Las buenas vibraciones

/// Sí, las del placer

Escribe: Pamela Rodríguez

Hace un mes, conversaba con un grupo de amigas en una de nuestras clásicas reuniones femeninas, donde la sexualidad es un tópico abordado con complicidad y urgencia. Una hablaba acercade la alicaída intimidad con su esposo.La otra, de su excitante «monogamia en serie». La de su derecha, sobre su sexy nueva novia. Y la última, de su más reciente one night stand. Todas, siendo tan diferentes, compartíamos nuestras vivencias y experiencias alrededor de nuestras relaciones. La última en hablar fue Fátima. Ella, que se caracteriza por vivir su sexualidad de una manera muy libre, compartió con nosotras su última adquisición: un curioso, anatómico y bien diseñado vibrador marca Lelo.

Digo curioso porque no era el típico vibrador que una conoce o imagina. No pretendía imitar la anatomía de los hombres ni era uno de esos vibradores camuflados en un lápiz labial o una escobilla de pelo. Fátima explicaba. «Esta cosita de seis centímetros en forma de U hace lo siguiente: ambos extremos, como si fuera la tenaza de un camarón delicado, hacen una acogedora presión sobre el punto G y el clítoris, cuando empiezan a vibrar a la misma vez. Y lo mejor es que no hay que recargar pilas, se carga como un celular y se enciende con este control remoto que tiene seis funciones diferentes». Emocionada, Fátima sacó ambas cosas de su cartera y las sacudía por el aire. «Así quién necesita a un hombre», decía, mientras se atoraba de risa.

El aparatito me llamó mucho la atención, pero mayor fue mi sorpresa cuando todas en la mesa confesaron que nunca habían utilizado un vibrador. Estoy hablando de un grupo de amigas cuyas edades oscilan entre los 25 y 38 años de edad. Ninguna. «¿Dónde lo guardaría?», preguntaba una de ellas, como si se tratara de pasar droga por el aeropuerto. «Más fácil es esconder mi dedo que, por último, lo tengo en la mano», decía otra. Alicia, lamás conservadora del grupo, dijo, con una sonrisita avergonzada: «Fátima, ¿me estás invitando a portarme mal?».

Fátima no se aguantó y comenzó su réplica. «Alicia, ¿por qué te portarías mal al utilizar una parte de tu cuerpo que el creador o el cosmos o lo que sea que sea te dio para que sientas placer? ¿Para qué crees que están el clítoris y el punto G? ¿Para hacerte sentir culpa? No, amiga, están allí para el placer y no necesariamente a través de una pareja». Y luego nos dijo a todas: «El placer lo podemos sentir con nuestras manos, pero de la misma manera en la que ya no viajamos en camello o en barco sino en avión, hoy no utilizamos la mano sino un buen vibrador».

La conversación continuó mientras recordaba lo que me había pasado hacía poco. Días atrás, Chema Martínez, un maratonista español, me regaló una pulsera naranja, distintivo de una ONG en África que alberga a niñas y mujeres Massai que escapan de la ablación –es decir, la mutilación genital–. La trayectoria de vida –o siquiera tratar de imaginarla– de esas niñas Massai es un caso extremo que también afecta a otras mujeres, en diferentes culturas, que son impedidas de gozar de una sexualidad libre. Incluso, algunas definen «libertad» como una forma de vida maquillada por el machismo y disfrazada por el autoritarismo de género.

Somos mujeres –como las que estamos ahora reunidas– que vivimos en otro entorno, con otras costumbres, en otra generación, y a veces es una lástima que algunas no desarrollen una sexualidad abierta y libre –que no es lo mismo que irresponsable–. Que todavía las asalten fantasmas como una anacrónica culpa. Me apenaba que Alicia sea una de esas mujeres, que siente que conocerse y explorarse es portarse mal.

Estas reflexiones coinciden con el próximo estreno en las salas de cine de Hysteria, una película que cuenta el nacimiento del consolador como ese artefacto clínico para calmar la histeria de las mujeres en Inglaterra durante el siglo XIX. El creador fue el doctor Joseph Mortimer Granville, al que cientos de mujeres le agradecieron por el invento y por alejar esos síntomas irritables –insomnio, espasmos, pérdida de apetito, retención de líquidos– con un vibrador. Les conté a mis amigas de la película –guardé mi reflexión sobre las mujeres Massai–. Por supuesto, Fátima me agradeció el nuevo argumento en pro de los vibradores con fundamentos clínicos. «Si yo fuera a lanzarme como congresista seguro ganaría con mi campaña Un Vibrador Para Cada Mujer. ¿Cómo sería el mundo lleno de buenas vibraciones, si se compraran vibradores en vez de armas? Seguro no estaría mejor, pero tal vez más sonriente, ¿no creen?», dijo Fátima esa tarde.

Había algo interesante dentro de su disparate. Creo que ella sí es una mujer de futuro, y que una vez solucionada la pobreza y otras cosas de mayor urgencia, su plan de gobierno pasaría a la historia como la trascendental revolución del placer.