivamente y que estigmatiza, sino una labor de búsqueda y de construcción, un manera de ser absolutamente deseable que se encuentra con bastante esfuerzo. «Cuídese de la ironía», le escribe Rilke a su interlocutor en su Cartas a un joven poeta y nunca tuvo tanta razón. Qué espléndido saber ahora que sigue vigente esa manera de experimentar o de vivir este mundo agotado de sí mismo y a ratos estéril. Tener la certeza, o al menos la esperanza, de que con el suficiente criterio y la disposición justa, se puede aspirar a ese estado de verdad que permite asumir las dificultades y los temores de estar vivos, de encontrarnos y de expresarnos sin miedo al escarnio o a la ironía de los otros. Sinceramente.