Lima de vuelta

Escribe: Gonzalo Coloma

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A mediados de setiembre terminé mi gira de verano. Luego de cuatro meses de dar vueltas por el mundo, lo único que quería era llegar a casa, a Montreal, para reinstalarme, descansar y tener algunos días libres antes de retomar un proyecto: crear un nuevo show.

Pero a veces uno hace cosas locas. Ni bien llegué a Montreal, fui a casa, cambié de maletas, descansé un poco y me fui de vuelta al aeropuerto. Próximo destino: Lima, Perú. Las ganas de estar con la familia y los amigos de la infancia pudieron más.

Aterricé de madrugada y me escondí en la sala de la casa de mis padres hasta las 6:30 a.m., en que fui a despertar a mi hermana. Llegar de sorpresa fue excelente. Al día siguiente, ella se casaba y no tenía idea de que yo estaría ahí. «¿Qué haces acá?», me preguntó medio dormida, con la falta de sorpresa propia de los que aún no se sacuden del sueño.

Ese mismo día era el cumpleaños de mi mamá. La familia vino a almorzar a la casa, y ni bien comenzaron las fotos de rigor, Facebook hizo su trabajo y corrió la noticia: Locoma está en Lima. Entonces empezaron las llamadas… y también el vacilón.

Ir a Lima para mí es eso: un vacilón, porque llego como turista. Hace doce años me fui abrumado por todo. Necesitaba más libertad, estar lejos de los ojos y de la crítica de la gente; irme de ese lugar donde todos teníamos que vestirnos igual, ir a la universidad y volvernos profesionales exitosos. Necesitaba poder desarrollarme como me daba la gana.

Hoy cada vez que regreso a Lima lo hago como turista, pero en realidad es un lugar al que aún llamo ‘casa’. Es muy difícil describir lo que siento por la ciudad. Digamos que ahora la conozco y la vivo de una manera diferente, y eso hace que la disfrute más.

Me dicen que la seguridad en Lima está horrible, pero cuando estoy allá me siento mucho más seguro que antes: ahora no me da miedo caminar por las calles. Es cierto que el tráfico está muchísimo peor [¡en eso sí estamos todos de acuerdo!], pero, por suerte, como turista no tengo que moverme mucho: camino a los lugares que necesito ir o me movilizo en horas tranquilas, así que el taxi avanza sin problemas y nunca encuentro lleno el Metropolitano.

Como turista conozco los nuevos restaurantes, los nuevos bares, los nuevos cocteles de moda, las nuevas cervezas artesanales… puedo preguntar al chofer del taxi cómo ve Lima, qué tal le está yendo, cómo lo está tratando la vida. Como turista no tengo miedo de lavar mis platos, y hasta cocino alguna vez para mi familia.

Pero si hay algo que no cambia cuando estoy en Lima, es la relación con mis amigos. Es increíble cómo pueden pasar años sin que nos veamos y el primer «¡habla!, ¿cómo estás?» nos devuelve al trato cotidiano que siempre hemos tenido. Escucho chismes, hablamos de política y economía, jugamos fútbol y, sobre todo, reímos mucho. Con mis amigos vivo Lima como limeño.