Las sombras de la ciudad luz

Por Pamela Rodríguez

Pamela
Eran apenas las once de la noche en una callecita del barrio Le Marais de París cuando caminábamos con mi amiga venezolana Adriana y mi amigo del barrio, Henry. Les iba contando una historia; ya no sé cuál de todas las que les conté y nos contamos durante esa semana en la que fuimos cómplices de todo tipo de aventuras parisinas, pero no era nada del otro mundo, solo una anécdota sencilla.

Sé que no soy una persona de decibeles bajos al hablar, más bien mis amigos cercanos me conocen por ser todo lo contrario: un ser al que le gustan los matices de volumen, las carcajadas, los gritos y aullidos, pero esa noche andaba de lo más normalita, sin matices particularmente exagerados. Hasta que, de pronto, como si estuvieran todos coordinados para crear un set de película, salieron cinco vecinos –todos en batas y pijamas horribles, y todos bastante viejitos– a hacer el mismo gesto enfadado y el mismo ruido tajante al unísono: «¡¡¡shhhhhhh!!!».

Yo no entendí nada; tampoco Henry ni Adriana. Los miramos con caras de absoluta confusión, y acto seguido, como si fuéramos niños malcriados de primero de media, nos ahogamos en una carcajada que al intentar retenerla para no poner más histéricos a los vecinos, solo logramos hacer ruidos aún más extraños. Sonábamos como una granja de chanchos al mediodía, por eso decidimos salir volando de esa callecita antes de ser deportados del país por haber cometido el delito de caminar conversando por una calle a las once de la noche de un martes.

Estábamos camino a La Candelaria, un bar que anda muy de moda en ese barrio, para encontrarnos con Juan, el dueño del apartamento que habíamos alquilado esa semana. Juan lleva doce años viviendo en París, donde trabaja como creativo para una marca de perfumes eróticos y tiene una agencia de publicidad contemporánea, que hace cosas muy interesantes para todo tipo de marcas, pero lo que más tiene es un sentido del humor incisivo, corrosivo, negro, que nos provocó carcajadas interminables durante todo el viaje.

Cuando llegamos, los tres fuimos directamente a preguntarle si lo que había ocurrido en esa calle era normal. Nos contestó con su acento valenciano y su voz gruesa: «¡¡Pero si la noche en esta ciudad es una putada!! ¡¡Menudo coñazo haber venido de viaje de amigos a esta ciudad muerta!!». Y enseguida citó a un escritor que no recuerdo y al que me permito parafrasear: «París es la ciudad de la luz a la que se le quemaron los focos».

No es que nuestro plan fuera ir de fiesta todas las noches. Los tres amigos estábamos más interesados en búsquedas de creatividad y arte [a favor de París hay que decir que los encontramos a raudales], pero debo admitir que tuve un choque cultural muy fuerte al sentirme censurada a partir de una determinada hora. No me gustó nadita sentirme reprimida, porque la cosa ya era exagerada: el episodio de la callecita en Le Marais se repitió unas cuantas veces más en los diferentes barrios que exploramos [al parecer esas actitudes represoras están abaladas por la ley].

Anoche, ya en el avión, pensaba en las caras de todos los vecinos que nos callaron la boca. Los imaginaba viviendo en Barranco, donde resido. ¿Qué harían? Después de un fin de semana seguro habría un suicidio colectivo de parisinos. ¿Qué harían si vivieran en Caracas, donde estuve siete años, una ciudad en la que toda hora era oportuna para unas carcajadas y una rumbita?

Tenía tiempo sin sentirlo, pero amo ser latina, amo mi sangre caliente, amo que solo por cultura mi corazón lata más fuerte, que nuestra herencia sea la de sentir pasiones, que nos sintamos con el derecho de gritar cuando y donde nos dé la gana, que bailar sea una función biológica como cualquier otra… Para ser justa con la Ciudad de la Luz, queda pendiente una columna con todos los estímulos maravillosos y vivencias que nos regaló, pero por ahora, ya en Lima, caminaré con mis amigos a las once de la noche por mi malecón, y dejaré que una carcajada me recuerde que aunque seamos más caóticos, también somos más libres, y eso, para mí, no tiene precio.