Lo que te conté en el avión 3

Confesiones de una cougar feliz

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Lo admito: soy fan de las mujeres que tienen relaciones con chicos más jóvenes que ellas. Me encantan las parejas en que la diferencia de edad es muy grande, en principio porque me he sentido acompañada y reconfortada con esas historias que encuentro similares a la mía. Raúl, el padre de mi hija, tiene veinte años más que yo y durante un tiempo sufrí la bulla que hicieron en mi corazón los prejuicios en torno a nuestra diferencia de edades. «Pamela, cuando tú tengas sesenta, él va a tener ochenta. Tú serás joven aún y él viejo». A lo que yo contestaba siempre, sin perder la sonrisa: «¡Es perfecto! Así meto a mis padres y a mi marido en un asilo donde seguro me darán oferta de 3 x 1».

Sin embargo pienso que los prejuicios que nos atacaron fueron leves en comparación con los que sufren las parejas en que la mujer es la mayor. No imagino todo lo que deben escuchar. Si con solo oír a un grupo de marujas chismosas en un café el otro día, me quedé perpleja: «Fulanita anda con un chico de 30 y ella tiene 42. ¡Qué horror! Cuando ella tenga 60, él seguro se va a casar con la hija de fulanita». Todas se reían como hienas.

Hace poco, durante un vuelo, conocí a Selena, una mujer muy guapa de 55 años, quien viajaba a Venezuela para encontrarse con su novio de 29. Me contó que llevaba un año con él y que ya estaban por mudarse juntos. Me dijo que era su tercera relación de convivencia y que, aunque siempre le habían gustado los hombres menores que ella, esta última relación la consagraba –y lo decía feliz y orgullosa– como una cougar. Selena, por supuesto, se reía a carcajadas.

Su franqueza hizo que quisiera saber más, así que le pregunté cómo había comenzado su relación. «Mi historia es muy loca –me contó–. Resulta que conocí a mi novio cuando él andaba saliendo con mi hija, quien tenía 23 en ese entonces. Cuando terminaron, seguí en contacto con él por el whatsapp. Al comienzo nos escribíamos de vez en cuando, pero con el pasar de las semanas hablábamos más y más tiempo hasta que un día decidimos encontrarnos para tomar algo. Luego una cosa llevó a la otra y comenzamos la relación, primero, a escondidas de mi hija. Unos meses después hablamos con ella, y ahora las cosas están tan bien asimiladas que ella se va a mudar con nosotros. Está feliz por mí y por él. Y a nosotros nos va increíble».

No sé qué opinión tendrían las señoras cotorras de aquel café, al oír esta historia, que contradice sus leyes. Aquí el hombre no dejó a la mujer mayor por la menor, sino al revés. Él se enamoró perdidamente de la madre de su ex novia y hoy forman un hogar. Tal vez las señoras que crecieron con una Biblia en una mano y el catecismo en la otra piensen que la vida se rige en torno a mandamientos. Pero no hay nada más falso. Si las reglas fueran realmente tan claras y efectivas, no habría lugar para la culpa ni para el perdón, ni para la cantidad de confesionarios que adornan las iglesias. El ser humano solo puede tener la certeza de que cada uno es un universo cuya armonía se rige con las leyes propias de cada ser. Para el amor no hay reglas, aun cuando las costumbres retrógradas del machismo, que todavía corroen la sociedad, digan lo contrario.

Selena, mujer de fuego, tenía una regla que me compartió al bajar del avión: «Discúlpame, Pamela, no te di ni tiempo para que hablaras de ti, pero te voy a dar un consejo: procura casarte tres veces, como yo. Que el primer esposo sea tu laboratorio; permítete cometer todos los errores posibles, haz un buen research. Con el segundo procrea. Procura que lo percibas como un buen potencial ex marido desde que lo conozcas. Y con el tercero diviértete, que es lo que a mis 55 años hago yo».