La vida

Por Pamela Rodríguez

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Cuando tenía 17 años me fui a vivir a Estados Unidos para estudiar música en el conservatorio de la Universidad de North Texas. Recuerdo que llegué bastante perdida, había estudiado algo de teoría musical con grandes maestros en Lima, pero no tenía en lo absoluto la preparación que tenían los amigos norteamericanos, que habían ido madurando a través de sus años escolares. En mi colegio en ese entonces, la enseñanza de música era bastante limitada, incluso para los que mostrábamos claramente una vocación.

No sé bien cómo pasé el examen, pero tan pronto recibí el correo con la aprobación de la universidad, entré a la gran vorágine de exigencias que puso el conservatorio sobre mis hombros. Mi ritmo medio tranquilo y hippie de esos días inmediatamente tuvo que cambiar a uno de frenetismo y presiones. En la universidad todos querían ser los mejores y no era que yo quería ser la mejor, pero pronto el ambiente me contagió y entré en la carrera. Nunca mejor dicho, esa sí que era una carrera competitiva a niveles excesivos.

Mis semestres eran difíciles. La cantidad de repertorios tanto de música clásica como de jazz que debía aprender era, para cualquier ser humano fuera de ese contexto, algo impensable. Pero ya estaba tan contagiada que jamás salí de fiesta, no tomaba, no me acostaba tarde, me dedicaba a ensayar todo el día en un cuarto de práctica que más bien parecía la jaula de un ornitorrinco de un zoológico venido a menos. Pero yo estaba feliz, aprendiendo arias, teoría, piano y no quería parar hasta ser la mejor. Así terminé mis años algo cansada, pero completamente acelerada y cumpliendo mis metas con energía de guerrera.

Con el tiempo, y viendo las cosas en retrospectiva, me siento bastante feliz de haber pasado por esa etapa. Siento que me aportó mucho, pero ya luego de diez años de dedicarme profesionalmente a la música me he dado cuenta de que no necesariamente fueron esos años los que me ayudaron a construirme como músico, compositora y cantante. Muchas veces la gente me dice: «Eres compositora porque has estudiado». Pero no, yo compongo por todo el tiempo que me atreví a perder, todas las travesuras en que me metí, todos los amores que me han hecho perder el tiempo entre cuatro paredes, todas las pieles que he conocido con mi lengua, las horas que me he pasado contemplando el cambio de colores del cielo con el pasar del día.

Recuerdo, cuando tenía apenas catorce años, que le pregunté a mi maestro de piano Jorge Madueño qué me recomendaba para ser una buena cantante. Él me contesto sin pensárselo dos veces: «Vive». Jamás nadie me ha dado un mejor consejo.

En esta etapa de mi vida, mis exigencias son mucho mayores que las de la universidad. Han crecido en proporción a los años que he cumplido [31] y en proporción a mi espíritu vehemente, que tiene la necesidad de cristalizar en la realidad todo lo que aparece en mi mente como un sueño.

Hace poco conocí a una persona especial durante un viaje. Esas que aparecen como ángeles efímeros para decirte lo que necesitas escuchar. Conversamos durante un rato y yo le contaba sobre los cien mil proyectos que quiero concretar en el 2015, sobre la maternidad consciente, la alimentación sana, el ejercicio y todas esas cosas que me exijo a diario cual espartana. Él me preguntó qué pensaba del ocio. Por supuesto que contesté que no era algo que respetaba mucho, que estaba en la etapa más productiva de mi vida y que la quería aprovechar. Y me contestó diciendo que ese era un esquema cultural. Me preguntó si me había criado en estados Unidos. «Sí, -le dije-, en parte». Y entre una carcajada y otra me dijo: «Yanqui ».

La verdad es que me maté de risa y dentro de mi corazón quedó la reflexión: ¿Es necesario exigirse tanto? Y con los días me contesté que no. Porque son las horas que “perdí” las que se convirtieron en todas mis canciones y todas las vivencias que componen nuestra obra maestra: la vida. De vez en cuando es bueno recordarnos a todos los hiperactivos que también tenemos que vivir.