La tradición de la ruptura

O una breve historia personal de nuestra amenazada democracia

En una de las primeras imágenes que puedo evocar de mi niñez, camino de la mano de mi mamá por una avenida llena de banderas de colores rojo y blanco mientras ella me explica que celebramos el santo de algo que se llama la patria. Debe ser el primer momento en que tomé consciencia de pertenecer a algo más grande que mi familia, y es probable que por eso jamás haya visto en las casas un entusiasmo cívico parecido al del 28 de Julio. Mi mamá se veía muy apurada porque no quería perderse el discurso de un Presidente del que me hizo repetir su nombre. Corría el año 1980 y ese día recuperábamos la democracia, aunque yo no lo sabía. Quizá, ello explicara la euforia. Quizá, también, el hecho de que mi mamá vivía enamorada de Fernando Belaúnde.

Años después, cuando ya estaba en la primaria, descubrí con aprensión que el día de mi santo coincidía con la fecha en la que Sendero Luminoso decretó el inicio de su sangrienta Lucha Armada. No recuerdo uno solo de mis cumpleaños sin bombas, apagones, atentados o paros armados. Cada año que cumplía señalaba un nuevo linde en la lucha que un grupo en armas emprendía para desbaratar el sistema que, según había aprendido en mis cursos de instrucción cívica, nos representaba. Con el tiempo experimenté los paquetazos, el desabastecimiento, las aguas servidas saliendo de los caños, el cólera, los saqueos, la guerra que nos asfixiaba. Entonces, supe qué era la precariedad. Viví el peor gobierno de la historia peruana, cuyo blasón fue aquel tren eléctrico que nunca se terminó y quedó durante décadas como un monumento a la incompetencia y la corrupción.

Cuando Fujimori anunció el cierre del Congreso en 1992, yo acababa de ingresar a la Universidad y no entendía cabalmente lo que estaba pasando [hasta ese momento había visto a todos los alcaldes y presidentes, por pésimos que fueran, terminar sus gestiones]. A los golpes de Estado solo los conocía por libros. En donde yo estudiaba, la Universidad de Lima, nadie salió a protestar. El lunes siguiente al sábado en que atraparon a Abimael Guzmán, recuerdo que llegué a clase sonriendo y que todos mis compañeros se saludaban distinto y que también sonreían.

La primera vez que voté fue en 1995, el año de la reelección de Alberto Fujimori. Entonces practicaba en la revista Caretas y no me pude sacar de encima la desazón de estarme convirtiendo en ciudadano mediante un sufragio producto de una ruptura de todo lo que me enseñaron. Los golpes constitucionales, el control de los medios y el peor servilismo los viví como periodista en El Comercio. Fueron años duros y de miedo. De amenazas. De máscaras antigás al lado de las computadoras en la redacción. El día en que Valentín Paniagua accedió al poder tras la renuncia por fax de Fujimori lo recuerdo como si fuera ayer porque había un sol radiante en Lima y porque era 22 de noviembre, el día en que mi mamá, belaundista a morir, cumplía años. «Es el mejor regalo que he recibido», me dijo por teléfono. Varios periodistas de oposición nos encontramos en la Plaza Mayor y nos abrazamos. Y después escuchamos a Paniagua hablar con un sentido de la decencia y la dignidad que nos parecía realmente inverosímil. Entonces, entendí como adulto qué era recuperar un régimen democrático.

Vivo en democracia hace más de diez años. Como casi todos los peruanos, he terminado decidiendo mis votos por el «mal menor». Igual que todos, he visto cómo lo que creíamos el fin del mundo no lo era tanto. Me he perdido una elección por vivir fuera del país y he sido miembro de mesa en una segunda vuelta. He visto a Toledo sobrevivir a pesar de un índice de popularidad bajísimo, y también he visto a alcaldes como Kouri o Castañeda convivir con la corrupción. He llegado a creer, quizá ingenuamente, que por primera vez estamos de acuerdo en que las instituciones democráticas se pueden mantener, y en que los valores y el honor se pueden respetar.

Este 17 de marzo, sin embargo, voy a ir a votar con una molesta sensación de dèjá vu. Como si de pronto fueran los noventa y yo tuviera que cumplir mi rol en una farsa. Lo cierto es que una cúpula de personas asociadas a un interés a todas luces mafioso ha planteado una situación que además de lastimar los fondos públicos –el dinero de todos nosotros– desea cortar caprichosamente el periodo de gestión de una autoridad por la que no voté pero en la que veo la misma decencia y autoridad moral que tenía Paniagua. Para animarme a sufragar me repito todos los días que quiero creer que sabemos pensar. Que nos respetamos y respetamos nuestras decisiones. Y que sabemos valorar la diferencia o incluso el error, si proviene de la honestidad. Porque si logramos detener este tipo de artimañas, estoy seguro de que nos entenderemos de una manera más sólida, con más amor propio y capacidad para dejar en claro –como hicimos condenando al Presidente más corrupto de nuestra historia— que finalmente maduramos, que crecemos y que no somos los mismos ignorantes, o cínicos o cobardes, que no supimos defender lo que con tanto esfuerzo logramos conseguir.