Lo que pasó, pasó

Sobre la peligrosa costumbre de mirar el pasado en una relación de pareja

Hace unos días estaba sentada en una mesa con un grupo de amigas, y una de ellas estaba al borde del colapso porque su relación de pareja estaba sufriendo un deterioro inmenso desde hace mucho. Todas las que estábamos allí nos limitamos a escuchar su atormentado monólogo hasta que, al terminar de pronunciar la última palabra atropellada por el llanto, nuestra mesa fue invadida por un silencio sepulcral.

Pasamos varios minutos así, escuchando su respiración entrecortada por el llanto, hasta que nuestra amiga Carolina, con mucha cautela y casi susurrando, dijo que quería ayudarla: le preguntó qué era lo que ella y su pareja habían hecho en los últimos años para que la relación cambiara tanto.

«Es interesante pensar en eso –continuó Carolina–. Meditar en todo lo que ha cambiado en estos diez años y remóntate al pasado para encontrar el punto de quiebre. Yo creo que antes eras más apasionada y más alocada. Seguro a tu marido le gustaba más esa otra tú y tal vez puedas encontrar la forma de alocarte un poco, despeinarte más y volver a hacer esas cosas que hacías antes. Como cuando me contabas que te gustaba hacer el amor parada en los baños de hombres de los bares de Barranco, por ejemplo».

Pobre Carolina. Solo estaba intentando ayudar a nuestra amiga a atar cabos en el pasado de la relación, pero no se dio cuenta de que su consejo había conseguido hundirla unos cuantos metros más bajo tierra depresiva.

«¿Y como voy a volver a ser la de antes si ahora soy la de hoy?», le contestó llorando nuestra triste amiga. Y nuevamente, todas nos quedamos calladas para escuchar su llanto que solo empeoraba, cuando de pronto nuestra amiga Fátima se pronunció:

«Carolina, creo que a pesar de tus buenas intenciones, tuviste una idea bastante patética. ¿Remontarse al pasado? ¿Qué puede aportar analizar el pasado para delinear nuestros futuros? Yo creo que las relaciones son orgánicas, y orgánicas son hasta las piedras más duras, que bien que se les ve en el río perdiendo la punta y volviéndose redondas como nosotras. No tiene sentido lo que dices porque nadie es quien era hace diez años. Su marido tampoco era el viejo que es ahora, cuyo orgasmo existencial se reduce a los sábados viendo los partidos de fútbol español. ¡Por favor! Ese es el problema que tenemos los latinoamericanos, no solo en nuestras relaciones, sino también en la historia, en la política: solo prestamos atención especial a lo que nos pasó y no a lo que queremos ser. ¿Oíste hablar alguna vez de la palabra ‘Prospectiva’, Carolina? ¿No te parece más interesante preguntarle a nuestra amiga qué es lo que quiere ser, decirle que esta noche se recueste en la cama y le pregunte a su marido qué coño quieren ser de ahora en adelante? Y por otro lado, ya si vamos a caer solo por unos segundos en tu patético concepto: ¿es justo hablar únicamente de sus cambios? ¿No es acaso una relación de dos? Lo siento, Carolina, pero lo que dices huele también a machismo».

Si bien lo que dijo Fátima no la hará ganar un galardón de Filosofía, esa noche hizo reaccionar a nuestra amiga que con sus ojos rojitos y su voz quebrada admitió que solo había estado empeñada en arreglar el pasado para crear el futuro y que ahora se daba cuenta que eso no podía ser así.

«Tal vez, amiga, lo que quieren ahora estas nuevas personas que son tu marido y tú, es otra cosa. Tranquila. Antes el matrimonio era vivir juntos para toda la vida, ahora se trata de dedicar toda la vida a encontrar el matrimonio. Y no te rindas, que no se trata de un golpe de suerte improbable como de quien gana la lotería en Navidad. Tal vez sea una búsqueda que se perfeccionará de relación en relación», dijo Fátima, con ese tono irónico que nos arrancó la risa e incluso hizo sonreír a nuestra amiga. «Y no lo digo yo –concluyó Fátima–, lo dice Dadee Yankee: Lo que pasó, pasó».