Las columnas de mi vida

O cómo sobrevivir teniendo que decir algo todas las semanas

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«Escribir una columna regular sobre cualquier tema que se nos ocurra es uno de los grandes privilegios de la vida», escribió Paul Johnson en el ensayo introductorio El arte de escribir columnas de su libro AL DIABLO CON PICASSO y otros ensayos. Cuando leí ese texto por primera vez, y apunté casi todas sus recomendaciones, era un tipo asustado por el encargo que una vieja amiga mía Teresina Muñoz Najar me había confiado en un rapto de inspiración: escribir una columna mensual en una revista que ella editaba. ¿Una columna? ¿Yo? Al principio, como a todo columnista en ciernes, la idea me quemó las manos. ¿Era yo capaz? Teresina me convenció diciéndome que había leído mis cuentos y mis reseñas de arte, y que un articulista es antes que nada un contador de historias y una persona que piensa. Recuerdo que apenas le dije que sí, me entró un ataque de pánico. Solo cuando leí el ensayo de Johnson, empecé a ver las cosas desde otro ángulo, y sí, un poco temblando, escribí mi primer texto.

Llevo ya cerca de seis años escribiendo columnas para diversos medios y con diferentes regularidades, y debo decir que si bien Johnson tenía razón y sostener una columna es un privilegio, a veces puede ser también un dolor de cabeza y una cruz. Un oficio encantador y adictivo, pero también abrumador y tenso. Cuando sostuve una columna semanal en una revista bastante leída de alcance nacional que generaba un feedback muy poderoso, empecé a sentir la presión de tener que decir algo sustancial durante todas las semanas [eso mientras seguía manteniendo mi página mensual en la primera revista]. Cuando perdí de súbito ambas columnas en una sola semana, me sentí algo perdido y sometido a un periodo de desorientación. «Te has quedado literalmente sin columna», me dijo mi terapeuta en una sesión en la que trataba de encarar la ausencia de esa ventana periódica en la cual me expresaba. Recuerdo que viví en la abstinencia y como un invertebrado algunos meses –quizás dos o tres– hasta que los editores de Asia Sur me invitaron a tener esta columna en sus páginas.

Ser columnista o escribir columnas supone una manera de vivir. Me he dado plena cuenta de ello viendo la conversación que sostuvieron en el Hay Festival de Cartagena de este 2014 los escritores colombianos Héctor Abad Faciolince, Piedad Bonnett, Juan Gabriel Vásquez y Carlos Granés, todos ellos escritores y columnistas, todos ellos divididos entre el trabajo de ficcionadores, que supone un acercamiento a la incertidumbre, y el de columnistas, que implica la necesidad de sostener al menos una idea muy precisa con certeza y poder de persuasión. Cuando los escuché, entendí las manías que yo mismo poseo desde que tengo columnas: recorto partes de periódicos, guardo enlaces de web, abro archivos con listas de temas posibles, y me paso pensando muchas horas en esas ventanas abiertas que se abren en algún lugar de mi mente, y en las que las ideas se van cocinando lentamente como esos animales que se cocinan a la brasa y giran sin cesar. Como ellos me debato entre tocar temas de la coyuntura u otros más bien inactuales, y siento siempre, como dice Juan Gabriel Vásquez, esa angustia que nace en uno apenas manda una columna: la de la columna de la siguiente semana.

Este verano del 2014, debido a la propuesta de un periódico, me comprometí a mantener una columna todos los sábados, un día después de la salida habitual de mi columna de verano en Asia Sur, de manera que hace dos meses mantengo la temible rutina de escribir dos columnas semanales para dos medios distintos y en diferentes tonos. He pasado de ser un tipo sin columna a ser una suerte de bígamo que debe cumplir dos compromisos altamente demandantes por partes iguales. Esa situación a veces ha resultado temible. Para exorcizarla decidí escribir esta columna.

«Yo puedo no escribir novelas y sé que no debo escribir poemas», dijo con humor el novelista Héctor Abad Faciolince, «pero sé que siempre tengo que escribir columnas. No he hecho otra cosa que escribir columnas desde que estoy en el colegio». Y es verdad. Llueve o truene, uno debe cumplir con la página en blanco y no dejar de aprender. Porque las columnas enseñan algo importante sobre la escritura propia en tanto la desacraliza, fuerzan a uno a perdonarse si por una vez escribe algo no del todo bueno o satisfactorio; nos dan orden y constancia. Sucede que así te sientas mal o hayas perdido a alguien, o una noticia inmensamente feliz pero secreta haya llegado a tu vida, o estés en el tramo final del más intenso ejercicio creativo, la columna siempre estará ahí, esperándote, y uno debe cumplir con ella bajo un plazo. Y cuando la termino, como hago yo esta tarde de sol, empezar a sentir la pequeña ansiedad de la siguiente, el nuevo espacio en el cual volveremos a ejercer –con emoción, con miedo– ese raro privilegio.