Las otras campanas

Por Pamela Rodríguez

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Cuando el año va llegando a su fin, no solo suenan las campanas navideñas de los villancicos. Otras suenan de manera más potente, como el timbre del recreo en el colegio, para anunciarnos el final de este 2014. Inevitablemente estas campanas son también las del balance existencial, cuando cotejamos las cosas buenas y malas que sucedieron a lo largo del año, y las de las radiografías de lo que hicimos y dejamos de hacer. Son campanas de juicio.

Con lo que escribo no pretendo angustiar a nadie; sería de muy mal gusto venir con este discurso el mismo 31 de diciembre, pero aún nos quedan algunos días para esculpir los resultados finales y transformar todo lo que queramos. Hace poco leí un libro de Joan Didion, El año del pensamiento mágico, y en la contratapa me topé con una frase que me quitó la respiración por varios segundos: «La vida cambia rápido, la vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conoces se acaba».

La existencia es así de incierta: de un momento a otro una vida llega y otra se va; un amor termina y otro comienza; nace una mariposa luego de un largo proceso y muere un pájaro de modo repentino; una ilusión te decepciona y otra surge de donde creías que no había nada. La vida cambia en instantes; cambia cuando le da la gana, y también puede cambiar cuando te da la gana a ti.

Entonces te pregunto: ¿hay algo que quieras cambiar; algo que esté pesando de más? ¿Acaso los miedos te tienen atado de los pies?… Aún te quedan unos días para liberarte; dejar ir todo aquello que pesa; mandar a la mierda a quien tengas que hacerlo; enviar esa carta de amor; pedir perdón, y decir a tu pareja que no te quiere como lo mereces.

En la vida hay momentos en los que el temor de desprenderse de algo se reduce frente a las ganas de querer ser libre. No temas. Lo peor que puede pasar es que –como dice Didion– la vida que conoces acabe. De allí la oportunidad de recrearte y sacar de adentro a tu guerrero.

Cuando un año comienza, tiene la particularidad de ilusionarnos con su olor a nuevo, como los juguetes que los niños abren en Navidad. Pero no hace falta esperar a la última noche del año para dar espacio a las viejas supersticiones, al calzón amarillo, a las vueltas a la manzana y a los deseos que proyectamos en cada una de las doce uvas que comemos el 31. Tenemos todo este mes para actuar, comenzar lo que pospusimos y liberarnos de lo que nos molesta. Aún nos quedan varios días para ser quienes queremos ser.

Nada es más delicioso que tomar las riendas de tu propia vida. No tengas miedo. Ya verás el alivio que sentirás.