Lo que te conté en el avión II

¿Cuán feliz puede ser un matrimonio de tres?

Ron se sentó a mi lado y me saludó con una sonrisa de oreja a oreja. Su rostro tenía mucha luz y se concentraba, sobre todo, en sus ojos que brillaban como dos estrellas. Yo estaba sumergida en un libro y salí a la superficie solo para corresponder a ese agradable gesto con otra sonrisa gigante. Si bien se le veía un hombre mayor, como de unos 65 años, la energía que despedía era la de un joven. Sus rasgos eran caucásicos y estaba vestido con una especie de túnica morada, bermudas de jean roto y unas sandalias muy hippies de cuero marrón gastado.

La conversación se inició de a pocos. Primero me preguntó qué estaba leyendo y le contesté. Luego le pregunté qué leía él y me sacó un libro que, aunque no recuerdo bien el nombre, trataba de psicología espiritual. «Estoy terminando una maestría en esto. Es muy interesante y ha nutrido mucho mi vida», me dijo con mucha paz en su semblante.

Luego de hablar sobre su nueva maestría por un buen rato, y de robarle un poco de consulta, proseguí –como suelo hacer cuando conozco a alguien– averiguando sobre su vida personal. Le pregunté si tenía hijos y me dijo que sí, que tenía dos hijas mellizas de treinta años que vivían en Oregon manejando un negocio familiar. Hijas que pertenecían a su «primera administración», como él llama a su primer matrimonio. Me dijo también que tenía un hijo pequeño de dos años y sacó muy orgulloso, de su bolso de tejidos exóticos, un iPhone para enseñarme las fotos de su bebé.

Algo me llamó la atención. En todas las fotos salía con dos mujeres que parecían de la misma edad. Él solo me hablaba del niño y de cómo estaba disfrutando de su paternidad después de los sesenta años, además de otras cosas hermosas que gozaba con pasión. La curiosidad, sin embargo, me mató al rato, pues no decía nada de las dos mujeres. Hasta que no pude contenerme y le pregunté cuál de las dos mujeres era la madre del niño. Me dijo, con su sonrisa gigante, que ambas eran las madres.

Tengo que admitirlo. Haber nacido en una Lima tan convencional y a veces exageradamente inquisidora me ha hecho particularmente sensible a todo lo que escapa de la norma limeña. Tengo pasión por las cosas que rompen las convenciones aprendidas en mi infancia, por la gente que encuentra maneras de vivir opuestas a todo lo que en mis años de formación me enseñaron como correctas. Así que le dije, sin poder resistirme, que quería saber cómo su hijo podía tener dos madres. Si quería contarme, claro.

Ron se sentó un poco más cómodo, guardó el iPhone y bebió un sorbo de un jugo de algas marinas antes de comenzar: «Yo estaba casado solo con Cindy, antes de casarnos también con Miranda. Resulta que Miranda, antes de casarme con Cindy, fue una amiga amante con quien tuve una intensa conexión espiritual, pero una efímera relación física. Al casarme con Cindy, un día invitamos a Miranda y a otros amigos a la casa a una ceremonia del solsticio de verano y fue allí donde Cindy y Miranda tuvieron una conexión intensa entre ellas. Yo soy una persona que cree en el amor y en las conexiones humanas sin una forma muy convencional, es más, creo en todas sus posibilidades, así que observé con amor elevado todo lo que ocurría entre ellas. Durante muchas semanas ellas se vieron a solas, y supe por Cindy que también se comenzaron a amar de la manera como nos amamos quienes queremos entrelazar nuestras vidas para hacerla una. Y un día que nos sentamos los tres en casa a conversar, decidimos hacer la vida los tres juntos y constituir un hogar hermoso. Así decidimos tener a nuestro primer hijo, que salió solo físicamente del vientre de Cindy, porque lo creamos los tres en nuestro espíritu. Pronto tendremos un nuevo hijo y esta vez vendrá a la vida terrenal a través del vientre de Miranda».

Interrumpí su relato, que encontraba fascinante y le pregunté: ¿Cómo funciona una relación de tres? ¿Acaso no es difícil distribuir el afecto de manera equitativa, Ron?

«No somos tres, niña de hermoso espíritu», me respondió Ron, con una sonrisa gigante. «En realidad, somos uno».